Final feliz

Un «final feliz» en cualquier historia romántica se define a menudo como el triunfo del amor verdadero. En la imagen: fotograma final de Detrás de la pantalla (1916), cortometraje protagonizado por Charles Chaplin y Edna Purviance.

Un «final feliz», en ocasiones expresado en inglés como «happy end»,[n 1]​ es el desenlace argumental de una obra de ficción satisfactorio y provechoso para sus protagonistas, sus coprotagonistas y el resto de personajes, excepto para los antagonistas o villanos. En las historias en las que los protagonistas corren peligro físico, el «final feliz» suele consistir en que sobreviven y concluyen con éxito su misión o aventura. El «final feliz» de aquellas historias en las que no hay peligro físico se define a menudo como el triunfo del amor verdadero a pesar de las dificultades que puedan obstaculizar su camino. A menudo se combinan en una misma historia ambas facetas, resultando un «final feliz» con éxito en la aventura y consumación del amor.

Características

Los finales felices son satisfactorios para el público, en tanto que por empatía se siente recompensado junto a los personajes con los que ha simpatizado. Una crítica de The Times sobre El espía que surgió del frío de John le Carré censuró fuertemente al autor por no proporcionar un final feliz, dando razones inequívocas, según la opinión del crítico, compartida por gran parte de los lectores, sobre por qué era necesario un final así: «El héroe debe triunfar sobre sus enemigos, tan seguro como que Juanito debe matar al gigante en el cuento infantil. Si el gigante matara a Juanito habríamos perdido todo el sentido de la historia».[1]

Un «final feliz» solo requiere que la historia acabe bien para los personajes principales, aquellos por los que la audiencia se preocupa. Otros personajes secundarios pueden fallecer, incluso desaparecer millones de personajes de fondo en guerras o catástrofes: siempre y cuando los personajes con los que empatice el público sobrevivan, triunfen o amen, puede considerarse que la historia tiene un «final feliz». Roger Ebert comentó irónicamente en su crítica de la película The Day After Tomorrow, de Roland Emmerich: «Miles de millones de personas pueden haber muerto, pero al menos los personajes principales han sobrevivido [...]. Los Ángeles se ve afectado por varios tornados, Nueva York está enterrado bajo el hielo y la nieve, el Reino Unido está congelado, y gran parte del hemisferio norte ha sido destruido. Gracias a Dios que Jack, Sam, Laura, Jason y la Dra. Lucy Hall sobreviven, junto con el pequeño paciente de cáncer de la Dra. Hall».[2]

Un buen «final feliz» da por cerrada definitivamente la historia, lo que no es un buen punto de partida para la creación de una secuela, por lo que si motivos comerciales determinan a posteriori su creación es posible que el argumento deba partir de una peripecia posterior al «final feliz». En otras ocasiones el final de la historia original deja una «puerta abierta» a la previsible secuela. Por ejemplo, al final de El rey león, Simba derrota a Scar, se convierte en rey, se casa y tiene una hija, Kiara, dando así forma a El rey león II: el tesoro de Simba.

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