Socialdemocracia

La rosa roja, símbolo internacional de la socialdemocracia.

La socialdemocracia es una ideología política que procura un Estado de bienestar universal y la negociación colectiva dentro del marco de una democracia. A menudo se usa para referirse a los modelos sociales y políticas económicas predominantes en el oeste y norte de Europa durante la segunda mitad del siglo XX.[2]

Es una tendencia política que surgió en la segunda mitad del siglo XIX. Se diferencia de otras concepciones del socialismo por la manera que interpreta el significado e implicaciones de ese término, especialmente en materias políticas:

La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. [...] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad.[3]

Los socialdemócratas se caracterizan por sus políticas reformistas ligadas a la participación ciudadana, a la protección del medio ambiente y a la integración de minorías sociales en las democracias modernas, y abordan los valores sociales desde un prisma progresista.

Historia

Orígenes (1848-1880)

Louis Blanc en 1848.

El término socialdemocracia apareció en Francia durante la revolución de 1848 en el entorno de los seguidores del socialista Louis Blanc.[6]

Los dirigentes de la socialdemocracia alemana en sus inicios: (arriba) August Bebel, y Wilhelm Liebknecht; (en medio) Karl Marx;(abajo) Carl Wilhelm Tölcke y Ferdinand Lassalle.

Sin embargo, según el marxista revisionista alemán Eduard Bernstein, el término había sido acuñado tras la revolución de 1848 por el poeta alemán Gottfried Kinkel.[8]

Tras el SPD alemán se fundaron el Partido Socialista Obrero Español ( 1879), el Partido Obrero Belga ( 1885), el Partido Socialdemócrata de Austria ( 1889), el Partido Socialdemócrata Húngaro ( 1890), el Partido Socialista Polaco ( 1892), el Partido Socialista de Rumania ( 1893), el Partido de los Socialdemócratas Búlgaros, el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Holanda ( 1894), el Partido Socialista de Argentina ( 1896), y el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia ( 1898). Un desarrollo político muy importante tuvieron los partidos socialdemócratas escandinavos ( Partido Socialdemócrata de Dinamarca, 1871; Partido Laborista Noruego, 1887; Partido Socialdemócrata Sueco, 1889). En Inglaterra y algunos otros países los partidos socialistas siguieron una línea más laborista y adoptaron ese nombre.

El «periodo clásico» de la socialdemocracia (1880-1914): la «edad de oro del marxismo»

Friedrich Engels, cofundador del marxismo, en 1893, dos años antes de su muerte.

Entre 1880 y 1914 la socialdemocracia asumió plenamente las tesis marxistas, por lo que ese período también ha sido llamado «la edad de oro del marxismo». Sin embargo, la interpretación del marxismo que hizo la corriente mayoritaria («ortodoxa») de la Segunda Internacional, fundada en 1889, acentuó los aspectos mecanicistas y materialistas del marxismo (« economicismo») convirtiéndolo «en un dogma, que mediante el análisis de las relaciones productivas, era considerado capaz de prever, en sus grandes trazos al menos, el inexorable curso de la historia», que culminaría con la «inevitable victoria del proletariado» como consecuencia del desarrollo del propio capitalismo que llevaba consigo la progresiva concentración del capital en unas pocas manos y la creciente miseria de la clase obrera. Esta concepción del inexorable derrumbe del capitalismo era la que sostenían August Bebel y Karl Kautsky, en Alemania; Paul Lafargue y Jules Guesde en Francia; Achille Loria y Enrico Ferri, en Italia; y Jaime Vera y Julián Besteiro, en España.[9]

Pero existía una contradicción entre la teoría revolucionaria que defendía la corriente «ortodoxa» y la práctica política reformista que aplicaba. El principal teórico de la socialdemocracia alemana Karl Kaustky creyó encontrar el apoyo a esta política en el que se consideró el testamento político de Engels, la «Introducción» a la edición de 1895 de la obra de Marx La lucha de clases en Francia. Allí el cofundador del marxismo y principal depositario de la herencia de Marx (muerto doce años antes) defendía el sufragio universal como un medio para conseguir la victoria del socialismo tras una «labor larga y perseverante» de las masas, aunque Engels también preveía que las fuerzas burguesas acabarían violando su propia legalidad para impedir su triunfo, lo que entonces legitimaría otros medios de alcanzar la sociedad socialista.[10]

Uno de los primeros en señalar la contradicción entre teoría y práctica fue el alemán Eduard Bernstein en una serie de artículos publicados en Die Neue Zeit entre 1896 y 1898 y sobre todo en su libro de 1899 Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. En una Alemania a punto de convertirse en la primera potencia industrial europea Bernstein constató que las predicciones de Marx no se estaban cumpliendo pues ni se vislumbraba el colapso del capitalismo víctima de sus propias contradicciones ni el proletariado vivía en unas condiciones cada vez más miserables. Así pues, Bernstein procedió a « revisar» buena parte de las tesis marxistas —como la teoría del valor-trabajo o la de la polarización social entre burguesía y proletariado que haría desaparecer a las clases medias—, y en consecuencia defendió las políticas reformistas para alcanzar el socialismo—, con lo que la contradicción entre teoría y práctica desaparecía.[11]

Karl Kautsky hacia 1920.

La «revisión» de Bernstein, influida por el neokantismo, suscitó un gran debate en el seno de la socialdemocracia alemana y europea en el que Karl Kautsky, el teórico más influyente del SPD, fue el principal defensor de las tesis «clásicas» marxistas —o de la interpretación que había hecho de ellas la corriente «ortodoxa» mayoritaria—.[12]

El punto central del debate fue la alternativa reforma o revolución para alcanzar el socialismo. Bernstein defendió la primera, tomando como referencia las ideas de la Sociedad Fabiana —fundada en 1884, y que fue el principal origen doctrinal del laborismo, «la versión británica de la socialdemocracia europea»— que Bernstein conoció durante su exilio en Londres en la última década del siglo XIX. Los fabianos ajenos a la tradición marxista y opuestos a la revolución, defendían alcanzar el socialismo mediante la «extensión gradual del sufragio y la transferencia de rentas e intereses al Estado, no de golpe, sino poco a poco», como escribió en 1889 Bernard Shaw, el fabiano más conocido.[14]

El resultado inevitable de la democracia es el control por parte del propio pueblo no sólo de la propia organización política, sino también de los principales instrumentos de riqueza… El aspecto económico del ideal democrático es, en realidad, el socialismo.

Al igual que los fabianos, Bernstein veía la democracia como «el medio para la lucha en pro del socialismo» y la «forma imprescindible de realización del socialismo», mientras que la dictadura del proletariado la consideraba una forma de «atavismo político». En consecuencia, enlazando en esto con Lassalle, no consideraba al Estado como un instrumento de dominación de clase, como sostenía la interpretación marxista «ortodoxa», sino como el «legítimo guardián del interés general de la colectividad».[15]

Bernstein, citando a Engels, decía que el socialismo se lograría a través de una lucha «prolongada, tenaz, avanzando lentamente de posición a posición»,[16] Paralelamente Bernstein argumentaba que la extensión de derechos democráticos a las clases desposeídas -específicamente, el derecho a voto a quienes no son propietarios- cambiaba las reglas de la política: la democracia se había transformado en conquista y herramienta popular y por lo tanto superaba la necesidad de una insurrección y/o guerra civil a fin de instaurar una dictadura del proletariado. Consecuentemente, Bernstein analizaba la posibilidad de transformación del capitalismo al socialismo mediante un proceso de reformas políticas y económicas; la consecución de estas reformas debían figurar en adelante como objetivo prioritario del movimiento obrero, por lo que la confrontación electoral y la presencia parlamentaria de los partidos socialdemócratas se transformaba en método central de avance al socialismo. Aunque las tesis de Bernstein fueron condenadas por casi todos los partidos, su posicionamiento (denunciado por los continuistas como revisionismo) tuvo una amplia influencia en el socialismo internacional.

Es importante tener presente que las reformas que Bernstein está postulando no se refieren solo un sistema de beneficios, sean sindicales o sociales, sino que al sistema político mismo -especialmente el de su tiempo- Para el, la democracia es un concepto no solo mejorable sino un objetivo político que se debe lograr o implementar -por ejemplo, a través de la lucha por el derecho de los sindicatos a participar no solo en la administración de empresas sino también en la dirección política de un país- Así, define democracia, negativamente, como: “la ausencia del gobierno de clases (...) el principio de la supresión del gobierno de las clases aunque no todavía la actual supresión de las clases”.[18]

La asunción de las tesis revisionistas y reformistas (1918-1945)

La Revolución de Octubre de 1917 supuso la ruptura del movimiento socialista europeo ya que los partidarios del modelo leninista que acababa de triunfar en Rusia abandonaron los partidos socialistas y socialdemócratas para fundar los partidos comunistas adheridos a la nueva Tercera Internacional, mientras que aquéllos asumieron plenamente los valores democráticos y la vía reformista para alcanzar el socialismo —con la excepción del Partido Socialista Obrero Español que protagonizó la fracasada Revolución de octubre de 1934—.[19]

Ramsay MacDonald, líder del Partido Laborista entre 1922 y 1931 y primer ministro británico en 1924 y entre 1929 y 1935.

Así el sector «revisionista reformista» encabezado por Bernstein, —y al que hicieron importantes aportaciones el italiano Carlo Rosselli y el belga Henri de Man[22]

Leon Blum (1927), líder del SFIO y presidente del gobierno francés entre 1936 y 1937 al frente de la coalición del Frente Popular.

La socialdemocracia también cuestionó la identificación entre socialización y nacionalización o estatalización de los medios de producción, el modelo que se estaba aplicando en Rusia. El mismo Kaustky siempre había aceptado que en la sociedad socialista pudieran convivir formas variadas de propiedad junto a la estatal, como la municipal, la cooperativa, la sindical e, incluso, en algunos casos la propiedad privada. «El mecanismo económico de una sociedad socialista admite la misma variedad que en la actualidad. Lo que desaparecerá es nuestra febril agitación, la lucha a ultranza en la que se trata de vencer o morir, a la que nos condena el sistema actual de la competencia. Lo que desaparecerá, en definitiva, es el antagonismo entre explotadores y explotados», había escrito en 1902. Una idea que reiteró para criticar la revolución bolchevique —tanto la democracia como el socialismo «son medios, que deben darse conjuntamente, para el fin de suprimir toda opresión», escribió en 1918— y que los reformistas, siguiendo la estela de los fabianos, aún llevaron más lejos al identificar el socialismo con la democracia extendida a todos los terrenos de la vida social.[24]

Un intento de conciliación entre la socialdemocracia y el leninismo lo representó la creación de la llamada Segunda Internacional y Media que asumió en gran medida la posición más benévola sobre la Revolución de Octubre sostenida por el austromarxista Otto Bauer —consideraba la dictadura del proletariado en Rusia como una fase de transición hacia la democracia, lo que nunca llegó a realizarse—.[25] Finalmente los partidos o corrientes que seguían las tesis de Bernstein, que continuaron denominándose socialistas o socialdemócratas, fundaron en 1923 la Internacional Obrera y Socialista.

Durante este período de entreguerras se produjo la primera participación de los socialdemócratas en los gobiernos, (en Alemania, en Austria, en Bélgica, en Gran Bretaña, en Dinamarca o en España), aunque la misma fueron efímera salvo en el caso del Partido Socialdemócrata Sueco que se mantuvo en el poder desde 1932 hasta 1976.[20]

Entre los pensadores y políticos más conocidos que tuvieron más influencia sobre la socialdemocracia en este periodo se encuentran: Léon Blum; Ramsay MacDonald; Pierre Mendès France; Tony Crosland (principal implementador político de las ideas de Keynes), John Maynard Keynes; John Kenneth Galbraith, Olof Palme, Nehru, etc.

El abandono del marxismo después de 1945

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia europea abandonó el marxismo y elaboró una «una visión diferente de las relaciones entre capitalismo y socialismo»,[27]

Willy Brandt, líder del SPD y canciller de Alemania entre 1969 y 1974.

El momento decisivo se produjo en 1959 cuando en el Congreso de Bad Godesberg el Partido Socialdemócrata Alemán abandonó el marxismo, renunciando a «proclamar últimas verdades», e identificando completamente socialismo y democracia. Así el SPD se propuso crear un «nuevo orden económico y social» conforme con «los valores fundamentales del pensamiento socialista» —«la libertad, la justicia, la solidaridad y la mutua obligación derivada de la común solidaridad»— y que no se consideraba incompatible con la economía de mercado y la propiedad privada.[28]

Frente a la aceptación del capitalismo propugnada por el SPD y el resto de partidos socialdemócratas del centro y del norte de Europa, sus homólogos del sur elaboraron una alternativa que llamaron socialismo democrático en la que no renunciaban a alcanzar el socialismo, aunque siempre mediante el respeto a las reglas de la democracio —los partidos comunistas del sur también se sumaron a esta iniciativa construyendo su propia alternativa «socialista democrática» que llamaron eurocomunismo—.[29]

Olof Palme, líder del Partido Socialdemócrata de Suecia y primer ministro de su país entre 1969 y 1976, y 1982 y 1986.

Los ideales de la nueva socialdemocracia heredera del «revisionismo reformista» quedaron plasmados en la Declaración de Principios de la Internacional Socialista de 1989 en la que se proclamó que «una democracia más avanzada en todas las esferas de la vida: la política, la social y la económica» es el marco y a la vez el fin del socialismo. [30]

Así pues, según los socialdemócratas no existe un conflicto entre la economía capitalista de mercado y su definición de una sociedad de bienestar mientras el Estado posea atribuciones suficientes para garantizar a los ciudadanos una debida protección social. En general, esas tendencias se diferencian tanto del social liberalismo como del liberalismo progresista en la regulación de la actividad productiva, y en la progresividad y cuantía de los impuestos. Y esto se traduce en un incremento en la acción del Estado y los medios de comunicación públicos, así como de las pensiones, ayudas y subvenciones a asociaciones culturales y sociales. Algunos gobiernos europeos han aplicado en los últimos años una variante de la Tercera Vía que es un poco más próxima al liberalismo, con un menor intervencionismo y presencia de empresas públicas, pero con el mantenimiento de las ayudas y subvenciones típicas de la socialdemocracia —cuyo principal exponente ha sido el laborista británico Tony Blair. Por lo demás, su ideología en temas sociales es equiparable a la del resto de la izquierda política.

Entre los pensadores y políticos que han tenido más influencia sobre la socialdemocracia en el presente se encuentran Gerhard Schröder, Paul Krugman, Robert Solow, Joseph Stiglitz, Amartya Sen, Claus Offe, y, principalmente, Norberto Bobbio y Zygmunt Bauman. Las ideas que han dado origen a las posiciones de Tony Blair y Gordon Brown se asientan principalmente sobra la obra de Anthony Giddens y Jeffrey Sachs. Gordon Brown ha sido también influido por alguna de las percepciones de Gertrude Himmelfarb.

Los partidos socialdemócratas se encuentran entre los más importantes en la mayor parte de los países europeos, así como en la mayor parte de países influidos por el viejo continente, con la notable excepción de Estados Unidos, donde Bernie Sanders es el único senador independiente que se declara abiertamente como socialista democrático. Además, en Hispanoamérica, tienen gran importancia ya que, por ejemplo, la Unión Cívica Radical de Argentina, el Partido Socialista de Chile, el Partido Liberación Nacional de Costa Rica, el Partido Aprista Peruano, el Frente Amplio de Uruguay y la Acción Democrática de Venezuela han dado varios gobiernos a sus respectivos países.

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