Vino de Argentina

En esta imagen se pueden observar dos elementos típicos porteños: la vasija de cerámica esmaltada llamada "pingüino" en la cual se pone el vino y el sifón Drago de soda.
Vinos tintos (izquierda) y blancos (derecha) argentinos.
Viñedos de Cafayate, en la Provincia de Salta donde se encuentran los viñedos más altos del mundo.

El vino argentino es el que se produce principal y tradicionalmente en las provincias de Mendoza, San Juan, Salta, La Rioja, Córdoba, Catamarca y en las últimas décadas han comenzado a elaborarse en Neuquén, Río Negro, Entre Ríos, Chubut, Buenos Aires y Santa Fe.

El vino es la bebida nacional de Argentina.[3] La calidad del vino argentino ha venido creciendo sin detenerse en los últimos años, ganando terreno en el mercado mundial: sólo en 2010 las ventas al exterior alcanzaron los USD$ 650 millones, lo que implicó un alza del 17% en relación al 2009, marcando un nuevo récord histórico.

El vino en la dieta argentina

Hoy consta que el vino es elemento clásico de la gastronomía de Argentina, seguido de ingredientes como el aceite de oliva, el limón, el ajo, la cebolla y el laurel, todos propios de la dieta mediterránea. Sería, pues, difícil de imaginar una cena o un almuerzo argentinos, especialmente si se trata del típico asado argentino, en el que faltara el vino.

Viñedos en Agrelo, Provincia de Mendoza.

En rigor, hasta que no se inició la gran inmigración transatlántica procedente de Italia, España, Occitania e incluso Grecia desde la segunda mitad del siglo XIX, el gusto de la población criolla urbana argentina se centraba en los vinos tintos de mesa, cual los de origen priorato, mientras que la población rural y semirural gaucha bebía ciertos tipos de arrope de uva fermentados, y en ciertas ocasiones verdaderas alojas de uva. En la producción artesanal de vino argentino se destacó –y mantiene merecida consideración– el llamado vino patero. Casi todos estos vinos, en cuanto a su tenor de fermentación y a su color, entran en la amplia clasificación de los vinos tintos.

Por su arraigo en las culturas predominantemente europeas, los argentinos son buenos consumidores de vino: en el 2006 el consumo fue de 45 litros al año per cápita.

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