Teoría de la recepción

La teoría de la recepción es un movimiento de crítica literaria que surge de la hermenéutica y la fenomenología de los años cincuenta, como respuesta a la falta de importancia otorgada al lector por las teorías del formalismo ruso, de Nueva Crítica, y del marxismo, como Georg Lukács y Walter Benjamin.

Antecedentes

La fenomenología es el antecedente principal de la teoría de la recepción, y proviene de las obras del filósofo Edmund Husserl (1859-1938). Este propone que, aunque como individuos no podemos asegurar la existencia independiente de los objetos fuera de nuestro conocimiento, la manera en que se nos presentan sí es certera. De esta forma, los objetos que encontramos guardan una relación directa con la forma en que los encontramos (o, mejor dicho, "con la forma que tienen cuando los encontramos"); nuestra conciencia, que es la que los percibe, define nuestra percepción de ellos. Así, podemos evitar preguntas sobre la realidad última o la posibilidad de conocer el mundo, y simplemente describirlo tal como se le presenta a la conciencia, considerando los objetos como fenómenos aislados. Enfocada a la literatura, la Fenomenología produjo una crítica dedicada a describir el ‘mundo’ de la conciencia de un autor en específico. Críticos de esta corriente, como Georges Poulet y J. Hillis Miller, buscan descubrir la forma en que un autor particular percibe y constituye su visión personal del universo, tal como está representado en la gama entera de sus obras.[1]

Por otro lado, las reflexiones expuestas por el teórico polaco Roman Ingarden (1893-1970) influyeron directamente en Wolfgang Iser, con su teoría de la ‘concretización’ o ‘realización’ de un texto, donde establece que la lectura es un proceso dinámico a través del cual el lector fija o crea el significado potencial del texto.

La hermenéutica del filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (1900-2002) también es importante, principalmente la noción de ‘ fusión de horizontes’, y del bagaje cultural que cada individuo aporta al momento de obtener conocimiento nuevo; Gadamer insiste en que cada individuo está condicionado por su conciencia histórica, y así interpreta el conocimiento o la verdad de maneras diferentes.[2]

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