Teatro europeo en la Segunda Guerra Mundial

Teatro europeo en la Segunda Guerra Mundial
Parte de la Segunda Guerra Mundial
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Desarrollo de la contienda
según el territorio conquistado

     URSS y sus aliados
     Aliados
     Potencias del Eje

Fecha1 de septiembre de 19397 de mayo de 1945
(5 años, 8 meses y 6 días)
LugarEuropa y el Norte de África
ResultadoVictoria aliada
Cambios territorialesDivisión de Alemania en la RDA y la RFA.
Beligerantes
Potencias del EjeAliados
Comandantes
Bandera de Alemania nazi Adolf Hitler
Bandera de Italia Victor Manuel III
Bandera de Italia Bandera de Italia Benito Mussolini
Bandera de Reino Unido Winston Churchill
Bandera de Francia Charles De Gaulle
Bandera de Estados Unidos Dwight Eisenhower
Bandera de la Unión Soviética Iósif Stalin

Europa fue el principal teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial.[1]​ Fue abierto con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 y cerrado con la rendición incondicional de Alemania ante el Reino Unido, los Estados Unidos, Francia y la Unión Soviética el 8 de mayo de 1945.

El importante teatro de operaciones europeo incluyó tres frentes de operaciones:

Antecedentes

Cambios territoriales

El inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa está ligado íntimamente con los resultados que arrojó la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias de los tratados firmados por las Potencias Centrales en la primera guerra habían alterado completamente el mapa geopolítico de Europa Central y Oriental.

Las naciones que habían resultado más afectadas eran los imperios Alemán, Austrohúngaro y Ruso, que habían perdido grandes extensiones de territorio para favorecer la creación de nuevos estados democráticos, que se esperaba que servirían de contrapeso a las naciones derrotadas. De esta manera, nuevas naciones surgieron en el mapa, amparadas inicialmente por Francia y el Reino Unido. Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y los Estados Bálticos formaban parte de estas naciones, y sus existencias serían motivo de conflicto en Europa.

Crisis y recuperación alemana

Durante la década de los 20, los gobiernos alemanes y soviéticos se mantuvieron ocupados en conflictos internos. La Revolución de Noviembre significó el cambio del sistema político vigente en Alemania hasta entonces, y la hiperinflación ocasionó que la clase media alemana virtualmente desapareciera. Mientras tanto, la Unión Soviética luchaba por definir sus fronteras y se recuperaba de la sangrienta guerra civil rusa. Por otra parte, en el Reino de Italia, el país se había convertido en el primer estado fascista, con la llegada de Benito Mussolini al poder en 1922. Mussolini había prometido el renacimiento del Imperio romano, y para lograrlo buscaba expandirse hacia África y los Balcanes. No obstante, Italia era uno de los países europeos menos industrializados, y sus ejércitos distaban mucho de ser los más modernos. Mussolini era consciente de ello, por lo que inició un ambicioso programa de industrialización que debería tener a su país listo para mediados de la década de los 40.

Aunque la economía alemana se estaba recuperando a inicios de los 30, el pueblo alemán guardaba un profundo resentimiento al trato recibido por los Aliados plasmado en el Tratado de Versalles. El hecho de que la derrota del ejército alemán hubiera llegado tan abruptamente, fue utilizado como base por los políticos de derecha para inventar el mito de la «Puñalada en la espalda». Este mito aseguraba que la guerra había sido finalizada abruptamente por elementos internos, que terminarían por ser definidos como comunistas y judíos. Este odio fue explotado por un joven partido nacionalista llamado NSDAP, o Partido Nazi. Sumándose a otras fuerzas desestabilizadoras alemanas, el partido nazi, dirigido por Adolfo Hitler, reclamaba la anulación del odiado Tratado de Versalles, y pedía la limpieza de Alemania de elementos foráneos, incluyendo a los judíos y a los eslavos. Hitler iba aún más allá, no sólo sugería la recuperación de los territorios perdidos en la última guerra, sino que aseguraba que era necesario para la supervivencia del pueblo alemán, que se adquirieran territorios al este, a expensas de Checoslovaquia, Polonia y la Unión Soviética, que se convirtió en el enemigo natural de Alemania.

La República de Weimar no podía soportar tantos embates políticos, y la llegada de la Gran Depresión derribaría a este frágil gobierno. Hitler llegaría al poder en 1933, e iniciaría los cambios que había prometido, ocupando en primer lugar, los territorios de la Renania. Luego ocuparía Austria, mediante una jugada política conocida como Anschluss. Finalmente, en 1938, Hitler exigiría la incorporación de la región de los Sudetes, poblada por alemanes pero en territorio checoslovaco. Para aquel entonces, Alemania contaba con un moderno ejército, superando los límites impuestos en el Tratado de Versalles.

Vientos de guerra

Checoslovaquia, que contaba con un excelente sistema defensivo, solicitó la ayuda de sus aliados occidentales, pero el gobierno británico de Neville Chamberlain quería evitar a toda costa una segunda guerra mundial, y apoyado por los franceses, intentó buscar una solución diplomática. En los Acuerdos de Múnich, Hitler recibió los Sudetes, asegurando que esta sería la última anexión alemana. Checoslovaquia, que no tuvo representante en Múnich, perdió entonces todo su cinturón defensivo, y acosada interna y externamente por elementos pro-alemanes, terminaría dividiéndose en el Protectorado de Bohemia y Moravia y el Estado Eslovaco. En este punto, Chamberlain se convenció de que Hitler no pensaba cumplir la promesa hecha en Múnich, y tardíamente los Aliados empezaron a prepararse para otra guerra.

Todos estos éxitos alemanes no pasarían desapercibidos a Mussolini, que para aquel entonces, ya había iniciado la ocupación de Albania y Etiopía, siendo expulsada de la Sociedad de Naciones. Finalmente, el 22 de mayo de 1939, la Italia fascista y la Alemania Nazi firmarían el Pacto de Acero, donde ambas naciones se comprometían a brindarse asistencia mutua en caso de guerra.

Mientras tanto, en la Unión Soviética, Iósif Stalin había consolidado su posición como autoridad máxima y acababa de iniciar una Gran Purga que también había afectado severamente al Ejército Rojo, diezmando la capacidad de operación y organización de sus propias fuerzas armadas. Dándose cuenta de que el expansionismo alemán estaba orientado hacia el este, Stalin intentó en vano encontrar aliados en Gran Bretaña y Polonia, ya que para los gobernantes de este último país el bolchevismo era de temer aún más que el nazismo. Cuando Hitler empezó a clamar por la desaparición del corredor polaco, la necesidad de Stalin de tener aliados se hizo más apremiante, ya que era obvio que una vez que Alemania hubiera ocupado Polonia, luego intentaría ocupar Rusia. Gran Bretaña y Francia ratificaron sus garantías a Polonia, no dispuestas a ceder de nuevo ante Alemania, pero esto no fue suficiente para disuadir a Hitler, que no creía que las naciones occidentales le declararían la guerra. No obstante, al igual que Stalin, Hitler no estaba seguro todavía de iniciar la guerra con la Unión Soviética, motivo por el cual inició una aproximación diplomática al Kremlin, que finalizó con el Pacto Molotov-Ribbentrop, firmado el 23 de agosto de 1939. Este pacto poseía una cláusula secreta, en la que el destino de Polonia, Finlandia y los países bálticos fue sellado.[2]​ Libre de obstáculos, Alemania se preparó para invadir Polonia, confiada en que las promesas aliadas nunca se materializarían.

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