Teatro épico

Se conoce como teatro épico ( alemán: Episches Theater) o teatro dialéctico[1]​ al relacionado con la producción teatral del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, así como aquel que se deriva de su teoría. Surge a principios del siglo XX en el contexto de la Revolución de octubre con intelectuales buscando un compromiso con las clases trabajadoras y un periodo de renovación del Teatro, en aquel tiempo dirigido principalmente a la burguesía. Brecht con su teoría para un nuevo teatro implicado en los problemas de su tiempo continúa la labor iniciada por Erwin Piscator y su Teatro político.

Contrario a un teatro centrado en su estética y a un teatro que busca la emotividad del espectador alejándolo de la comprensión de su realidad con temáticas que le son ajenas, Brecht se propuso su transformación, viendo en el teatro un medio de concienciación de la clase trabajadora. A un teatro complaciente contrapone un teatro militante en el que el proletariado se sienta identificado, procurando que alcance la plena comprensión de su problemática. Su teatro épico y sus técnicas pueden considerarse el medio del que se valió para alcanzar ese fin.

Al referirse Brecht a su teatro como épico no hace referencia a su acepción de heroico, lo relaciona con la división de géneros aristotélica; contrapone épico (narrativo) a dramático (acción).

La principal característica de su propuesta fue la de un teatro narrativo en el que el espectador no se viese sumergido en un sentimentalismo sensiblero muy al uso en aquella época, sino que asistiese al espectáculo teatral con plena conciencia, intentando racionalizar lo presentado en el escenario. Brecht, principalmente, se vale para ello del « Verfremdungseffekt», efecto de distanciamiento, distanciar al espectador del drama al que está asistiendo.

El teatro Épico supuso una forma de renovación del teatro en el tiempo en que se suscitaba esa necesidad de renovación, suponiendo una transformación en su forma y en su fondo que ha alcanzado a nuestros días. «El teatro épico de Brecht presupone una teoría general una “Weltanschauung” [visión del mundo, ideología], en este caso marxismo, que unifica los diferentes elementos que constituyen el teatro: el público, los intérpretes, la forma y el contenido de la obra, la puesta en escena, la música. El teatro épico exige no solo una renovación de viejos elementos, sino un cambio total».[2]

Contexto histórico

A finales del siglo XIX y principios del XX se inició la gran transformación del Teatro con movimientos que procuran su transformación estética contestando a un naturalismo ya en declive, las vanguardias artísticas supusieron esos intentos de transformación que lo fueron en gran medida renovaciones estéticas.[3]​ También, son tiempos en los que se va abriendo paso la contestación sociopolítica al sistema burgués. Producto de lo uno y de lo otro fueron el expresionismo alemán y el realismo soviético.

Brecht se opuso a ambos, al primero por considerarlo un movimiento meramente formalista< y al segundo por considerarlo inadecuado como instrumento que facilitara la toma de conciencia del proletariado.

Paralelamente, en Alemania surgen los primeros estudios sobre Teatro con Max Herrmann, Arthur Kutscher y Carl Niessen, licenciados en Historia de la Literatura, que coincidieron en considerar al Teatro como una disciplina específica ya que su realización no termina en el texto literario, sino que llega a serlo tras la representación escénica, siendo esta la que le confiere su carácter último.[5]

Para su formulación del teatro Épico, Brecht, contó con su experiencia junto a Piscator para el que trabajó como dramaturgo en sus primeros tiempos.

Creamos compañías con obreros que nunca habían salido a un escenario, y de artistas muy cualificados, y a pesar de la diferencia de “estilos” ningún espectador podía poner en tela de juicio la unidad del espectáculo. Actores como la Weigel conseguían aparentemente la total identificación de los espectadores (decían entusiasmados: “No interpretaba a la mujer del pescador, lo era”) y sin embargo también conseguía la actitud crítica de los espectadores, que tanto nos importa. Estos actores no estaban dominados por principios, sino que los dominaban. El único principio que jamás quebrantamos a sabiendas era: subordinar todos los principios a la finalidad social que nos hemos propuesto en cada obra.

Beltrolh Brecht, Escritos sobre teatro.[6]
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