Triunfo romano

Panel con la representación de un triunfo del emperador Marco Aurelio; un genius alado se sitúa sobre su cabeza.

El triunfo (triumphus) era una ceremonia civil y un rito religioso de la antigua Roma, que se llevaba a cabo para celebrar y consagrar públicamente el éxito de un comandante militar que había conducido a las fuerzas romanas a una victoria al servicio del Estado o, original y tradicionalmente, a uno que había culminado con éxito una campaña militar en el extranjero.

El día de su triunfo el general lucía una corona de laurel y la toga picta triunfal, púrpura y bordada en oro, que lo identificaba como casi monarca o incluso divino. Desfilaba montado en un carro tirado por cuatro caballos por las calles de Roma con su ejército sin armas, los prisioneros y su botín de guerra. En el templo de Júpiter, en la colina Capitolina, ofrecía al dios un sacrificio y las pruebas de su victoria. La mos maiorum republicana requería que, a pesar de estos extraordinarios honores, el general se comportara con digna humildad, como un ciudadano mortal que triunfó en nombre del Senado, el pueblo y los dioses de Roma. Inevitablemente, el triunfo brindaba extraordinarias oportunidades para la promoción personal, además de sus aspectos religiosos y militares.

La mayoría de las fiestas romanas eran acontecimientos fijados en su calendario, mientras que la tradición y la ley reservaban los triunfos a las grandes victorias y aseguraban que la celebración, la procesión, las fiestas y los juegos públicos promovieran la posición y los logros del general. En la republicana tardía, debido a la creciente competencia entre los aventureros político-militares germen del incipiente imperio romano, los triunfos eran extravagantes, prolongándose en algunos casos en varios días de juegos y entretenimientos públicos. A partir del Principado el triunfo reflejó el orden imperial y la preeminencia de la familia imperial.

El triunfo fue intencionadamente imitado por los estados medievales y posteriores con la celebración de las «paradas reales» y otros eventos ceremoniales.

Antecedentes y ceremonias

Vir triumphalis

Escena de Los triunfos del César, de Andrea Mantegna (1482-94, en la actualidad en la Royal Collection).

En la Roma republicana, los logros militares verdaderamente excepcionales merecían los más altos honores posibles, que relacionaban al vir triumphalis ('hombre de triunfo', posteriormente conocido como triumphator 'triunfador'), con el pasado mítico y semimítico de Roma. El general era prácticamente «rey por un día» y posiblemente casi una divinidad. Lucía las vestimentas tradicionalmente asociadas tanto a la antigua monarquía romana como a la estatua de Jupiter Capitolinus: la toga picta púrpura y dorada, la corona de laurel, las botas rojas y, posiblemente, la cara pintada de rojo de la deidad suprema de Roma. Era llevado en procesión por la ciudad en un carro tirado por cuatro caballos, ante la mirada de sus compañeros y de una multitud que aplaudía, hasta el templo de Júpiter Capitolino. El botín y los cautivos de su victoria abrían el camino; sus tropas le seguían. Una vez en el templo Capitolino, sacrificaba dos bueyes blancos a Júpiter y ponía a sus pies las pruebas de su victoria, dedicándosela al Senado Romano, al pueblo y a los dioses.[1]

Los triunfos no estaban asociados a ningún día, estación o fiesta religiosa en particular del calendario romano. La mayoría parece que se celebraron a la primera oportunidad posible, probablemente en días que se consideraron propicios para la ocasión. La tradición requería que, durante la celebración de un triunfo, todos los templos estuvieran abiertos. De esta forma, la ceremonia era, en cierto modo, compartida por todos los dioses romanos,[5]

Al margen de sus aspectos religiosos, el centro de la celebración era el propio general. La ceremonia lo promovía, aunque temporalmente, por encima de todos los romanos mortales. Desde la época de Escipión el Africano el general triunfador estaba vinculado (al menos para los historiadores durante el Principado) a Alejandro Magno y al semidiós Hércules, que habían trabajado desinteresadamente en beneficio de toda la humanidad.[n 4]

Procesión

Los primeros «triunfos» romanos probablemente fueron simples desfiles de la victoria, celebrando el regreso de un general victorioso y su ejército a la ciudad, junto con los frutos de su victoria, finalizando con alguna forma de devoción a los dioses. Esto puede que fuera así en el caso de los primeros y legendarios y semilegendarios reyes de la época regia de Roma, cuando el rey era el más alto magistrado y caudillo del ejército. A medida que la población, el poder, la influencia y el territorio de Roma aumentaban, también lo hacían la escala, la duración, la variedad y la extravagancia de sus procesiones triunfales.

La procesión (pompa) se reunía en el espacio abierto del Campus Martius probablemente mucho antes del amanecer. Desde allí, sin contar todos los retrasos y accidentes imprevistos, avanzaría a un ritmo de marcha lento en el mejor de los casos, interrumpido por varias paradas planificadas en el trayecto hasta su destino final, el templo Capitolino, a una distancia de algo menos de 4 km. Las procesiones triunfales eran notoriamente extensas y lentas;[n 6]

Algunas fuentes antiguas y modernas sugieren un orden procesional bastante estandarizado. Primero venían los líderes, aliados y soldados cautivos (y a veces sus familias) que generalmente caminaban encadenados; algunos estaban destinados a ser ejecutados o exhibidos posteriormente. Las armas capturadas, armaduras, oro, plata, estatuas y tesoros curiosos o exóticos iban cargados detrás de ellos, junto con pinturas, cuadros y maquetas que representaban lugares y episodios significativos de la guerra. A continuación, todos a pie, los senadores y magistrados de Roma, seguidos por los lictores del general con sus vestimentas militares rojas, sus fasces envueltos en laurel, y luego el general en su cuadriga. Un compañero, o un esclavo público (Servus publicus), podía compartir el carro con él o, en algunos casos, sus hijos menores. Sus oficiales y sus hijos mayores cabalgaban cerca. Sus tropas, sin armas, le seguían luciendo togas y coronas de laurel, cantando «io triumphe!» y entonando canciones atrevidas a expensas de su general. En algún lugar de la procesión, dos impecables bueyes blancos son conducidos para el sacrificio a Júpiter, adornados con guirnaldas y con los cuernos dorados. Todo ello acompañado de música, nubes de incienso y el esparcimiento de flores.[10]

Apenas se tiene conocimiento de la infraestructura y gestión de la procesión. Sin duda su enorme coste fue sufragado en parte por el Estado, pero sobre todo por el botín conseguido por el general, en el que la mayoría de las fuentes antiguas se centran con gran detalle, aunque utilizan superlativos poco probables. Esta riqueza inyectaba enormes sumas a la economía romana; la cantidad aportada por el triunfo de Octavio tras su conquista de Egipto provocó una caída de los tipos de interés y una fuerte subida de los precios de las tierras.[12]

Recorrido

Cualquier ruta original o tradicional probablemente habría sido desviada hasta cierto punto por las numerosas remodelaciones y reconstrucciones de la ciudad, o a veces por elección del propio general. Basándose en reconstrucciones modernas,[n 10]​ Se entraba en la vía Sacra, luego en el Foro y finalmente se ascendía la colina Capitolina hasta el Templo de Júpiter. Una vez completado el sacrificio y las dedicatorias, la procesión y los espectadores se dispersaban en banquetes, juegos y otros entretenimientos patrocinados por el general triunfador.

Banquetes, juegos y entretenimientos

En la mayoría de los triunfos, el general financiaba cualquier banquete posterior a la procesión con su parte del botín. Había fiestas para el pueblo y otras privadas, mucho más suntuosas, para la élite; algunas duraban casi toda la noche. Dionisio nos ofrece un contraste con los suntuosos banquetes triunfales de su tiempo al conferirle al triunfo de Rómulo, legendario fundador de Roma, el más primitivo de los «banquetes» posibles: los romanos ordinarios organizan mesas de comida como «bienvenida a casa» y las tropas que regresaban tomaban sorbos y mordisqueaban algo de comida mientras desfilan por ellas; también recrea el primer banquete triunfal republicano en la misma línea.[14]

Algunos triunfos incluían los ludi como cumplimiento del juramento del general a un dios o diosa pronunciado antes de la batalla o durante el fragor del combate a cambio de su ayuda para asegurar la victoria.[15]​ En la República los pagaba el general triunfador; Marco Fulvio Nobilior hizo voto de celebrar unos ludi a cambio de la victoria sobre la Liga Etolia y pagó diez días de juegos tras su triunfo.

Conmemoración

Detalle del arco de Tito que muestra su triunfo en 71 d. C. por su exitoso sitio de Jerusalén.

La mayoría de los romanos puede que nunca vieran un triunfo, pero su simbolismo impregnaba la imaginación y la cultura material romanas. Los generales triunfadores acuñaban y distribuían monedas de alto valor para extender su fama triunfal y su generosidad por todo el imperio. Las emisiones de Pompeyo por sus tres triunfos son características. Una es un áureo que en el anverso tiene un borde laureado que rodea una cabeza femenina que personifica a África; a su lado, el título de «Magnus» (El Grande), con una vara (lituus) y una jarra como símbolos de su augurio; el reverso lo identifica como procónsul en una carroza triunfal a la que asiste la diosa Victoria. Un denario triunfal muestra tres trofeos, símbolo de los tres continentes en los que había triunfado, con la vara y la jarra de su augurio. Otro denario muestra un globo terráqueo rodeado de cuatro coronas triunfales que simbolizan su conquista mundial y una mazorca para mostrar que su victoria garantizaba el suministro de grano a Roma.[17]

Según la tradición republicana, se esperaba que un general luciera sus vestiduras triunfales solamente el día de su triunfo; a partir de entonces, presumiblemente, se exhibirían en el atrio de la casa de su familia. Como miembro de los nobiles, tenía derecho a un tipo particular de funeral en el que una serie de actores caminaban detrás de su féretro con las máscaras de sus antepasados; otro actor representaba al propio general y su mayor logro en la vida llevando su máscara funeraria, los laureles triunfales y la toga picta.[19]​ En la época imperial, los emperadores usaban esta vestimenta para indicar su elevado rango y posición y para identificarse con los dioses romanos y el orden imperial, una característica fundamental del culto imperial.

La construcción y la dedicatoria de obras públicas monumentales ofrecieron oportunidades para conmemorar el triunfo de manera local y permanente. En el año 55 a. C., Pompeyo inauguró el primer teatro construido en piedra de Roma como un regalo al pueblo romano, financiado con sus botines. Su galería y sus columnatas se convirtieron en un espacio de exposición y probablemente contenían estatuas, pinturas y otros trofeos conseguidos durante sus diversas victorias;[21]Julio César también proclamó a Venus como patrona y antepasada divina; le construyó un nuevo templo y se lo dedicó durante su cuarto triunfo en el año 46 a. C.

Augusto, heredero de César y primer emperador de Roma, construyó un imponente monumento triunfal en Accio, en la costa griega, con vistas a la escena de su decisiva batalla naval contra Antonio y Cleopatra; los espolones de bronce de los barcos de guerra egipcios capturados se proyectaban desde las murallas hacia el mar. La iconografía imperial fue identificando cada vez más a los emperadores con los dioses, empezando por la reinvención augusta de Roma como una monarquía virtual (el Principado). Paneles esculpidos en el arco de Tito (construido por Domiciano) celebran el triunfo conjunto de Tito y Vespasiano sobre los judíos tras el sitio de Jerusalén con una procesión triunfal de cautivos y tesoros confiscados al templo de Jerusalén, algunos de los cuales financiaron la construcción del Coliseo; otro panel muestra el funeral y la apoteosis del Tito deificado.[22]

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