Sacrificios religiosos de la Antigua Grecia | el gran sacrificio en la ciudad

El gran sacrificio en la ciudad

La forma más solemne de la thysia (véase abajo) es la de los sacrificios públicos ofrecidos por la ciudad con ocasión de las fiestas religiosas que concluyen con un banquete cívico.
Las Panateneas en Atenas y las Jacintias en Esparta, por poner el ejemplo de las fiestas más fastuosas de dos ciudades, daban lugar a la matanza de un gran número de bueyes, con los que se alimentaba al conjunto de los ciudadanos que participaban en la fiesta.
Esta participación en el sacrificio, además de una ocasión para comer carne, es la manera de volver a actualizar el pacto que une a la ciudad con sus dioses y que garantiza el orden y la prosperidad. Pero para la ciudad también la ocasión de convertirse ella misma en el espectáculo y de renovar el pacto que une a los ciudadanos entre ellos, por medio del reparto y la distribución de las partes de carne procedentes del sacrificio.

En una fase previa del sacrificio se elige a la víctima, operación que puede dar lugar a unos preliminares más o menos largos y complejos. Como mínimo, el sacerdote debe asegurarse de que responde a los criterios indispensables de «pureza» (una mancha en el pelaje puede ser considerada como una impureza) y de conformidad con las exigencias del rito.

La thysia

La thysia propiamente dicha se inaugura con una procesión en la que se conduce a la víctima al altar, a la cabeza de la cual va el sacerdote y los sacrificantes: en el caso de una fiesta pública, los magistrados, arcontes o pritanos que ofrecen el sacrificio en nombre de la ciudad.
Alrededor del altar se colocan todos los que van a tomar parte en el acto de la ejecución. La portadora del agua lustral, la portadora de la cesta con los granos de cereal que recubren el cuchillo destinado a degollar a la víctima, el sacrificante y sus asistentes, luego los participantes: es decir, aquellos en nombre de los cuales se realiza el sacrificio.

El sacerdote, mientras pronuncia las plegarias acostumbradas, asperja con agua la cabeza de la víctima (se trata de obtener su «asentamiento» haciéndole bajar la cabeza, mientras se la purifica)y ofrece las primicias del sacrificio, echando sobre el fuego que arde sobre el altar los granos de la cesta y algunos pelos de la cabeza del animal.
Esta es la fase de consagración sin la que no puede haber sacrificio. El boutopos, el degollador de bueyes, puede entonces abatirá al animal golpeándole con el hacha en la frente.
La segunda fase de la muerte ritual; el degollamiento. Para llevarla a cabo, la garganta del animal debe orientarse hacia arriba, y la sangre debe saltar hacia el cielo antes de rociar el altar y la tierra. Habitualmente, la sangre se recoge en un vaso preparado a tal efecto y luego se derrama sobre el altar.
En el momento de la muerte, las mujeres presentes lanzan el indispensable grito ritual (ololyge).

Thyein: matar de manera ritual, comprende necesariamente estas dos operaciones de consagración y de degollamiento.
La tercera secuencia del sacrificio consiste en el descuartizamiento y el reparto de la víctima. Aquí comenzaba el trabajo de carnicería. El mágeiros (de la palabra makhaira), después de abrir el tórax del animal extrae los splanchma, es decir, las vísceras: pulmones y corazón, después el hígado, el bazo y los riñones, y finalmente separa el aparato digestivo, los entéra, que serán consumidos en forma de salchichas y morcillas.

Entonces se procede al deshojamiento: en los sacrificios privados, la piel es para el sacerdote; en los sacrificios públicos, se revende y los beneficios van al tesoro sagrado. Después se procede al descuartizamiento que se hace en dos partes y según dos técnicas diferentes:

Primero, una partición siguiendo las articulaciones se separan los fémures (méria) de la carne de los muslos y se colocan sobre el altar donde son recubiertos con grasa, rociados con una libación y con perfumes y después quemados: ésta es la parte de los dioses. El humo que se eleva hacia el cielo es su alimento, al tiempo que el vector de la comunicación que el sacrificio establece entre el mundo de los hombres y de los dioses.

Entonces, los asistentes del sacerdocio ensartan las vísceras y las asan sobre el altar y, después, se reparten entre los sacrificantes y se consumen inmediatamente allí mismo. Las vísceras representan lo más vivo y más precioso que posee la víctima y, por eso, su consumición asegura la máxima participación en el sacrificio.
El resto de la carne se corta en partes iguales: la masa de carne se corta con golpes paralelos del cuchillo, sin tener en cuenta las diferentes partes del animal, y ya no siguiendo sus articulaciones. Una parte se reserva a los dioses (en Atenas, la consumen los pritanos), y la otra se distribuye al peso. Unas veces las partes se echan a suertes, otras se asignan según los méritos o el honor, sin que la igualdad de peso excluya evidentemente, vista la manera de cortar, la desigualdad en la calidad de las partes.

Estas partes se cuecen en los calderos antes de ser consumidas in situ. De este modo se constituye un segundo círculo de «comensales» más amplio que el primero (el de los que comían splanchna). El conjunto constituye esa comunidad sacrificial que define a la polis. En otras ocasiones, el ritual autoriza que estas partes se puedan llevar y puedan ser consumidas fuera del lugar del sacrificio.

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