Silverio Lanza

Silverio Lanza
Silverio Lanza, Don Quijote, 11 de abril de 1902 (cropped).jpg
Caricaturizado en Don Quijote (1902)
Información personal
Nombre de nacimiento Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento 5 de noviembre de 1856 Ver y modificar los datos en Wikidata
Madrid
Fallecimiento 30 de abril de 1912 Ver y modificar los datos en Wikidata (55 años)
Getafe
Nacionalidad Española Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
Ocupación Escritor y marino Ver y modificar los datos en Wikidata
Género Novela y cuento Ver y modificar los datos en Wikidata
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Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa ( Madrid, 1856- Getafe, 1912), más conocido por su seudónimo Silverio Lanza, fue un escritor español.

Biografía

Nació en Madrid el 5 de noviembre de 1856. Hijo de una familia acaudalada, ingresó en la Marina, abandonando muy pronto su profesión para dedicarse a la actividad de escritor, mientras realizaba frecuentes viajes a Madrid para ver a su familia y amigos.

Asistió a la tertulia literaria del Café Madrid, a homenajes y conferencias, al Palacio de la Bolsa de Madrid y viajaba a Barcelona, Valencia y a sus posesiones agrícolas en Bujalance Córdoba. Criticó el caciquismo en Ni en la vida ni en la muerte y fue procesado. Para Rubén Darío fue «un cuentista muy original»,[4]

Su primera obra, El año triste (1880), originó un gran impacto en el ambiente literario y fue considerada como una de las publicaciones más importantes de ese año. Poseedor de un estilo muy moderno, de un insólito sentido del humor y de gran agudeza crítica, cultivó la novela naturalista en Mala cuna y mala fosa (1883), Ni en la vida ni en la muerte (1890), Artuña (1893) y La rendición de Santiago (1907). Otros título incluyen Puentecitos sin importancia (1888), Cuentos políticos (1890), la novela autobiográfica Desde la quilla hasta el tope (1891) y Antropocultura. Quizá sea esta última la obra más importante de su producción y en la que mejor reflejó su pensamiento.

Sus obras suscitaron la admiración de los jóvenes escritores de la generación del 98, como Baroja, Azorín, Maeztu y, sobre todo, de Ramón Gómez de la Serna, quien editó sus obras en 1918. Como gesto de agradecimiento a los autores que le admiraban, escribió Cuentos para mis amigos (1892), relato corto que destaca por su comicidad.

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