Vampiros en la literatura

Una ilustración de Carmilla, de Sheridan le Fanu, una de las principales obras de la literatura de vampiros.

La presencia de los vampiros en la literatura abarca un campo literario centrado en torno a la figura del vampiro y los elementos asociados a la misma, con diversas variantes. Aunque figuras y personajes vampíricos con diversos rasgos han aparecido en la mitología, la cultura oral y la literatura desde la antigüedad la primera aparición del vampiro literario moderno se produjo en las baladas góticas del siglo XVIII, saltando al ámbito de la novela con The Vampyre de Polidori (1819) y posteriormente se popularizaría como figura de los relatos de terror. La historia de Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu resultó muy influyente en el género, así como para perfilar la imagen del vampiro gótico, pero sin duda la obra maestra y completa del género es Drácula de Bram Stoker (1897). Desde el siglo XX las historias de vampiros se han diversificado, no sólo aportando elementos nuevos, sino también introduciendo elementos de otros géneros como las novelas de suspenso, fantasía, ciencia ficción y otros géneros menos habituales. Además de las tradicionales criaturas no muertas bebedoras de sangre, el vampirismo se ha extendido a otro tipo de seres como alienígenas o incluso animales. Otros “vampiros” de ficción se alimentan de energía vital en lugar de sangre.

Historia del género

El siglo XVIII

La literatura vampírica hunde sus raíces en una fiebre sobre los vampiros que se extendió por Europa a principios del siglo XVIII, especialmente en el período entre 1720-1740. En diversos espacios comenzaron a moverse peculiares historias sobre exhumaciones de no-muertos, con testigos letrados y jurídicos titulados en varios lugares de Europa Oriental, como Arnold Paole en Serbia, durante el gobierno de la dinastía de los Habsburgo.[1]​ Pero más allá de la superstición, el vampiro se abrió paso a las tradiciones folklóricas donde halló un terreno propicio para quedarse. Canciones sin autor evocaban sus hazañas en los países de Europa Oriental, cuando una revista alemana, editada en Leipzig consagró en 1748 un número dedicado a los vampiros. El vampiro no se refería a ninguna historia de muertos vivientes, sino la del valiente amante que amenazaba con galantería a su amada con convertirse en un vampiro y vengarse de ella visitando su habitación por las noches para demostrar que su amor era más fuerte que las cristianas enseñanzas.

Estas primeras canciones solían ser de temática amorosa y muestran a personas que regresan de la tumba para visitar a sus seres queridos y causar su ruina de una forma o de otra. No se trata tanto de un “contagio” vampírico como una magia póstuma bien producida por maldiciones o juramentos incumplidos los que provocan la aparición de los no muertos. En cierto sentido, se trata de una influencia de “la Danza de la Muerte” medieval, en la que ésta viene a buscar a los vivos sin importar su situación ni posición social.

Retrato de Gottfried August Bürger por Rosmäsler, 1827.

Posteriormente es Gottfried August Bürger, el creador de la “balada artística” alemana y uno de los mayores representantes del movimiento conocido como Sturm und Drang, quien realiza el primer tratamiento literario de la superstición del vampirismo. En Lenore, poema publicado en 1773, relata la historia de una joven, que al final de la Guerra de los Siete Años, se angustia por no tener noticias de su prometido. A medianoche golpean su puerta. Lenore desciende y reconoce enseguida a su amado, que viene a buscarla para casarse con ella; él la sienta en su caballo y galopan vertiginosamente a la luz de la luna, atravesando paisajes espectrales. La muchacha quiere saber por qué cabalgan tan rápido; el novio espolea y dice: Denn die Toten reiten schnell (“Porque los muertos viajan deprisa”) (que será citada por Bram Stoker en Drácula). Lenore responde: “Deja a los muertos tranquilos”. Cerca del amanecer entran a un cementerio; mientras el caballo avanza el novio va perdiendo su forma humana y el lecho nupcial se revela como el nicho en la que yace el esqueleto del novio. Un cortejo de espectros danza una ronda macabra y repite la tardía advertencia: “No hay que medirse con Dios.”

Johann Wolfgang Goethe.

En 1797 Johann Wolfgang Goethe publica La Novia de Corinto, una expresión del conflicto entre paganismo y cristianismo. Los familiares de la mujer muerta en la historia son cristianos, mientras que el joven y sus parientes son paganos. Para escribir su historia Johann Goethe se basó en un episodio del “Libro de los Prodigios” de Flegón de Tralles, un autor griego del siglo I d. C. donde se narraba la historia de Filinea, una bella joven que, tiempo después de ser enterrada, fue sorprendida en el lecho de un extranjero llamado Macates. En la versión de Goethe, que presenta algunos puntos de contacto con el argumento de “La religiosa” de Diderot, publicada en 1796, la muchacha muere de pena porque sus padres no la dejan casarse y quieren encerrarla en un convento. Para vengar la dicha arrebatada, abandona por la noche el sepulcro, se presenta en la habitación de su prometido y, tras gozar con él como jamás lo ha hecho en vida, lo vampiriza. Cuando es descubierta, la muchacha vuelve a morir y sus parientes rompen la maldición quemando su cuerpo fuera de las murallas de la ciudad.

Algunos críticos sostienen erróneamente que Goethe pudo haberse inspirado en la historia de Menipo Licio y la Empusa, referida por Filóstrato en el libro cuarto de su “Vida de Apolonio de Tiana”, obra escrita en el siglo II d. C. Según Filóstrato, un joven filósofo, que se dirige de Cencreas a Corinto, se encuentra de camino con el espectro de una bella mujer fenicia. La dama lo invita a su casa y le promete que si se queda a vivir con ella, le dará de beber el mejor vino, cantará y bailará para él y ningún mortal se atreverá a molestarlo jamás. El joven acepta la propuesta y, luego de gozar de los encantos de la muchacha, decide casarse con ella. A la boda asiste, entre otros invitados, Apolonio, que se da cuenta de que la novia es una Empusa y que todo su atavío, como el oro de Tántalo del que habla Homero, es mera ilusión; desenmascarada, la Empusa llora y desea que Apolonio guarde silencio, pero él no se deja conmover y sigue nombrándola hasta que sus vestidos, su cuerpo y la casa misma, con todo lo que contiene, se desvanecen al instante.

Samuel Taylor Coleridge.

Lenore de Bürger gozó de gran popularidad en Gran Bretaña hasta el punto de contar con siete traducciones, entre ellas una de Walter Scott e inspiró a Samuel Taylor Coleridge para su Christabel. Este poema de 1797 es la primera mención a los vampiros en la literatura inglesa y cuenta la historia sobrenatural de una muchacha que vive en un castillo gótico en compañía de un padre que añora a su esposa muerta. Una noche, en medio del bosque, Christabel encuentra a Geraldine, bellísima hechicera, que la convence de que la lleve a dormir a su alcoba. La joven se siente atraída por la extraña y mientras comparten el lecho, tiene un sueño en el que se ve vampirizada, al pie de un viejo roble por una mujer con ojos de serpiente. Por la mañana, su padre reconoce a Geraldine, en cuyo rostro cree descubrir a la hija perdida de un viejo amigo y se enamora de ella. Christabel, celosa de un amor que la excluye, ruega a su padre que eche a la intrusa, pero no lo consigue y acaba siendo despreciada. Coleridge publicó “Christabel” en 1816 sin haberlo concluido. Las reseñas en los periódicos de la época fueron principalmente negativas y apuntaron, sobre todo, a la ambigua esencia de Christabel, que no se parecía a ninguna de las heroínas conocidas. Un crítico anónimo se preguntó: “¿De qué trata todo esto? ¿Cuál es la idea? ¿Lady Geraldine es una hechicera o un vampiro? ¿Es un hombre? ¿Es ella, él o eso?”. La trama, con sugerencias de lesbianismo e incesto dejó, sin embargo, una profunda huella en la literatura inglesa del siglo XIX, como puede verse en “Carmilla” de Joseph Sheridan Le Fanu. La influencia de Coleridge sobre la narrativa vampírica se hizo sentir también a través de su famosa “Rima del viejo marinero”, incluida en el libro Baladas líricas que editó junto a William Wordsworth y Robert Southey, de la que se ha dicho que inspiró a Bram Stoker el viaje en barco de Drácula desde Turquía hasta las costas de Inglaterra.[2]

Robert Southey, poeta inglés

Si bien Robert Southey, compuso su monumental poema épico Thalaba el Destructor, posteriormente a Coleridge (1797-1800), lo publicó antes. Oneiza, la amada muerta de Thalaba, el protagonista, se convierte en una vampira, aunque semejante suceso es secundario a la trama principal. Southey cuenta cómo el héroe penetra en la bóveda de su esposa Oneiza, durante una medianoche de tormenta, acompañado de su suegro. En un resplandor de azufre ve levantarse a la difunta del sarcófago, con las “mejillas lívidas”, los “labios azules” y “un terrible brillo en la mirada”. Aunque cuenta con un anillo mágico que le confiere poder sobre los muertos, Thalaba está a punto de sucumbir a su hechizo, cuando el padre de la joven atraviesa el “cadáver del vampiro” con una lanza. Según consigna el propio Southey en su edición anotada del poema, la escena se inspira en “Viaje al Levante” de Tournefort y en el famoso caso del vampiro Arnold Paole referido por el abate Calmet.

El siglo XIX

Lord Byron en traje albanés, pintado por Thomas Philips en 1813.

Durante el cambio de siglo continúan publicándose baladas góticas que utilizan la figura del vampiro. En su poema épico El Giaour, fragmento de un cuento turco (1813) Lord Byron alude al vampiro como figura trágica condenada a beber la sangre y a destruir la vida de sus seres queridos. Es posible que se basara en el poema recientemente publicado de Robert Southey.

But first, on earth as vampire sent,
Thy corse shall from its tomb be rent:
Then ghastly haunt thy native place,
And suck the blood of all thy race;
There from thy daughter, sister, wife,
At midnight drain the stream of life;
Yet loathe the banquet which perforce
Must feed thy livid living corse:
Thy victims ere they yet expire
Shall know the demon for their sire,
As cursing thee, thou cursing them,
Thy flowers are withered on the stem.

Pero la mayor contribución de Byron a la historia del género vampírico tuvo menos que ver con su obra literaria que con la dramatización de su vida. Una noche de verano de 1816, mientras pasaba una temporada en Villa Diodati cerca del lago Ginebra, acompañado de Percy B. Shelley, Mary Godwin, Claire Clairmont y especialmente John William Polidori , su biógrafo, secretario y médico privado, Byron desafió a los presentes a escribir una historia de fantasmas. El juego tuvo como consecuencia que el propio Byron terminara por convertirse, en virtud de una serie de equívocos y desplazamientos, a la vez en autor apócrifo y protagonista auténtico del primer cuento de vampiros de la literatura europea. La historia de Byron, que dejó inacabada, era un enigmático relato sobre el misterioso destino de un aristócrata llamado Augustus Darvell en su viaje a Oriente. John William Polidori tomó este relato de Byron y lo extendió y completó, constituyendo la base de El Vampiro (1819). La propia vida decadente de Byron se convirtió en el modelo del protagonista no muerto, Lord Ruthven, que muestra los rasgos del vampiro romántico: un atractivo aristócrata de astucia y encanto malignos, una criatura de tez pálida y hábitos nocturnos. En contraste, el vampiro del folklore popular era un monstruo horrible, hinchado de sangre, y nada atractivo. Supuestamente Polidori habría tomado el nombre de Lord Ruthven de la novela Glenarvon, de Lady Carolina Lamb.[3]​ No obstante la moda de los vampiros no comienza a extenderse en Inglaterra hasta unas décadas después a raíz del éxito y difusión de la obra de Charles Nodier. Entre las muchas publicaciones populares cabe destacar el penny dreadful, o folletín por entregas de Varney el Vampiro o El Festín de Sangre (1845), obra de autor discutido, que durante dos años prolongó sus sangrientas aventuras en 109 entregas semanales y 220 capítulos. El protagonista vampírico, Sir Francis Varney, es el primer vampiro literario que adopta la escena clásica de entrar por una ventana para beber la sangre de una joven dormida. Durante el resto del siglo XIX los escritores ingleses siguieron contribuyendo al género en La verdadera historia de un vampiro (1894) donde el conde Eric Stenbock realiza una parodia de Carmilla. La buena Lady Ducayne de Mary Elizabeth Braddon (1896) asocia el género con la técnica de las transfusiones de sangre.

Charles Nodier.

Charles Nodier, precursor del romanticismo y que tradujo al francés el relato de Polidori, escribió una secuela no autorizada de la historia titulada Lord Ruthwen ou les Vampires (Lord Ruthven o Los Vampiros) (1820), un melodrama teatral escrito bajo el seudónimo de Cyprien Bérard. Esta versión tuvo una gran popularidad en gran parte de Europa y convirtió al vampiro en la figura de Lord Ruthven en personaje de comedias, ballets, óperas y otros espectáculos como el Polichinela vampiro estrenado en el Circus Moris en 1822; relacionado con el auge paralelo del vaudeville, en el período posterior a la Restauración postnapoleónica. También sería adaptado al inglés por James Planché como El Vampiro o la Novia de las Islas (1820), ambientado en Escocia o en la ópera alemana Der Wampyr del compositor Heinrich Marschner, que situó la historia en Valaquia. Charles Nodier había vivido durante un tiempo en Liubliana, capital de las Provincias Ilíricas (actual Eslovenia), donde había conocido varias leyendas eslavas. A su regreso a París tras la caída de Napoleón Bonaparte, se ocupó de difundirlas a título de curiosidad en un pequeño volumen titulado Infernaliana en 1822.

La moda de los vampiros en Francia debe mucho a la Disertación del abad Calmet, un ensayo sobre los rumores sobre vampirismo y muertos vivientes de Europa Central y Oriental aparecido en 1746. Prosper Mérimée publica en 1827 La Guzla, un volumen recopilatorio de leyendas con un capítulo dedicado al vampirismo. Théophile Gautier describe en La muerta enamorada (1836) a la mujer vampiro como una mujer fatal, un elemento reiterado en poemas y escritos posteriores. Otro autor francés que se une a la moda del género es Alexandre Dumas padre, presente en el célebre estreno del Vampiro de Nodier y Carmouce en el Théâtre de la Porte Saint-Martin en 1820. Dumas padre publica en 1849 La dama pálida, donde describía un castillo situado en los montes Cárpatos, habitado por un vampiro en el marco de una historia novelesca, que perdería varios fragmentos en sucesivas reimpresiones. En 1865 Paul Féval publica La vampira, basada en un relato anterior de 1825 del barón de Lamothe-Langhon. En la novela de Féval se mezclan hechos históricos con las peripecias de una extraña mujer que se desdobla para disimular su vampirismo. Féval continúa tratando el tema en otros relatos como El Caballero Tenebroso (1860), La Ciudad de los Vampiros (1867) Por su parte Guy de Maupassant escribió en 1876 El Horla cuya historia se ambienta con la presentación de un caso clínico, que en la incipiente ciencia psiquiátrica el siglo XIX comienza a ser considerado como un síntoma de perturbación mental. Marie Nizet en El capitán vampiro, muestra a un oficial ruso, Boris Liaotukine, como vampiro.

E.T.A. Hoffmann.

El romanticismo alemán también utiliza la figura del vampiro, representado en el relato de E. T. A. Hoffmann, titulado Vampirismo (1819), incluido en una antología y Deja a los muertos en paz (1823) de Ernst Salomo Raupach. Por su parte Ludwig Ritter escribe El vampiro o La novia muerta, basado en la adaptación de Charles Nodier de El Vampiro de Polidori. En 1884 Karl Heinrich Ulrichs escribe Manor, en la que por primera vez el vampirismo aparece como una metáfora directa de la homosexualidad masculina.

El motivo de la mujer amada difunta también se extiende a los Estados Unidos en el siglo XIX. El relato más antiguo es Berenice de Edgar Allan Poe (1835). En El Misterio de Ken (1883) Julian Hawthorne traslada la leyenda a Irlanda, asociándola con el mito de La Llorona, muy popular en México y en el sur de los Estados Unidos. Francis Marion Crawford utiliza el tema de la novia difunta en Italia, vinculando al vampiro con la idea de una sustancia maldita, inaprensible y sin contornos.

Retrato de Alekséi Konstantínovich Tolstói.

En los países de Europa Oriental, el mito del vampiro también es tratado por varios autores, en el marco de la recuperación folklórica producida por la efervescencia nacionalista del siglo XIX, aunque estos relatos literarios raramente trascienden sus fronteras. Destaca el autor serbio Milovan Glišic.[4]​ En 1835 el ruso Nikolái Gógol publica El Viyi, tomando muchos elementos del folklore de su país, presentando la ignorancia y la pobreza como causa de la superstición. El relato de Alekséi Konstantínovich Tolstói, Upiros, fechado en 1841, es una farsa cruel y apocalíptica de la aristocracia rusa, cuyos miembros decrépitos viven de baile en baile, celebran orgías criminales en la soledad de sus castillos y se nutren de la sangre de sus hijos. También escribió La familia del vurdalak, que aunque adopta los rasgos del relato de terror, no puede abstraerse de ciertos elementos paródicos.

Sin embargo, los elementos decisivos y la fama que configuran el género vampírico tradicional proceden de autores irlandeses. El primer autor irlandés que contribuye al género es Charles Maturin que publica Melmoth el errabundo (1820) con influencias de Goethe y Byron. Melmoth no es un vampiro tradicional, sino más bien un ser inmortal angustiado por la carga de los años, y que está inspirado en la figura legendaria del Judío Errante.

Entre los autores irlandeses también destaca Joseph Sheridan Le Fanu, autor de relatos sobrenaturales y en especial su novela Carmilla aparecida entre 1871-1872 en una revista londinense, un relato cargado de fascinación erótica lésbica y que motivaría sucesivas adaptaciones cinematográficas en el siglo XX, convirtiéndose en uno de los relatos más famosos y conocidos del género.

El relato de “Carmilla” está ambientado en el ducado de Estiria, que recoge la experiencia de una joven aristócrata que es seducida paulatinamente por una mujer vampiro que bebe lentamente la sangre de sus víctimas hasta matarlas. El tono erótico contiene una carga sexual muy sutil, mostrando que la no muerta está encadenada a su pasión prohibida de la misma forma que al deseo de sangre. El relato, aparte de estar ambientado como un testimonio personal de la protagonista, posee varios elementos extraídos del folklore popular, como los amuletos contra los vampiros, el horario nocturno o la estaca utilizada para acabar con su vida. Una novedad introducida en el relato y que en ocasiones será utilizada en el género cinematográfico es que Carmilla está obligada a utilizar su nombre con todas sus letras, aunque tenga que cambiarlo para ocultar su identidad: Carmilla-Mircalla-Millarca.

Drácula

Portada de la primera edición de Drácula de 1897.
Bram Stoker.

Drácula (1897) del autor irlandés Bram Stoker ha sido considerada como la obra cumbre de la literatura de vampiros, reuniendo en sí muchos elementos de las obras vampíricas del siglo XIX en un conjunto coherente y unificado. En la novela el vampirismo es tratado como una enfermedad sobrenatural (una especie de posesión demoníaca contagiosa), con insinuaciones eróticas, sangre, muerte y un estilo marcadamente victoriano, donde enfermedades como la tuberculosis y la sífilis eran muy conocidas y temidas. Una década antes, en 1888, Jack el destripador y sus asesinatos de prostitutas habían creado un ambiente muy proclive a los relatos sangrientos.

El nombre del Conde Drácula (al que Stoker había pensado inicialmente llamar Conde Wampyr o Conde de Ville, pero lo desechó por demasiado obvio), fue inspirado por un personaje real e histórico, Vlad III Draculea, también conocido como Tepes (El Empalador), un destacado voivoda valaco del siglo XV. Sin embargo, el personaje literario de Stoker posee varias diferencias importantes. No es un noble valaco, sino szekler, y su castillo está situado en el Paso del Borgo en Transilvania, y no en Curtea de Arghes, en Valaquia, donde gobernó. Stoker introdujo en su novela abundantes referencias folklóricas, como el horario nocturno, la tierra profanada, y aportó otros elementos de su cosecha, relacionando al vampiro con los murciélagos bebedores de sangre de Sudamérica.

Stoker se inspiró en muchas obras vampíricas anteriores, como Carmilla, en varios mitos y leyendas de Europa Oriental así como el personaje histórico del voivoda valaco. Como el autor Le Fanu, creó seductoras mujeres vampiro como Lucy Westenra. En la novela también aparece una gran aportación al género vampírico: el cazador y experto en vampiros Abraham Van Helsing, que junto con Drácula se convertirá en un arquetipo de personajes similares en el género. Concluida la novela en 1897, Stoker la envió a su hermana, que la consideró “espléndida”. Pronto se convirtió en un rotundo éxito literario, adaptándose poco después al teatro y al cine.

El siglo XX

Sobre todo tras la publicación de “Drácula”, la figura del vampiro se convierte en un elemento de referencia de la literatura de terror, sobre todo a partir de su difusión popular en el teatro y el cine, pero trascendiendo más allá hacia otros géneros literarios como la ciencia-ficción, fantasía, etc. Resulta poco menos que imposible hacer un repaso exhaustivo de los numerosos relatos, novelas y cuentos sobre vampiros surgidos durante el siglo XX, ya sea como figura principal o elemento secundario de la trama, aunque se pueden destacar algunas figuras y obras importantes:

Una de las primeras asociaciones del vampirismo con la ciencia-ficción es El prisionero del planeta Marte (1908) y su secuela La guerra de los vampiros (1909), obra del autor Gustave Le Rouge, donde se describe una raza de marcianos humanoides con alas de murciélago y que beben sangre.

Howard Phillips Lovecraft situó el vampirismo en muchos de sus relatos, ya sea como característica de sus criaturas de otros mundos o como parte de rituales de magia póstuma en El caso de Charles Dexter Ward y en La Tumba. En 1926 Lovecraft publicó El intruso, el primer relato en el que el vampiro es a la vez personaje y narrador.

Otro ejemplo destacado en la literatura vampírica de ciencia-ficción es Soy Leyenda (1954) del autor estadounidense Richard Matheson, en la que el protagonista Robert Neville sobrevive en la ciudad de Los Ángeles, en un mundo afectado por una plaga que lenta pero irremediablemente ha aniquilado a la humanidad. Poco después los muertos reviven como vampiros pero sin sed de sangre, y sólo algunas de las convecciones folklóricas funcionan contra ellos. Las criaturas no pueden exponerse al sol, sienten aversión al ajo y pueden ser eliminadas mediante estacas de madera. Finalmente Neville se encuentra con una muchacha superviviente que logra atravesar su desconfianza y que provoca que el protagonista sea capturado por los vampiros, que han comenzado a reconstruir la civilización desde sus propias peculiaridades. En el mundo nuevo de los vampiros no hay lugar para Robert Neville, que pertenece a otro tiempo y que es considerado un monstruo, una leyenda que los vampiros deben destruir para seguir adelante.

Durante la segunda mitad del siglo XX el género vampírico continúa, evolucionando pero al mismo tiempo aferrándose a sus clichés tradicionales. Destaca la saga romántica-gótica de Barnabas Collins (1966-1971) de la autora Marilyn Ross, vagamente basada en la serie de televisión Dark Shadows emitida por los mismos años. Los vampiros de esta saga son representados como héroes trágicos en lugar de monstruos tradicionales.

Stephen King.

En 1975 sale al mercado El misterio de Salem's Lot, uno de los principales éxitos comerciales de Stephen King, considerado uno de los maestros de la literatura de terror. En principio se trata de una historia de vampiros de corte clásico, con evidentes paralelismos con Drácula, incluyendo una lúgubre y fantasmagórica mansión, un no muerto auténtico y desapariciones en medio de una tranquila ciudad de la Costa Este de Estados Unidos. En 1977 el autor escribió un relato corto titulado “Una para el Camino”, en el que un matrimonio y su hija quedan atrapados en el coche por causa de la nieve en Jerusalem´s Lot. Otras novelas de Stephen King, aunque no directamente relacionadas con los vampiros, sí tienen un marcado o sutil contenido vampírico como “Los Tommynockers”, en la que unas criaturas de origen extraterrestre se apoderan lentamente de los cuerpos de los seres humanos.

Anne Rice.

La humanización definitiva del vampiro se produce en la popular saga de Las Crónicas Vampíricas (1976-2003), una serie de novelas de la autora Anne Rice de Nueva Orleáns. En 1969 escribió un relato breve titulado Entrevista con el vampiro (también traducido como Confesiones de un vampiro), que convertiría en novela en 1973 y se convertiría en otro de los clásicos de la literatura de vampiros. En la primera novela, su protagonista Louis refleja el dolor de su larga existencia. En principio el libro fue rechazado por varias editoriales y no sería publicado hasta 1976, convirtiéndose en un rotundo éxito de ventas. Posteriormente, y a raíz de este éxito, Anne Rice continuaría publicando el resto de las novelas de la saga, presentando a nuevos personajes en los que destaca el caprichoso Lestat de Lioncourt, que acaba absorbiendo el protagonismo de la saga. Al mismo tiempo la autora publica otros relatos independientes sobre vampiros, concluyendo la saga con la publicación de Cántico de sangre (2003).

Entrevista con el vampiro es una narración muy interesante debido a la exploración psicológica de la psique del personaje principal, así como la sugerencia de ambigüedad sexual y homoerotismo que se extiende por todo el relato, con diversos detalles sobre la naturaleza de los no muertos, sus miedos y su irrefrenable eternidad, que los lleva a la locura y el desaliento. Y todo contado en forma de una entrevista que un joven periodista le hace a Louis, el narrador vampiro.

El ansia (1981) de Whitley Strieber incluye los elementos de la sexualidad transgresora y examina la biología de los vampiros, sugiriendo que sus capacidades especiales son el resultado de las propiedades físicas de su sangre, sugiriendo que los vampiros son una especie separada que evolucionó de forma paralela a los humanos. Esta novela cuenta la historia de una antigua vampira, que alimentándose de la sangre de sus víctimas consigue sobrevivir hasta las noches actuales. Esta criatura vampiriza a sus amantes, que tras varios siglos comienza a envejecer rápidamente, por lo que la vampira los momifica y encierra en ataúdes.

En la saga del Necroscopio (1986) de Brian Lumley, el autor mezcla a los vampiros con elementos de ciencia-ficción y de los mitos de Cthulhu. El protagonista, Harry Keogg es un Necrocospio, una persona capaz de comunicarse con los muertos, que durante la guerra fría trabaja para los servicios secretos británicos contra los soviéticos. Los vampiros de la saga son parásitos alienígenas, procedentes de una extraña dimensión, que poco a poco se apoderan del cuerpo y mente de sus víctimas, proporcionándoles extraños poderes mentales y la capacidad de manipular la carne y los tejidos.

Brian Stableford en su novela El imperio del miedo (1988), establece un mundo ucrónico, en el siglo XVII. Los vampiros han creado un orden feudal en Europa, gobernando como señores absolutos. El científico Noell Cordery estudia los orígenes del vampirismo, lo que termina provocando una revolución social. En el epílogo, ambientado a finales del siglo XX, uno de los protagonistas hace una reflexión sobre la inmortalidad y sobre la evolución del mundo a partir del descubrimiento de Cordery.

Poppy Z. Brite.

El alma del vampiro (1992) de Poppy Z. Brite revisita los elementos del género. Los vampiros de Brite son criaturas amorales y depredadoras, una especie que parasita a la raza humana pero separada de ella y que con el paso del tiempo se ha ido pareciendo cada vez más, hasta el punto de poder moverse bajo la luz del sol, aunque manteniendo la sed de sangre y su longevidad.

En su saga El año de Drácula (1992) el autor Kim Newman también introduce el vampirismo en un mundo ucrónico, en el que el Conde Drácula ha triunfado en su viaje a Inglaterra en 1897, tomando el control de la monarquía británica, y los vampiros pasan abiertamente a formar parte de la sociedad. La saga continúa en varios libros posteriores, haciendo guiños a los clásicos literarios y cinematográficos del género.

Una trama bastante recurrente ha consistido en mezclar el vampirismo con relatos de misterio, suspense e intriga como en Cazadores Nocturnos (1988) de Barbara Hambly o La saga de la sangre de Tanya Huff (1991-1997).

También han surgido ocasionalmente algunas perspectivas no occidentales sobre la figura del vampiro como la novela Brown Girl In The Ring (1998), de Nalo Hopkinson, en la que aparece Soucouyant, un vampiro del folklore caribeño y la trilogía de los Inmortales Africanos de la autora Tananarive Due: My Soul to Keep (1995), The Living Blood (2001) y Blood Colony (2008).

El siglo XXI

La literatura de vampiros continúa con buena salud con el cambio de siglo, con aportaciones nuevas y bizarras cada año, aunque el género comienza a acusar las consecuencias de una sobresaturación. Muchas series han incluido a los vampiros como protagonistas o elementos de la trama, ya sea en la ciencia-ficción, la fantasía, el romance, el erotismo, etc.

Las novelas de suspense y vampiros son quizás la parte del género más recurrente, destacando en este siglo la serie fantástica de Harry Dresden (2000-) de Jim Butcher y la saga de Sookie Stackhouse (2003-) de Charlaine Harris, que introduce elementos cómicos y paródicos.

En el campo de literatura juvenil la literatura de vampiros a menudo ha abordado el tema del romance sobrenatural, que muestra las relaciones amorosas entre vampiros y humanos. Normalmente en este tipo de literatura la figura del vampiro aparece especialmente humanizada y despojada de la mayor parte de los rasgos monstruosos y transgresores que lo caracterizan. Darren Shan escribió una serie de doce libros (2000-2004) sobre un niño del mismo nombre que el autor que se convierte en ayudante de un vampiro. Stephenie Meyer creó una serie sobre una adolescente llamada Bella Swan y su novio vampiro Edward Cullen; Crepúsculo, iniciada en 2005. Ellen Schreiber creó otra serie adolescente sobre Raven Madison y su novio Alexander Sterling, también el mismo año. En el 2008 Claudia Gray inicia la Saga Medianoche que se basa en la relación entre Bianca Olivier y Lucas Ross. Por otra parte, también se encuentra Christine Feehan, autora de la saga oscura (de unos quince libros) como por ejemplo "El príncipe oscuro" en donde la protagonista es una joven llamada Raven y se va a la región de los Carpatos, sin saber que se encontraría con un enigmatico hombre que poco a poco se apodera de su vida.

Juegos de rol como Vampiro: la mascarada, Ravenloft o Warhammer también han inspirado novelas sobre vampiros, aunque siempre destacando el contexto del juego y no tanto el vampirismo en sí.

Låt Den Rätte Komma In (“Déjame entrar”) (2004) es una novela de terror del autor sueco John Ajvide Lindqvist, que ha encontrado buenas críticas y describe la relación entre un niño de 12 años y una niña vampira de 200 años y que tiene lugar en un suburbio de Estocolmo.

La novela de Peter Watts Blindsight (2006) también ha explorado un origen científico para los vampiros, describiéndolos como una rama evolutiva de la humanidad que no se han convertido en la especie dominante del planeta debido a un obstáculo en su desarrollo que los ha hecho vulnerable a la geometría euclidiana.

El Conde Drácula también continúa inspirando novelas tradicionales del género como La Historiadora (2005) de Elizabeth Kostova o Fangland (2007) de John Marks. En el año 2009 fue publicada la novela Drácula, el no muerto, una secuela de Drácula, obra de Dacre Stoker, descendiente de Bram Stoker, en colaboración con Ian Holt, un estudioso de la figura literaria del vampiro.

La saga de ciencia ficción de George Willson The Fempiror Chronicles (2009-actualidad) también ha explorado un ángulo científico para los vampiros, convirtiéndolos en una raza de guerreros modificados genéticamente. El "Fempiror" original no bebía sangre, pero la mutación derivada de él adquirió esa característica.

El autor Oliviu Craznic de Rumania ( Eurocon 2012 Encouragement Award), publicó en el año 2010 una novela de vampiros que ganó el Premio Nacional de Literatura Visul (El Sueño), el Premio Galileo Science Fiction&Fantasy y el Premio Proliteratura. La novela se titula ...Si la sfarsit a mai ramas cosmarul (...y al final la pesadilla sobrevivió). La novela, narrada en un escenario histórico, cuenta la historia del noble Arthur de Seragens, que asiste a una boda en un castillo en el que se ve atrapado en una red de locura y crímenes, a medida que los invitados mueren a su alrededor, asesinados por un enemigo inhumano.

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