Tristán e Isolda (leyenda)

Tristán e Isolda, por el artista Edmund Blair Leighton (1853–1922).
Tristan e Isolda representados por el pintor Herbert Draper (1863–1920).

Tristán e Isolda es una leyenda, incorporada al ciclo arturiano, que cuenta la historia de amor entre un joven llamado Tristán y una princesa irlandesa llamada Isolda, conocida popularmente como «La blonda» (la rubia), para distinguirla de otro personaje homónimo en el mismo relato, « Isolda la de las manos blancas».[3]​ aunque incluye elementos procedentes probablemente de otros ámbitos culturales.

El tema en la Edad Media

Se trata de una de las principales obras culturales de la edad media y el referente para la evolución cultural de la música del posromanticismo y otros movimientos culturales importantes del siglo XIX, así como la tendencia al gigantismo en una amplia variedad de artes en el siglo XX.[3]

De las distintas versiones escritas en el siglo XII destacan las de Béroul, Thomas de Bretaña y Eilhart von Olberg, siendo la versión del autor Godofredo de Estrasburgo una recopilación posterior de estas tres anteriores.[5]

De la obra original en francés solo se conservaban algunos fragmentos del siglo XII, pero unidos a las partes de la misma leyenda escritas por el poeta anglonormando Thomas de Bretaña, sirvieron como principal fuente para la versión de Godofredo del siglo XIII. Es bien probable que la leyenda se forjase a través de tradiciones orales formadas en figuras tradicionales, mitos y folclore local combinado con mitos ancestrales, a las que se les añadió un toque dramático cuando fueron escritas.[7]

Uno de sus fragmentos dice:

Ésta es mi oración: Toma este anillo, que es un signo del enlace entre ella y yo, y cuando llegues a tierra, preséntate como un comerciante de seda y telas, de modo que ella pueda ver el anillo. Entonces sabrá que mi corazón la saluda y que sólo ella puede darle consuelo, y que si nada hace moriría. Recuérdale nuestro pasado y nuestra tristeza y toda la alegría que había en nuestro amor fiel y tierno. Ojalá los corazones hallen fuerza contra la inconstancia, pese al dolor y toda la amargura de amar.[8]

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