Venta (establecimiento)

Ruinas y reconstrucción de la Venta de Cornejo (siglo xiv).

Venta, ventorro y ventorrillo se refieren a precarios establecimientos o edificios de arquitectura popular de antigua tradición, situados originalmente en caminos o despoblados, y luego en carreteras y zonas de servicio de autovías. A lo largo de su historia, las ventas han ofrecido servicio de comida y hospedaje a los viajeros,[2]

Descripción

Aunque la estructura arquitectónica puede variar en función de los modelos populares de cada región o país, las ventas, como establecimiento de conjunto al servicio de unos fines (cuya datación en España se puede confirmar en la Edad Media), tienen en común su emplazamiento, casi siempre aislado, en encrucijadas de caminos reales, pasos, etc. Otras coincidencias son: el gran portón accesible para carruajes y entrada única al recinto general; las cuadras y corrales para guardar el ganado en tránsito; pajares para alojar a los arrieros y habitaciones, en principio muy primitivas, para los comerciantes, tratantes y viajeros. Además de la gran cocina y el comedor en la planta baja, el patio interior (a menudo varios y empedrados), con pozo, abrevaderos y la escalera de acceso a la galería y el piso alto, y otras dependencias como almacenes, etc.[3]

El manteo de Sancho en el corral de la venta. Ilustración de Ricardo Balaca (hacia 1880-1883).

Tomando como referencia la literaria e histórica Venta de Quesada,[6]

En cuanto a la venta de Quesada es una especie de castillo medio arruinado, cuyas dos torrecillas angulares están carcomidas por la mano del tiempo, y cuyo cuerpo principal tiene una sola puerta como un ojo melancólico, que conduce a un antepatio cubierto de estiércol y paja de cebada. En las torrecillas, o mejor dicho a la mitad de estas torrecillas, porque el tiempo que ha carcomido los ángulos, ha grieteado también el centro; a la mitad de estas torrecillas, hay una hilera de tronerillas.
En la venta de Quesada conté dos ventanas que anuncian un primer piso. Otras tres lumbreras pintorescamente desordenadas alumbran la sala baja. Un cuarto agujero da a una salita que acaso fue la que con tuvo aquella biblioteca caballeresca que el buen cura quemó, sin más piedad que el Califa Ornar tuviera al quemar la biblioteca de Alejandría.

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