La riqueza de las naciones | influencia de la riqueza de las naciones

Influencia de La riqueza de las naciones

Influencia inmediata

William Pitt (el Joven) fue un admirador de los planteamientos de Smith en La riqueza de las naciones.

La primera edición se publicó en Londres el 9 de marzo de 1776 por Strahan y Cadell, en dos tomos, y a un precio de 1,16 libras.[57]David Hume, Samuel Johnson y Edward Gibbon elogiaron la obra, que se agotó en seis meses. En vida de Smith fueron publicadas cuatro nuevas ediciones (1778, 1784, 1786, 1789), de aproximadamente 5 000 ejemplares. Durante este tiempo se imprimieron las traducciones al danés (1779-1780), francés (1778-1779, 1781) y alemán (1776-1778).

El libro tuvo una influencia fundamental sobre la política económica del Reino de Gran Bretaña. Desde 1777, Lord North adopta dos tasas «smithianas»: una sobre las criadas y otra sobre los bienes vendidos en subasta. El presupuesto de 1778 contenía una tasa sobre la vivienda y una sobre la malta. Los políticos solicitaron rápidamente la opinión de Smith sobre asuntos de actualidad, como la cuestión irlandesa.[60]

En Francia, la primera mención a La riqueza de las naciones fue una crítica en el Journal des sçavans, aparecida en 1777. La primera traducción fue publicada en La Haya en 1778-1779 y su autor, «M. . . .», es desconocido. Se puede tratar del abad Blavet, que publicó una traducción diferente por episodios semanales en el Journal de l'agriculture, du commerce, des arts et des finances entre enero de 1779 y diciembre de 1780, después en una edición en seis volúmenes en Yverdon-les-Bains en 1781 y una de tres volúmenes en París el mismo año. Esta traducción es considerada mediocre,[63]

La primera traducción completa al castellano fue obra de José Alonso Ortiz, quien consiguió publicarla en 1794 tras superar las trabas establecidas por la Inquisición española.[65]

Divulgación y desviaciones

Entre los promotores más ardientes de la obra de Smith figuran aquellos hacia los que él mismo tenía una mayor desconfianza: los comerciantes y los capitalistas.[71]

La riqueza de las naciones en la historia del pensamiento económico

En la historia del pensamiento económico, La riqueza de las naciones es una obra revolucionaria: asesta un golpe letal a las teorías premodernas, el mercantilismo y la fisiocracia, y vale a su autor el título (raramente discutido) de «padre de la economía política». Se encuentran los gérmenes de muchas diversas teorías ulteriores, como la ley de Say, la teoría ricardiana de la renta agrícola, o la ley de la población de Thomas Malthus; los economistas rivales del siglo XIX lo citan para apoyar a sus respectivas posiciones.[73]

Determinadas nociones de Smith como el valor trabajo, desarrollado por la escuela clásica, se mantienen dominantes durante el siglo siguiente, hasta la « revolución marginalista» de los años 1870. La idea de un valor trabajo objetivo es por otra parte un punto de desacuerdo fundamental entre neoclásicos y marxistas, estos últimos siguiendo a Smith y David Ricardo y negándose a reconocer el valor que puede ser construido en la elección subjetiva individual.[74]

Mientras tanto, Smith subestimó sobradamente la importancia de la Revolución Industrial que se iniciaba ante sus propios ojos, y su análisis de la sociedad británica fue rápidamente superado por los acontecimientos: las fábricas aparecieron y señalaron el camino a una «quinta edad», la del capitalismo.[75]

Críticas

Uno de los primeros críticos con La riqueza de las naciones es el filósofo Jeremy Bentham, quien en Defensa de la usura (Defense of Usury) ataca las recomendaciones de Smith sobre la limitación de los tipos de interés y propone una teoría distinta del crecimiento, basada en el rol de los innovadores. Jean-Baptiste Say y más tarde Joseph Schumpeter retomaron y desarrollaron esta teoría.

Las predicciones sobre el crecimiento regular de los salarios empujado por la acumulación de capital son desmentidas poco después de su muerte por los bruscos aumentos de los precios alimenticios, entre 1794-1795 y entre 1800-1801. Las penurias y los levantamientos condujeron a Thomas Malthus a escribir su Ensayo sobre el principio de la población (1798), donde expresa sus dudas sobre la posibilidad de procurar confort material a la mayoría de la población. El filósofo y amigo de Smith, Edmund Burke, ofrece una predicción todavía más pesimista en Pensamientos y detalles sobre la escasez (Thoughts and Details on Scarcity) (1795).

Las tesis de Smith sobre las ganancias mutuas generadas por el comercio internacional fueron retomadas y extendidas por David Ricardo en Principios de economía política y tributación (1817). Más adelante, los críticos de Smith insistieron en el idealismo de sus hipótesis, y favorecen las soluciones proteccionistas «adaptadas al mundo real». En 1791, en su Informe sobre las manufacturas, Alexander Hamilton recomienda a los Estados Unidos que no se especialicen en la agricultura, sino que establezcan barreras aduaneras con el fin de permitir el desarrollo de una industria nacional que pudiese competir con las europeas. Friedrich List expuso este método en 1827 y después lo generaliza en 1841 con Sistema nacional de economía política, y John Stuart Mill realizó una doctrina económica rigurosa en Principios de economía política (1848).

Las críticas de los autores socialistas del siglo XIX culminaron en el tomo II de El capital, de Karl Marx. Según él, las contradicciones cíclicas inevitables del capital comportan una superabundancia de trabajadores en el mercado de trabajo, lo que lleva sistemáticamente su salario a los ingresos de subsistencia. De la misma manera que Smith bautizó al «sistema mercantil» para denunciarlo, Marx bautiza y condena el «sistema capitalista».

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