Unión Revolucionaria

Unión Revolucionaria
Fundación 1931
Disolución 1945
Ideología Nacionalismo
Fascismo
Sede Bandera de Perú Lima, Perú
País Perú
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Guardia de honor.

Unión Revolucionaria fue un partido político peruano fundado por Luis Miguel Sánchez Cerro en 1931. Gobernó junto con él luego de ganar las elecciones de 1931. Tras su muerte, en 1933, fue dirigido por Luis A. Flores Medina y devino en partido abiertamente fascista.

Se caracterizaba por su oposición al liberalismo y el comunismo, y en particular, al partido aprista, a quienes consideraban enemigos mortales y autores del asesinato de su líder fundador, Sánchez Cerro. Difundían también una fuerte xenofobia contra los emigrantes japoneses en Perú y también contra los emigrantes chinos. Siguiendo el modelo mussoliniano, proponían una sociedad corporativa y totalitaria.

Historia

Unión Revolucionaria en el gobierno

Portada de revista.

Sin un programa político claramente definido, el militar Luis Sánchez Cerro llegó a la presidencia del Perú por la vía de las elecciones en 1931. Obtuvo, por un lado, el apoyo de las masas populares que se identificaron con su procedencia humilde, el color mestizo de su piel, su léxico populista y sus rasgos autoritarios. Los grupos oligárquicos también le dieron su apoyo al verlo como una alternativa para cerrar el paso a las reformas radicales propuestas por el APRA.

Durante su breve gobierno de 16 meses, Sánchez Cerro siguió una política populista y autoritaria de represión contra sus opositores del Partido Aprista Peruano, la cual fue llevada a cabo por su ministro de gobierno, Luis A. Flores, futuro líder de la Unión Revolucionaria. A través de la denominada ley de emergencia, que autorizaba al gobierno a tomar medidas contra los derechos civiles, fueron fusilados 8 marineros acusados de subversión, los parlamentarios apristas fueron desaforados del Congreso y tuvieron que exiliarse, mientras que muchos militantes apristas comunes fueron perseguidos y apresados, incluyendo a su líder Víctor Raúl Haya de la Torre. Estas medidas fueron avaladas por los miembros del partido (llamados “urristas” por las siglas UR), quienes las justificaron como necesarias para "salvar el orden de la nación".

Producto de esta política surgió en julio de 1932 una rebelión armada de militantes apristas en la ciudad de Trujillo que fue sofocada sangrientamente por el ejército. El enfrentamiento violento entre ambos bandos terminó con el asesinato de Sánchez Cerro por un estudiante aprista en el Hipódromo de Santa Beatriz, el 30 de abril de 1933.

Tras su muerte, la UR sufrió una escisión y se formó el "Partido Nacionalista", liderado por Clemente Revilla, que apoyó al gobierno del sucesor de Sánchez Cerro, el general Óscar R. Benavides. La dirección de la "Unión Revolucionaria" cayó entonces en manos del ex ministro de gobierno Luis A. Flores, quien radicalizó la propuesta de la Unión Revolucionaria y lo convirtió en un partido plenamente fascista.

Desarrollo y expansión

De 1933 a 1936, la Unión Revolucionaria difundió su discurso fascista, influido fuertemente por la Italia fascista y las ideas de Benito Mussolini, de quien Flores era un ferviente admirador. A través de sus órganos de prensa (La Batalla, Acción, y Crisol) manifestaron su oposición al gobierno del general Oscar R. Benavides, el sucesor de Sánchez Cerro a quien consideraban traidor, y proclamaban al sistema fascista como el necesario para el desarrollo del país. También tenían cierta presencia en algunos sindicatos, aunque estos estaban mayormente identificados con el APRA.

A fines de 1933 se crea la Legión de Camisas Negras, conformada por la juventud de la UR. Era común por esos años verlos entrenar en Lima, en la playa La Herradura, o en las fincas de Limatambo en la periferia de la capital peruana, preparándose para el “combate” contra los apristas, a quienes llamaban despectivamente “aprocomunistas” o “búfalos”. El 4 de noviembre de 1933 estos camisas negras hacen su primera aparición en una ceremonia de homenaje en el mausoleo de Sánchez Cerro. El saludo fascista, con la mano diestra en alto, también fue adoptado por los camisas negras de la UR en esta especie de “fascismo criollo” dedicado a copiar gestos y apariencias mussolinianas.

Los “urristas” también contaban con una fuerte presencia femenina en sus filas, liderada por Yolanda Cocco. Aun así, entre las propuestas de la UR no figuraba la igualdad de derechos de la mujer, siendo que su rama femenina principalmente propugnaba una preservación de los valores tradicionales asignados a la mujer (aspecto también copiado del fascismo europeo).

Los regímenes de Hitler y Mussolini contaban en Perú con muchos simpatizantes provenientes principalmente de los sectores oligárquicos, al menos hasta antes de la Segunda Guerra Mundial. Además, la personalidad carismática y caudillista de Sánchez Cerro le había ganado la aceptación de una gran parte del proletariado urbano y de la pequeña clase media, que no percibía peligro alguno en el fascismo de la UR y que por el contrario se identificaba con el origen pobre y mestizo de Sánchez Cerro. La prédica populista y nacionalista de la UR ganó aceptación entre estos núcleos de proletariado y clase media baja, que serían su principal apoyo. Hacia mediados de la década de 1930 el fascismo no era una ideología especialmente rechazada en el Perú pues el diario El Comercio e intelectuales como José de la Riva-Agüero y Osma y Felipe Sassone manifestaban su simpatía y aprobación hacia las políticas del fascismo europeo; el conservadurismo político hacía que los admiradores peruanos del fascismo pronto extendieran su adhesión a la sublevación de Francisco Franco cuando estalló en julio de 1936 la guerra civil en España.

Los postulados de la UR combinaban proteccionismo económico con el apoyo a una reforma agraria "gradual" y no completa, mientras propugnaban leyes sociales en favor de los trabajadores, combinando estos postulados con un marcado desprecio hacia la democracia representativa y una fuerte tendencia al autoritarismo. Otro rasgo típico de la UR fue su abierta promoción de de la xenofobia en el Perú, dirigiéndola contra los inmigrantes de origen chino o japonés, a los que consideraban “genéticamente inferiores” y responsables del desempleo en el país.

Cabe destacar que el régimen autoritario de Oscar R. Benavides también mostraba sus simpatías por el fascismo, llegando a contratar en 1935 una "misión policial italiana" destinada a reorganizar la policía de investigaciones de Perú. Siguiendo esta línea autoritaria, Benavides ilegalizó al APRA y al Partido Comunista por considerarlos “partidos internacionales” pero también persiguió a muchos “urristas”.

Elecciones de 1936

En las elecciones de noviembre de 1936 la UR alcanzó cerca de un 29.1% de los votos frente al 37.1 % alcanzado por Luis Antonio Eguiguren, quien fue apoyado desde la clandestinidad por el aprismo. No es difícil suponer entonces que, si el APRA hubiera participado abiertamente en estas elecciones, el porcentaje de votos de Eguiguren hubiera sido mucho menor y las posibilidades de que la propuesta totalitaria de la Unión Revolucionaria llegara al poder habrían sido mayores.

Sin embargo, el presidente Óscar R. Benavides anuló las elecciones aduciendo el argumento de que la victoria de Eguiguren era "ilegítima" porque sus votos provenían de los militantes apristas ya proscritos. El Congreso de la República, subordinado a las decisiones del dictador, ratificó esta medida y se decidió prolongar el gobierno de Benavides hasta 1939. Ante ello los militantes de la UR intentaron una revuelta contra el gobierno con apoyo de algunos oficiales jóvenes del ejército; esta conspiración fue descubierta y el gobierno respondió con una dura persecución, equiparando a los líderes "urristas" con el resto de la oposición.

Decadencia y extinción

Luis A. Flores y otros dirigentes del partido fueron deportados a Chile. Otros miembros destacados del movimiento fueron encarcelados. Ya sin la organización que gozó en sus inicios, la resistencia de los “urristas” contra el gobierno de Benavides fue menguando y en 1938 uno de sus dirigentes encarcelados, el militar retirado Cirilo Ortega, desconoció a Flores como líder de la UR, ofreció su apoyo al régimen de Benavides y criticó la antigua línea de su partido.

Cirilo Ortega salió de la cárcel poco después y formó una "fracción disidente" de la Unión Revolucionaria, con la cual prestó su apoyo a Manuel Prado Ugarteche, el candidato presidencial aliado del presidente Benavides en las elecciones de noviembre de 1939. Pese al triunfo de Manuel Prado, la UR nunca alcanzó protagonismo en el régimen del nuevo presidente y perdió gran cantidad de seguidores.

Flores regresó en 1945 del exilio en Chile e intentó reorganizar la Unión Revolucionaria, pero tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, la caída de los regímenes fascistas y el regreso de la democracia en el Perú, la propuesta de la reformada UR tuvo muy poca acogida entre sus antiguos seguidores. Flores logró ser elegido como senador por el departamento de Piura en 1946 y posteriormente manifestó su apoyo a la dictadura del general Manuel A. Odría. Pese a esto, el completo desprestigio de la ideología fascista después de 1945 hizo imposible que la Unión Revolucionaria recobrase su antigua fuerza. Finalmente el partido terminó por disolverse para todo efecto a inicios de la década de 1960 tras varios años de agonía.

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