Batalla de Culloden | tras la batalla

Tras la batalla

Memorial de la batalla ubicado en Culloden.

Tras la victoria, Cumberland ordenó a sus hombres la ejecución de todos los jacobitas heridos y prisioneros, un acto por el que fue conocido desde entonces como "Cumberland el Carnicero". Se respetó la vida de los prisioneros de más alto rango, que fueron juzgados y ejecutados posteriormente en Inverness.

Tras la derrota en la Batalla de Culloden en abril de 1746 durante el último levantamiento jacobita, el príncipe Carlos III de Inglaterra y Escocia, con 25 años de edad, y un reducido regimiento, lograron escapar hacia el norte y navegaron por el Mar de las Hébridas, mientras se ofrecían 30.000 £ por la captura del príncipe.[2]​ Viajaron a la isle de Uist, donde el capitán Malcolm Macleod lo trasladó a la isla de Elgol a casa de su hermana, casada con el capitán John MacKinnon, afín a la causa jacobita.

Junto con otros miembros de su familia, John MacKinnon llevó al príncipe hasta Mallaig, donde se encontró ante las tropas enemigas del gobierno.[2]

Carlos logró finalmente huir a Francia en una dramática aunque humillante fuga disfrazado como doncella de Flora Macdonald, tras sobrevivir durante cinco meses en Escocia. Tras esto pasó el resto de su vida refugiado en distintas cortes reales europeas. John volvió entonces a Skye, donde él y Iain Dubh, el cacique de clan, así como Flora Macdonald y otros jacobitas fueron detenidos finalmente y encarcelados en Londres a la espera del juicio. Sin embargo, dos años más tarde, fueron liberados y devueltos a casa, donde encontraron que sus propiedades habían sido abandonadas por la familia en su huida.[2]

Inmediatamente después de la batalla, Cumberland entró a caballo en Inverness con la espada desenvainada y aún manchada de sangre, un gesto simbólico y muy amenazador. Al día siguiente, la matanza continuó cuando se enviaron patrullas de vuelta al campo de batalla para acabar con cualquier posible superviviente. Las fuentes contemporáneas indican que murieron 70 jacobitas más. Por orden de Cumberland se vaciaron las cárceles de presos británicos, a fin de dejar sitio a los simpatizantes jacobitas. Muchos fueron llevados al sur hacia Londres, donde fueron juzgados por alta traición en Berwick, York y el mismo Londres. Se realizaron ejecuciones indiscriminadas, matando a un acusado de cada veinte. En total, 3.470 jacobitas y simpatizantes fueron arrestados tras la batalla de Culloden. De ellos, 120 fueron ejecutados, 88 murieron en prisión, 936 fueron deportados a las colonias como esclavos y 222 se desvanecieron sin dejar rastro dentro del sistema judicial británico. Aunque casi todos los demás fueron liberados en un momento u otro, se desconoce el destino final de casi 700 de ellos. Cumberland se mostró también inmisericorde con los desertores de su propio ejército: 36 a los que capturó posteriormente fueron ejecutados de forma sumaria.

Algunas de las Tumbas de los Clanes, fosas comunes donde se enterró a los Highlanders caídos en la batalla.

En contraste con el tratamiento despiadado mostrado hacia los miembros de los clanes, a los destacamentos de soldados provenientes del ejército francés se les permitió una rendición formal, fueron bien tratados y acabaron por ser devueltos a Francia. Fueron considerados como soldados regulares de un monarca extranjero, y por ello sujetos a las prácticas normales de la guerra. Los jacobitas capturados, en cambio, eran considerados traidores al rey y tratados como tales, incluso a pesar de que la mayoría no tenían otra opción que seguir las órdenes del jefe de su clan.

Los ataques contra los simpatizantes jacobitas prosiguieron durante los meses siguientes también en el terreno legal: se destruyó el sistema de clanes mediante el Acta de Proscripción, desarmándolos y prohibiendo el kilt y el tartán; el Acta de Abolición de Tenencias acabó con el lazo feudal de servicio militar entre miembros del clan; el Acta de Jurisdicciones Hereditarias canceló el poder soberano de los jefes sobre los miembros de su clan; se prohibió la religión episcopaliana (la católica ya lo estaba); se destinaron tropas del gobierno a la región, que construyeron nuevos cuarteles y carreteras para facilitar el control de la población, añadiéndolos a los ya construidos por el Major General George Wade tras la sublevación de 1715. La prohibición de llevar kilt y tartán se mantuvo, excepto para los regimientos escoceses sirviendo en el ejército británico, así como la prohibición de usar gaitas, que fueron consideradas como armas de guerra.

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