Caballito | historia

Historia

La esquina de Rivadavia y José M. Moreno, en 1947. (Foto: AGNA)

Los primeros datos históricos sobre la zona del actual barrio de Caballito se remontan a los títulos entregados por el gobernador Hernandarias a comienzos del siglo XVII, repartiendo diversos terrenos en el lugar a los capitanes don Pedro Hurtado de Mendoza, don Diego de Trigueros y don Domingo Griveo, al regidor don Juan de Vergara y a don Bernardo de León, quienes probablemente jamás vieron estas propiedades en toda su vida.[8]

Hacia el siglo XVIII, estas tierras ya se encontraban trabajadas por esclavos negros, que cultivaban diversas quintas con productos como duraznos, membrillos y vides. Existían también algunos pocos hornos para producir ladrillos pero, salvo dos importantes chacras (la de los Jesuitas y la de la familia Berois) el perfil se planteaba desolador. El fraccionamiento de las heredades con el paso de las generaciones llevó a la zona a convertirse en un espacio de quintas que raramente superaban las diez hectáreas.

Así, y a medida que Buenos Aires comenzó a expandirse desde el casco fundacional hacia el oeste, especialmente a partir de la mitad del siglo XIX, la zona que ya era conocida por la Pulpería del Caballito fue poblándose y urbanizándose. Pero el gran impulso para el lugar llegó luego de la construcción del Ferrocarril del Oeste, la primera vía tendida en Buenos Aires e inaugurada en 1857 conectando un corto trayecto desde la actual Plaza Lavalle hasta la estación de Floresta, pero que en pocos años se extendería hacia el interior de la Provincia de Buenos Aires.[9]

Las clases altas porteñas tenían sus quintas de descanso en esta zona aún suburbana, que llegaba hasta el pueblo de San José de Flores, hoy Flores, y utilizaban el ferrocarril para trasladarse desde sus casonas en el centro en los fines de semana. Pero con el paso de los años y las corrientes migratorias que llegaron desde toda Europa, especialmente luego de 1880, el barrio acentuó su urbanización y las quintas fueron desapareciendo, loteadas para su venta como terrenos para edificar. En la primera mitad del siglo XX, Caballito se definió como un barrio de clase media y media-alta, con algunas excepcionales mansiones de la burguesía comercial que había llegado con la misma inmigración europea, como el Palacio Carú, y otras residencias aristocráticas más patricias, como el Palacio Videla Dorna (luego Escuela Naval Militar).

Caballito tuvo su consolidación final con la inauguración del tranvía subterráneo de la Compañía Anglo-Argentina, que se extendió hasta la Plaza Primera Junta a finales de 1914. Así, quedó conectado con un transporte novedoso y muy veloz con la Plaza de Mayo y el microcentro de la ciudad, viviendo un auge de la construcción que trajo los primeros edificios de departamentos y transformándolo en uno de los favoritos de la clase media profesional y comercial. La zona de Primera Junta se consolidó como núcleo comercial y de transporte, y la esquina de la Avenida Acoyte y Rivadavia se transformó en el corazón del barrio, especialmente luego de la inauguración del Parque Rivadavia en 1928.

Las nuevas torres del barrio de Caballito.

A partir de la Ley de Propiedad Horizontal sancionada en 1948, se desarrolló un nuevo auge de la construcción que significó la demolición de los antiguos palacios de clase alta y los restos que aún quedaban de las viejas quintas del siglo XIX, y el barrio sufrió un rápido cambio con la construcción masiva de edificios de departamentos luciendo ya una arquitectura plenamente moderna. Sin embargo, a pesar de la evolución, las calles interiores de Caballito siguieron caracterizándose por sus densas arboledas de plátanos y sus casas de estilos clásicos, franceses, italianos, neocoloniales, Tudor o art decó. Algunas avenidas, como Pedro Goyena, alcanzaron renombre como ejes residenciales muy preciados, y esto significó la construcción de numerosos edificios de departamentos de alta categoría.

En esta última década, el barrio sufrió un nuevo auge de construcción edilicia, que cambió completamente el aspecto de las calles interiores de Caballito, hasta ese momento ocupadas mayoritariamente por casas y comercios pequeños. El avance de estos modernos edificios generó el rechazo de un grupo de vecinos, que se movilizaron reclamando limitaciones y protecciones del patrimonio arquitectónico, con diversos grados de éxito. La construcción en altura fue limitada en la zona de Caballito norte, y se frenó un proyecto del grupo IRSA para construir un centro comercial en los terrenos del ferrocarril, pero en la parte de Caballito sur las inmobiliarias avanzaron sin frenos, trayendo como resultado la saturación de las calles del barrio y de los tendidos de servicios, como las cloacas.

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