Tratado de Velasco

El Tratado de Velasco fue firmado en Velasco, Texas, el 14 de mayo de 1836, tras la batalla de San Jacinto (21 de abril de 1836), por el el general mexicano Antonio López de Santa Anna, presidente de la República de México y que había caído prisionero de los rebeldes tras la derrota, y el presidente texano interino David G. Burnet en nombre de la nueva Texas.

En el Tratado, que constaba de una parte secreta y otra pública, Santa Anna a cambio de su liberación y de la promesa de que las tropas mexicanas en retirada no serían atacadas, reconocía de facto la independencia de Texas y se comprometía a no proseguir la lucha contra el nuevo Estado. Además en el artículo 3º se especificaba: "Las tropas Mejicanas evacuarán el territorio de Tejas, pasando al otro lado del Rio Grande del Norte" (para la nueva República de Texas el límite entre su territorio y el de México era dicho río Bravo (o río Grande, frente a la división interior mexicana entre Texas y Tamaulipas que estaba fijada más al norte, en el río Nueces).

Las tropas mexicanas se retiraron pero su gobierno se negó a ratificar el tratado, por considerar que como prisionero Santa Anna no tenía capacidad legal para firmarlo, con lo que no aceptó la independencia texana ni reconocía por tanto ninguna frontera con la nueva República. En los años siguientes tropas mexicanas penetraron en varias ocasiones en Texas llegando dos veces hasta San Antonio, pero tuvieron que retirarse cada vez con lo que no pudieron impedir la consolidación de la secesión de este Estado. Tampoco los texanos fueron capaces de controlar la zona entre el río Nueces y el río Bravo cuya soberanía reclamaban. La disputa quedó sin resolver y fue la causa de que tras el ingreso de Texas en los Estados Unidos se desencadenara una guerra entre este país y México que concluyó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo en el que México tuvo que ceder a Estados Unidos el territorio en disputa al establecerse el río Bravo del Norte o río Grande como la línea divisoria entre Texas y México. Además, México tuvo que ceder a EE. UU. más de la mitad de su territorio: la totalidad de lo que hoy son los estados de California, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah; así como parte de Colorado, Oklahoma y Wyoming.