Monte de El Pardo | historia

Historia

Jabalíes en El Pardo. Los reyes españoles frecuentaban el lugar atraídos por su riqueza cinegética.

La riqueza cinegética del monte atrajo hacia este paraje a los reyes españoles, que lo utilizaban como coto de caza desde la Alta Edad Media, hasta convertirse en el cazadero predilecto de los Austrias y de los Borbones. La construcción del Palacio Real en el siglo XVI, a iniciativa del emperador Carlos I, animó a varios monarcas a pasar largas temporadas en El Pardo, quienes aprovechaban la cercanía de la Villa de Madrid para convocar las Cortes del Reino. Algunos historiadores sostienen que la

abundancia de caza del lugar fue una razón determinante para el establecimiento de la capitalidad en Madrid.

El origen de su nombre parece bastante claro. El vocablo hace referencia al color de la tierra (el color pardo), que domina todo el paisaje. Pese a ello, algunos investigadores vinculan el topónimo al oso pardo, muy abundante en tiempos pasados. El rey Alfonso XI así dejó constancia en el Libro de la montería, escrito hacia 1340:

El Pardo es un buen monte de puerco e invierno, et en tiempo de panes. Haber matado dos osos un sábado, antes de mediodía, que nunca vi dos osos mayores ni ayuntados en uno.

A diferencia de otros topónimos madrileños (caso de guadarrama), el del pardo no ofrece dudas sobre si fue primero el monte o el pueblo en llevar este nombre. Mucho antes de la aparición de la localidad, el bosque ya era conocido con su actual nombre, si bien se le designaba como dehesa y no como monte. Después pasó al palacio y, por último, al pueblo de El Pardo, que surgió alrededor de este edificio.

Cacería regia en el Pardo celebrada el 21 de enero de 1908, fotografía de Goñi.

Los orígenes de la valla que rodea la mayor parte del Monte de El Pardo se remontan al siglo XVIII. En 1750, el rey Fernando VI ordenó realizar un muro para cercar El Pardo, con la intención de prevenir el furtivismo y contener a la fauna herbívora, que dañaba los cultivos adyacentes. La Puerta de Hierro se erigió en este momento como puerta de acceso al monte. La tapia actual está construida, en algunos tramos, en piedra de granito y, en otros, en ladrillo. A ello se añade la existencia de varias alambradas.

El Monte de El Pardo y Manuel Azaña

El político Manuel Azaña fue uno de los más acérrimos defensores del Monte de El Pardo durante su periodo como presidente de la Segunda República , al que preservó de algunas iniciativas urbanísticas, dirigidas a la construcción de una barriada de casas baratas, en una superficie de seis kilómetros cuadrados, arrebatada al monte. Así se desprende de sus Diarios (1911-1939).

El 16 de noviembre de 1937, en plena guerra civil, reflejó sus impresiones en el Cuaderno de la Pobleta, tras una visita a El Pardo, donde acudió a los palacios y al hospital. Estuvo acompañado por Prieto (ministro de la Guerra), José Miaja (general) y Juan Negrín (presidente del Consejo de Ministros), además de diferentes autoridades locales. En estas anotaciones, reprodujo los siguientes diálogos:

(...) Cruzando El Pardo, nos lamentábamos de la suerte del monte. Negrín me aseguró que se habían dado órdenes de no cortar árboles, y que se aprovechase la leña seca y los troncos carbonizados por el bombardeo. Sí, sí: las señales son otras. Una campaña de invierno más y el monte quedará arrasado, sin remedio, porque repoblarlo de encinas es una empresa larguísima que nadie sostendrá.

— No sé si usted sabrá que he librado muchas batallas por la integridad y conservación de El Pardo, y no todas las he ganado. En las Constituyentes tuve un día que amenazar con la cuestión de confianza para impedir que le arrancasen seis kilómetros cuadrados con destino a una barriada de casas baratas. ¡Ya ve usted! En Madrid, rodeado de miles de hectáreas de tierra calma y erial, no había por lo visto mejor sitio que el encinar de El Pardo para un ensayo de arquitectura social. Hay hombres que no están seguros de su dominio sobre la naturaleza mientras no le han dado por el pie a un árbol viejo. Posteriormente, en tiempos del señor Chapaprieta, también se quiso quitarle al monte dos mil hectáreas para entregárselas a una compañía de urbanización. Tarde o temprano, y no habiendo nadie para impedirlo, se saldrán con la suya. Y encima le harán creer a Madrid que se cumple una gran obra de progreso. Cuando gane usted la guerra, Negrín, me permitirán ustedes que deje de ser presidente de la República, a cambio de que me nombre usted para el cargo que más me gusta.

— ¿Cuál?

— Guarda mayor y conservador perpetuo de El Pardo, con mero y mixto imperio dentro del monte, para hacer de él lo que en cualquier país de gusto estaría hecho desde hace mucho tiempo. Sin retribución alguna, ni otra recompensa que el derecho a vivir en cualquiera de estas casas, no en Palacio, ciertamente.

(...) Al tomar en Fuencarral la carretera nueva que lleva a El Pardo, pasamos cerca de los terrenos de La Veguilla. Esto me hizo recordar la conversación que cuatro o cinco años antes había tenido con Negrín, precisamente.

— Cuando usted desempeñaba la secretaría de la Ciudad Universitaria y yo presidía el Gobierno, me trajo usted a ver las obras. Le hablé entonces de mis planes sobre La Veguilla. Me pareció que estos terrenos, cuya extensión, si la memoria no me engaña, es doble que la de El Retiro, debían destinarse a plantar el nuevo jardín botánico, a instalar en grande el Museo de Ciencias Naturales y otros establecimientos científicos análogos. Le pareció a usted muy bien, así como el propósito de unir las nuevas instalaciones con la avenida central de la Ciudad Universitaria, por Peñagrande. Todo ello serviría además de norma para redondear la urbanización de Madrid en esta zona. Publiqué el decreto correspondiente, atribuyendo los terrenos al museo. Pues bien: al volver al Gobierno en 1936, me encontré con que no se había dado puntada en el asunto. El Ministerio de Instrucción Pública ignoraba la existencia del decreto. Aunque sea lamentable, no me sorprendía que el ministerio y los ministros hubiesen dado carpetazo al proyecto, porque era mío; pero ni en el propio museo lo tomaron con interés, salvo una o dos personas de mi particular conocimiento. Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad. Podría citar más de una docena sin salirme del corto tiempo de mi acción en el Gobierno.

El jardín botánico hizo saltar en la conversación el nombre de Carlos III.

— Supongo -decía el presidente- que no le tendrá usted por un gran hombre, pero acertó a rodearse de gente ilustrada y útil.

— En la vida de Carlos III he encontrado un rasgo que viene aquí muy al caso, precisamente a propósito de un árbol en el camino de El Pardo: «Cuando yo me muera», decía el Rey, «¿Quién cuidará de ti, pobre arbolito?». Tirando de este hilo se descubre una sensibilidad muy simpática. En mis andanzas de cazador por La Alcarria conocí hace muchos años a un rústico, guarda de monte, apasionado también por un árbol. «Venga usted a ver mi nogal, señorito Manolo» (entonces me llamaban así), me dijo un día. Nogal estupendo. A su sombra me he guarecido de algunas sofoquinas de agosto. El tío Eugenio, viejo, desdentado, con más arrugas que las nueces de su nogal, era dueño del árbol, pero no del suelo en que crecía, solitario en muchos cientos de metros a la redonda, como un poema nutrido por los jugos de aquella tierra ardiente, color sangre de toro. Único bien del tío Eugenio, le sacaba un puñado de reales cada año. Nunca consintió en venderlo, aunque le ofreciesen una almorzada de onzas. ¡Un tipo a lo Carlos III, ea! Pero él no lo sabía. El árbol solitario es una elegía típica del campo español. Aparece en el nombre de un pueblecito de Salamanca, nombre que únicamente puede formarse en lengua castellana: Encinasola de los Comendadores ¡Eche usted! Encinasola de los Comendadores. ¡Qué onda! ¡Qué acento! Se está viendo, sobre un horizonte frío, remoto, el árbol solitario, como el del tío Eugenio, reliquia de un bosque desaparecido. Es claro, el tío Eugenio nunca fue comendador. Guarda, nada más (...).

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