Zanja de Alsina

Avance de la frontera hasta la época de la construcción de la Zanja de Alsina.

La Zanja de Alsina o Zanja Nacional fue un sistema defensivo de fosas y terraplenes con fortificaciones -compuesto de fuertes y fortines- construidos en el oeste de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, entre 1876 y 1877,[1] sobre la nueva línea de frontera de los territorios bajo el control del gobierno federal en el período inmediato anterior a la Conquista del Desierto, cuya dos funciones principales eran la de evitar los malones indios en el interior de la misma y entorpecer el paso del ganado robado por los indígenas y cuyo nombre provino del creador del sistema, Adolfo Alsina.

Historia

El doctor Adolfo Alsina, ministro de guerra y marina del presidente Nicolás Avellaneda, abordó la necesidad del estado argentino, sensible al pedido de colonos, estancieros y comerciantes, de separarse físicamente de las tierras pobladas por los indios que originaban malones -ataques que, infrecuentes al principio, se remontan a la época de la dominación de la corona española- creando una zanja o trinchera, para consolidar del lado del Estado argentino el dominio del territorio.

El propósito de la zanja era el de de facilitar la defensa de las tierras ubicadas dentro de la línea de frontera y procurar la defensa de los nuevas pobladores contra los ataques, cada vez más agresivos, de los aborígenes que ocupaban los territorios ubicados fuera de dicha línea. Estos habían venido siendo arrebatados a los pueblos ranqueles y pampas y a otras etnias originales autóctonas —con quienes por periodos intermitentes se habían logrado relaciones relativamente pacíficas— por inmigrantes mapuches o araucanos que, provenientes de Chile, produjeron su araucanización a través, primero, del saqueo de poblaciones aborígenes establecidas en relaciones más o menos pacíficas con los blancos, y, luego, de las poblaciones blancas o "huincas".[2]

El proyecto de Alsina, cuya función militar era la de retener territorio y conservar el dominio del estado nacional en ellas, no pretendía sumar nuevas tierras al dominio nacional argentino. Pero sí esperaba que cumpliera con una función eminentemente defensiva, deteniendo los permanentes ataques de los malones, y evitando los arreos de ganado que los indios arrebataban a las estancias y, llevándoselos por la ruta de la Rastrillada grande, vendían luego en su tierra de origen, Chile. La divisoria física pretendía terminar con esta transferencia de riqueza pecuaria del atlántica a la pacífica y con la carga de sus costos (pérdida de vidas humanas, gastos en defensa, despojo de riquezas consistentes en bienes de uso, y cautivación de mujeres que pasaban a servir económica y sexualmente como esclavas) que soportaban los pobladores de los pagos saqueados. Si bien la Zanja de Alsina no fue eficiente respecto a la entrada o salida de los indios montados, que la sorteaban desmontando y creando desde ambos lados derrumbes que proveían de cruce a las cabalgaduras, sí surtió efecto respecto a la merma de robo de ganado de los campos, toda vez que los indígenas se vieron obligados a abrir portillos en la zanja, que no se preveían suficientes para escapar con tropillas de vacunos y que, al huir, muchas veces no podían volver a utilizar porque debían tomar otro camino. La obligada tarea les demandaba una pérdida de tiempo suficiente como para que las tropas los alcanzaran y evitaran el cruce de los arreos. La motivación del saqueo se redujo así a los otros resultados del mismo.

El propio Alsina sostuvo que

...el indio no invade para pelear, ni tampoco por el placer de hacer mal –invade para poder regresar con lo que robe. Bien, pues, salvado el foso, consumada la invasión ¿qué hará el indio con el robo? No ha de pretender salir por donde entró, porque debe suponer que el paso está ocupado ó el obstáculo restablecido. ¿Se lanzará entonces á buscar salida con arreo, teniendo antes que derribar la muralla y borrar el foso?[3]

El proyecto contemplaba la construcción de una Zanja Nacional de aproximadamente 600 km, que se extendería hasta San Rafael, en la actual provincia de Mendoza.

Los trabajos se iniciaron en 1876 y las construcciones básicas (no así su mantenimiento y reparación) finalizaron sólo un año más tarde, como consecuencia del fallecimiento de Adolfo Alsina, con 374 km de zanja construida en los terrenos ganados a los indios entre Italó —en el sur de la provincia de Córdoba— y Nueva Roma — al norte de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires. Quedó así establecida una nueva línea de fronteras.

La ejecución de la obra estuvo a cargo del coronel Conrado Villegas con los soldados de la División Norte. La zanja fue íntegramente construida a pico y pala y resultó extremadamente costosa en dinero y esfuerzo humano. La dirección de las obras fue confiada al ingeniero Alfredo Ebelot.

Un foso es poca cosa; pero cuando tiene 80 leguas de largo se transforma en algo respetable. Adquiere un interés casi dramático si se piensa que marca el límite casi visible entre la civilización y la barbarie. El parapeto de adobe que lo bordea es, en pequeño, una muralla china. Es la misma solución, exhumada y remozada, de un problema tan viejo como el mundo: la lucha de los sedentarios contra los nómades.[4]

Los fuertes más importantes fueron erigidos en Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué y Puán. Entre Guaminí y Trenque Lauquen trabajaron dos regimientos de guardias nacionales, incluyendo levas de gauchos y una cuadrilla de 60 a 80 peones asalariados; hacia el norte, hasta Italó, se contrató a una empresa privada que empleaba 300 personas. La zanja tenía 2 m de profundidad y 3 de anchura en la superficie y un parapeto de 1 m de alto por 4,50 m de ancho. El fondo tenía un ancho de sólo 60 cm.

La nueva línea de la frontera estaba a cargo de seis comandancias con sus fuertes respectivos que se ubicaron en lugares estratégicos: Bahía Blanca: 89 km; Puan: 80; Carhué: 52; Guaminí: 98; Trenque Lauquen: 152; Italó: 13. Se levantaron sobre esa línea 109 fortines. Cada fortín se formaba en un terraplén circular rodeado de un foso, una pequeña habitación y un mangrullo para la observación, todo a cargo de un oficial y de ocho o diez soldados que debían realizar descubiertas diariamente a lo largo de la línea. La conscripción de personal para cubrir la frontera se realizó de manera forzosa (levas) entre la población rural; las durísimas condiciones a las que estaban sometidos se narran en el Martín Fierro, de José Hernández, cuyo protagonista es reclutado forzosamente para prestar servicio en la frontera.

Los fuertes estaban comunicados a través del telégrafo.

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