Venus paleolíticas

Las venus paleolíticas son estatuillas femeninas de hueso, asta, marfil, piedra, terracota y de madera, datadas en el Paleolítico Superior, dentro del cual constituyen la principal categoría de arte mueble o mobiliar, superando el centenar de ejemplares, en el caso de las figuras de bulto redondo, y los dos centenares si se incluyen representaciones parietales. Estas esculturas tienen tamaños modestos, hasta diminutos, oscilando entre los 4 y los 25 centímetros.

El primer descubrimiento fue la Venus de Brassempouy, en 1893, por Édouard Piette. Cuatro años más tarde, Salomón Reinach daba a conocer las estatuillas de esteatita de las cuevas de Grimaldi. En 1908 fue exhumada la famosísima Venus de Willendorf, en un campo de loess del valle del Danubio, en Austria. Esta escultura, que se ha convertido en un icono, anunciaba el descubrimiento de numerosas esculturas femeninas que se extendían desde los Pirineos franceses hasta las llanuras siberianas del lago Baikal. Fueron bautizadas con el nombre de Venus al extenderse la noción de que constituían un ideal de belleza prehistórico, y, aunque la idea ha sido rechazada, la denominación de venus persiste.

Descripción

Todas ellas parecen responder a representaciones convencionales de la mujer de la época (algunas llegan a ser claramente estilizaciones o esquemas), lo que no impide apreciar la maestría de los artesanos prehistóricos. Hay un grupo de venus, denominado esteatopigias, con ciertas partes de la anatomía exageradamente desarrolladas: son obesas, con el abdomen, la vulva, las nalgas y las mamas extremadamente grandes. Pero también es común que el resto de las partes del cuerpo aparezcan desdibujadas: los brazos son muy pequeños, los pies apenas se les ven y la cara suele ser, por lo general, inexistente. Se pueden diferenciar un rombo interior, donde se centran las características que los hombres querían resaltar y un rombo exterior que comprende las extremidades.

La cuestión de la esteatopigia de ciertas Venus ha sido objeto de numerosas controversias: el primero en abordar el tema fue Piette, descubridor de la Dama de Brassempouy y de otras venus en los Pirineos. Por otro lado, algunos etnólogos la han comparado con los bosquimanos del África austral, y otros han querido ver símbolos de la fertilidad y la abundancia. Posteriormente se determinó que no todas las figurillas eran obesas, ni todas tenían los atributos femeninos exagerados, ni todas carecían de rasgos faciales: la idea de este clase de efigies comenzaba a desdibujarse. Por eso, varios especialistas intentaron distinguir diferentes variedades de venus. La publicación de referencia sobre el estudio de este tipo de obras de arte se debe a Henri Delporte,[1] en cuyo exhaustivo trabajo llegó a determinar cinco variantes de figuras atendiendo, sobre todo, a su procedencia geográfica


Leroi-Gourhan, sin embargo, sostiene que existe una relación cultural de algún tipo entre todos estos yacimientos y que ciertos detalles anatómicos sugieren que el origen es oriental, mientras que su expansión es hacia el oeste.[2]

Es intrigante la ausencia de Venus paleolíticas en la península ibérica, por más que se hayan citado ejemplos dudosos de El Pendo o La Pileta, siendo el caso más importante la llamada «Venus de las Caldas» ( Cueva de las Caldas, en los alrededores de Oviedo): esta figura magdaleniense es un relieve en asta de cérvido que tiene un cuerpo femenino estilizado y un rostro animalizado de cierva, no encaja con el concepto de las demás venus conocidas, de hecho se sospecha que es un propulsor decorado y no una venus, propiamente.

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