Walter Lippmann | pensamiento

Pensamiento

Lippmann denunciaba la tendencia de los periodistas a generalizar en su tratamiento de las personas basándose en ideas fijas. Argumentaba que todos, incluidos los periodistas, están más dispuestos a creer las imágenes mentales preexistentes (the pictures in their heads) que a llegar a un juicio por el pensamiento crítico. Escribió que, como humanos, condensamos las ideas en símbolos, y el periodismo, una fuerza rápidamente convertida en mass media (medio de comunicación de masas), es un método poco efectivo para educar al público. Incluso aunque los periodistas mejoraran su trabajo de informar al público sobre temas importantes, Lippmann creía que la masa del público lector no está interesada en aprender y asimilar los resultados de una apropiada investigación. Los ciudadanos estaban demasiado centrados en sí mismos como para preocuparse de los asuntos públicos y políticos, excepto para presionar en asuntos locales.

Lippmann veía el propósito del periodismo como "trabajo de inteligencia" (intelligence work -reunión de información, de modo similar a la de la inteligencia militar-). Dentro de este papel, los periodistas son el enlace entre los agentes políticos y el público. Un periodista busca hechos en los agentes políticos, los transmite a los ciudadanos y estos forman una opinión pública. En este modelo, la información puede usarse para mantener la responsabilidad de los agentes políticos frente a los ciudadanos. Esta teoría ha recibido como crítica el ser propia de la sociedad industrial de la primera mitad del siglo XX, por lo que necesitaría ser replanteada para adaptarse a la sociedad postindustrial de finales del siglo XX.

Aún considerándose periodista, no consideraba sinónimos la verdad y la noticia. Para él la función de la noticia es señalar un hecho, la función de la verdad es traer a la luz los hechos ocultos, ponerlos en relación uno con otro, y hacer un cuadro de la realidad sobre el que los hombres puedan actuar. La versión de la verdad de un periodista es subjetiva y limitada a cómo él construye su realidad. Las noticias, por tanto, son imperfectamente registradas y demasiado frágiles para soportar la carga de ser un órgano de democracia directa.

Pensaba que los ideales democráticos se habían deteriorado, que los votantes eran esencialmente ignorantes sobre las políticas y los temas de debate público, que carecían de competencia para participar en la vida pública y que se preocupaban bien poco de participar en el proceso político. En Public Opinion (1922), Lippmann notó que la estabilidad de los gobiernos que se alcanzó durante la era del patronazgo en el siglo XIX quedó amenazada por la realidad moderna. Escribió que una clase gobernante debía alzarse par enfrentar esos nuevos desafíos. Veía al público como lo hizo Platón, como una gran bestia o rebaño desconcertado que se debatía en el caos de las opiniones locales.

El problema básico de la democracia, escribió, fue la exactitud de las noticias y la protección de las fuentes. Sostuvo que la información distorsionada era inherente a la mente humana. La gente toma decisiones antes de definir los hechos, mientras que el ideal sería reunir y analizar los hechos antes de llegar a conclusiones; pues sería posible sanear la información contaminada analizándola primero. Lippmann sostuvo que ver a través de estereotipos (término que acuñó en este sentido específico) nos somete a verdades parciales. Lippmann llamaba un falso ideal al concepto de un público competente para dirigir los asuntos públicos. Comparó la habilidad política de un hombre promedio a la capacidad crítica de un espectador que entrara en el teatro a mitad del tercer acto y se va antes de caer el telón.

Al principio, Lippmann proponía que el rebaño de los ciudadanos debía ser gobernado por una clase especializada cuyos intereses fueran más allá de lo local. Esta clase estaría compuesta por expertos, especialistas y funcionarios. Los expertos, a quienes suele referirse como élites, serían una maquinaria de conocimiento que eludiría el principal defecto de la democracia, el ideal imposible del "ciudadano omnicompetente". Más tarde, en The Phantom Public (1925), reconoció que la clase de los expertos sería también, en muchos aspectos, lega en cualquier problema en particular y, por tanto, incapaz de una acción eficaz. El filósofo John Dewey (1859-1952) estuvo de acuerdo con las afirmaciones de Lippmann que el mundo moderno se estaba volviendo demasiado complejo para que todos los ciudadanos comprendieran todos sus aspectos, pero Dewey, a diferencia de Lippmann, creía que el público (un compuesto de muchos "públicos" dentro de la sociedad) podría formar una "gran comunidad" (Great Community), que podría llegar a ser educada en cada asunto, llegar a establecer juicios y soluciones a los problemas sociales. Este tema crucial se desarrolló como uno de los tópicos del pensamiento político y social del periodo de entreguerras, como por ejemplo, las ideas de José Ortega y Gasset expresadas en La rebelión de las masas (1930) o las de Oswald Spengler en La decadencia de Occidente (1918-1923).

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