Fusilamientos de Heredia | los fusilamientos

Los fusilamientos

Los aproximadamente 200 celadores de Álava ofrecieron fuerte resistencia, pero, abandonados por su comandante y oficiales y con más de treinta bajas, se rindieron bajo la promesa de que sus vidas serían respetadas. Los prisioneros fueron conducidos a Heredia en una marcha de 25 kilómetros hacia el este.

Al enterarse Zumalacárregui (que se retiraba hacia Navarra) de esta circunstancia, ordenó que fuesen puestos en capilla y fusilados al día siguiente. El comandante alavés Bruno Villarreal trató vanamente de exponer al jefe carlista "las tristes consecuencias que ocasionaría tan terrible orden". El caudillo carlista, sin embargo, se mostró inflexible. Aún consiguió Villarreal, a espaldas de Zumalacárregui, que dos de los celadores presos, conocidos suyos, fuesen ocultados y salvasen la vida, pero con los restantes se ejecutó la orden. El general carlista José Ignacio de Uranga anotó, escueto como siempre, en su diario: "Día 17. Permanecimos en Heredia donde se fusilaron 118 peseteros".

Opiniones y motivos

El historiador Antonio Pirala escribe: "El inmolarlos (a los celadores) fue un acto de inhumana crueldad, la horrible satisfacción de una venganza a la que no se entrega el que quiere aparecer como un héroe, como un genio. Dejó de ser héroe para ser hombre; desoyó la razón para oír las pasiones y arrojó sobre su frente una mancha de sangre que empañaba el brillo de su gloria y que sobre todo, nada hacía necesaria".

John Francis Bacon, cónsul británico de Bilbao, describe de este modo los motivos que impulsaron a Zumalacárregui a ordenar los fusilamientos de Heredia: "Fue guiado sin duda a determinación tan atroz por miras políticas; opinó le era necesario preservar a los suyos, difundiendo el terror en sus contrarios; porque es incuestionable que en las guerras civiles y revoluciones, alcanzan mayor respeto y atenciones aquellos que se deciden por medidas sanguinarias".

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