Tópico literario

Ofelia, el atormentado personaje de Hamlet, reacciona con la locura y el suicidio al desengaño amoroso -en realidad falso, pues los verdaderos sentimientos de su amado se han ocultado por el secreto con el que el héroe planea su venganza y que le han llevado a un trágico error-. Una acumulación de tópicos literarios y temas universales de los que el teatro de Shakespeare es una fuente recurrente. Cuadro de John Everett Millais, quien sitúa la dramática escena en un idílico entorno natural (en sí mismo, otro tópico literario: la Arcadia feliz o el locus amoenus).

Tópico literario es una frase breve que en la tradición retórica y literaria une contenidos semánticos fijos con expresiones formales recurrentes y se repite, con leves variaciones, a lo largo de la historia de la literatura. Su conjunto o corpus es una serie de constantes temáticas, tópicos o motivos comunes ya prefijados (debido a su uso reiterado) que utilizan, como recurso, los escritores y poetas, conscientes de estar usando fórmulas o clichés fijos y admitidos en esquemas formales o conceptuales.[1] En el caso de la civilización occidental, provienen, en su mayoría, de la cultura clásica grecolatina o de la tradición bíblica. Muchos se han mantenido desde la antigüedad hasta la actualidad.

A diferencia de la gnómica, es decir, de los refranes, sentencias o proverbios morales de tradición oral y origen popular, que pueden adquirir forma literaria ( poesía gnomónica, literatura sapiencial medieval en España) o incluso ser reutilizados en la literatura culta, los tópicos literarios tienen su origen en ese contexto o registro culto literario, aunque se popularicen posteriormente.

Para la perpetuación de los tópicos ha sido decisiva su reducción a las expresiones latinas que los contienen, por su concisión y rotundidad (lo que se conoce como "frases lapidarias" o dignas de ser cinceladas en piedra), pero son también muy eficaces las expresiones creadas en lenguas modernas. Su generalizado conocimiento es garantía de que su audición o lectura, para un espectador o lector culto, le remiten al tratamiento que les habían dado en origen los autores que las "acuñaron" (es decir, las emitieron por primera vez, como se hace con las caras de una moneda metálica) y los que los imitaron posteriormente. Ese proceso de imitación, que puede consistir en la simple referencia como homenaje, la paráfrasis que varía la forma para ajustarla a un contexto diferente, o incluso la contradicción o la inversión total del sentido; forma parte del proceso de creación artística y literaria, del mismo modo que la mímesis o imitación de la naturaleza, o el estudio y emulación de los modelos tenidos por clásicos o cánones.

La utilización inadecuada de un tópico literario puede incurrir en el vicio denominado lugar común, y en la carencia de originalidad; pero también la búsqueda inadecuada de esa originalidad tiene el peligro de caer en un tópico manido o descubrimiento del Mediterráneo, pues:

Todo lo que no es tradición, es plagio.

Todo es según el color del cristal con que se mira. Jesuitas en el Cuzco, de la Serie del Corpus, pintura barroca colonial del siglo XVII. No sólo las lentes, sino los hábitos eclesiásticos han sido también portadores de tópicos relativos a la apariencia: el hábito no hace al monje. En concreto, los jesuitas de esa época se caracterizaban por defender el casuismo, una doctrina que permitía la consideración moral diferente de problemas esencialmente iguales sometidos a circunstancias diferentes, lo que sus enemigos interpretaban como laxitud moral. Hanse de procurar los medios humanos como si no hubiese divinos, y los divinos como si no hubiese humanos: regla de gran maestro, no hay que añadir comento ( Baltasar Gracián, Oráculo manual, 251, citando a San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, a la que él también pertenecía). Pascal (también muy cercano a los jesuitas) hace un razonamiento equivalente sopesando la conveniencia de obrar como si Dios existiese ( apuesta de Pascal: Gagez donc qu'il est, sans hésiter -Apueste usted que Él existe, sin titubear-, Pensées, 1670). El problema de la certeza de la salvación tuvo aspectos tanto teológicos ( jansenismo, molinismo, polémica de auxiliis -entre jesuitas y dominicos-, predestinación y libre albedrío -entre Calvino, Lutero, Erasmo, etc.-) como literarios, en el teatro barroco español (El Gran Rey de los desiertos, San Onofre, de Andrés de Claramonte y El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina. -de fechas y atribución discutidas-).[3]

Temas universales

Aunque cualquier clasificación sería reduccionista, los tópicos literarios pueden agruparse temáticamente en los temas universales, plasmación de las experiencias vitales humanas de validez universal:[4]

Vida, Muerte, Amor.

Poema La Boca, aunque también aparece en Tres heridas, ambos de Miguel Hernández.[5]
La representación pictórica, muy realista, de una pipa semejante a la de esta fotografía, configura el tema de Ceci n'est pas une pipe, de René Magritte, pero que queda totalmente incompleto sin el añadido de la frase rotulada con caligrafía infantil que le da título.

La fotografía de una silla, junto a la silla real y a la escritura de la definición de la palabra silla tomada de un diccionario componen la instalación artística Una y tres sillas, de Joseph Kosuth (1965, MOMA), una de los primeros ejemplos de arte conceptual. El artista afirmaba que las obras de arte son proposiciones analíticas. Es decir, si son vistas dentro de su contexto -como arte- no proporcionan ningún tipo de información sobre ningún hecho. Una obra de arte es una tautología por ser una presentación de las intenciones del artista, es decir, el artista nos está diciendo que aquella obra concreta de arte es arte, lo cual significa que es una definición del arte. Por eso, que es arte es ya una verdad a priori.[6]

Cena de Emaús. Caravaggio, 1601 (National Gallery). La obra está llena de recursos visuales impactantes: luces y sombras violentas, escorzos exagerados y equilibrios precarios, que hacen que las figuras se salgan del cuadro. El propio tema del cuadro habla de la inadecuación de los sentidos para hallar la verdad: los discípulos de Emaús, apenados por la muerte de Cristo que han presenciado, no se percatan de que están ante el mismo Cristo resucitado hasta que reconocen su gesto al partir el pan (pan que ha dejado de ser pan para convertirse en el cuerpo de Cristo de la eucaristía). El mismo Caravaggio, que volvió a pintar el tema en 1606, se había enfrentado a un tema semejante con La incredulidad de Santo Tomás (1601, Potsdam). El tema de los sentidos es uno de los más tratados en la pintura barroca.
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