Sebastián Miñano

Biografía

De orígenes hidalgos, su familia paterna provenía de Corella, Navarra, donde estaba el mayorazgo[1] . A mediados del siglo XVIII el abuelo paterno, Baltasar de Miñano, pasó a Valladolid a ocupar el cargo de tesorero de rentas. El padre, Andrés de Miñano y Las Casas (1756-1811), estudió leyes en Valladolid, se casó en 1775 en Becerril con Margarita de Bedoya, de familia asentada en Tierra de Campos. Andrés Miñano fue corregidor de Becerril y de Trujillo, siendo nombrado luego oidor de Canarias, cargo que no llegó a desempeñar. Era un hombre cultivado, de tendencia claramente ilustrada, y ejerció una determinante influencia sobre su hijo, el futuro escritor. En 1791 colocó a su hijo en el seminario de Palencia, donde estuvo hasta 1794, en que pasó a estudiar leyes en la universidad de Salamanca.

En 1795, Miñano se trasladó a Toledo, donde su padre había logrado hacerle entrar como familiar del ilustrado cardenal Lorenzana para ejercer de ayo del nieto de Carlos III, el infante Luis María de Borbón y Vallabriga. Estuvo allí tres años y medio, que aprovechó para terminar sus estudios jurídicos. Marchó entonces a Sevilla acompañando al infante, que acaba de ser nombrado arzobispo de la metrópoli andaluza. Pero al poco, éste fue nombrado arzobispo de Toledo, en 1800, y Miñano regresó con él esa ciudad castellana.

Cuando en 1801 cae Urquijo, la Inquisición, a la búsqueda de presuntos jansenistas, le procesó por una denuncia; eso no le impidió ser hecho subdiácono en 1802 y recibir a propuesta del cardenal una ración de la catedral de Sevilla. Entre 1801 y 1804 se ocupó de los asuntos del Cardenal de Borbón (Luis María) en la Corte. En 1804 el cabildo sevillano le nombró su diputado de negocios en la Corte, pero en agosto del mismo año recibió orden de regresar a Sevilla, de donde no se movió hasta la llegada de los invasores franceses. En esa ciudad trabó amistad con Alberto Lista, Félix José Reinoso, José María Blanco White, Cea Bermúdez etcétera.

Tras el motín de Aranjuez en 1808 le enviaron a la Corte para que felicitase al nuevo rey, y allí presenció el motín del dos de mayo. En Sevilla, su padre fue nombrado miembro de la Junta Suprema. La Junta encargó a Andrés Miñano, entre otras, la comisión de relaciones con Castaños, con quien fue a Madrid (agosto de 1808) tras la victoria de Bailén. Sebastián acompaño a su padre como secretario. En la primera fase de la guerra, Sebastián se comprometió al lado de su padre en la lucha patriótica. La campaña de Napoleón en España, les obligó a volver a Sevilla. Al entrar los franceses en Sevilla Miñano optó por ser colaboracionista. No sólo reconoció a José I sino que se convirtió en consejero áulico. Formó parte de los que escogieron el camino de la colaboración. Se sabe muy poco sobre su actitud y sus convicciones en los dos años y medio que duró la ocupación de la ciudad. Es un hecho indiscutible su afrancesamiento, aunque le quita importancia en su autobiografía de 1840 cuando cuenta que había intentado resistir las presiones de Soult, y que había estado en prisión 42 días, hecho del que no hay prueba documental. En esa época se afilió a la masonería, de la que abjuró a su regreso del exilio. Reconquistada Sevilla, siguió al ejército de Soult en su retirada.

Pero, tras la derrota francesa, se exilió a Francia. Llegó a Bayona en marzo de 1813 y a París el mes siguiente. Volvió a Bayona en julio, pero fue para poco tiempo porque, visto el progreso de las tropas anglo-españolas decidió trasladarse a Burdeos primero, y luego a Angulema. En el exilio conoció a Agustina Francisca Montel de Ochoa, esposa de un oficial español que había caído prisionero en el sitio de San Sebastián, relación que Miñano apenas trató de ocultar, escándalo que le acompañó hasta el final de sus días. Agustina fue madre de Eugenio de Ochoa, conocido literato y erudito de la generación romántica.[2]

En 1815 el tribunal eclesiástico de Sevilla abrió expediente a Miñano por ser afrancesado, y en marzo de 1817 se le declaró "purificado". Pero ya a finales de 1816 estaba en España. Por entonces empieza a dedicarse a tareas literarias, empezando por la traducción del Compendio histórico de las revoluciones del ideólogo Cabanis, que terminó en 1818 pero sólo pudo publicarse en 1820. Ese año publicó algunos artículos en El Constitucional y, ya secularizado, durante el Trienio Liberal, colaboró en los 102 números de El Censor (probablemente la revista intelectual más importante de esta época) junto a Alberto Lista y José Mamerto Gómez Hermosilla. Publicó por entonces los diez folletos que constituyen su obra más famosa Lamentos políticos de un pobrecito holgazán (1820), uno de los grandes éxitos del periodismo satírico y anticlerical de la época, donde mezcla el costumbrismo con la crítica al clero y al Antiguo Régimen, mostrándose de esta manera como un liberal convencido. Son también de 1820 las cinco Cartas de don Justo Balanza al Pobrecito Holgazán, una especie de continuación de los Lamentos. De 1821 son las dieciocho Cartas del madrileño a un amigo suyo de provincias[4] esta serie y la anterior publicadas por entregas en El Censor (1820-1822). También colaboró en El Imparcial, que dirigía su amigo, el también afrancesado Francisco Javier de Burgos.

Poco a poco fue desengañándose del liberalismo veinteno, sobre todo al ver la restrictiva amnistía contra los josefinos, pero también por las denuncias que tuvo que afrontar sobre algunos de sus artículos, una de las cuales le valió una condena a un año de prisión; incluso sus enemigos imprimieron un libelo, Vida, virtudes y milagros del Pobrecito Holgazán, en donde se sacaban a relucir los trapos sucios de su escandalosa vida; en fin, terminó por ser partidario del absolutismo fernandino. Desde marzo a julio de 1823 publicó diversos folletos contra los liberales.

Sin embargo prefirió exiliarse porque había absolutistas que no perdonaban su antigua militancia liberal. En París publicó anónima su Histoire de la révolution d'Espagne de 1820 a 1823, donde refleja el desengaño de la revolución española, pero también escrito con la intención de que le dejen regresar; tras varios intentos, logra permiso en 1824. La edición de su monumental Diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal (1826-1829), de 11 volúmenes, le sirvió para ganar un sillón en la Academia de la Historia, en 1825. Polemizó sin embargo sobre las insuficiencias de esta obra con el geógrafo Fermín Caballero.

Bajo la protección de los absolutistas moderados de López Ballesteros, pudo organizar y dirigir la Gaceta de Bayona y La Estafeta de San Sebastián, periódicos destinados a defender los intereses de dicho grupo de presión frente al de Francisco Tadeo Calomarde, inspirador de las soflamas absolutistas de Mariano Carnerero en La Quotidienne. Entre 1828 y 1830 hizo varios viajes a Francia para desempeñar comisiones por orden del Gobierno: negociar empréstitos con el banquero Aguado, vigilar a los emigrados liberales en otoño de 1830...; también hizo extractos de la prensa francesa.

Fue nombrado director del gabinete geográfico de la Secretaría de Estado. Por entonces anduvo muy bien relacionado con el mundillo diplomático francés, y obtuvo la Legión de Honor en 1828, y en España la Orden de Carlos III (1830). Los calomardinos, sin embargo, instigaron contra él una dura campaña en 1831 utilizando sus "pecados domésticos" y las autoridades eclesiásticas le intimaron a volver a Sevilla. Lograron, por lo menos, que por real orden se suprimiera su puesto de director del gabinete geográficos de la Secretaría de Estado. Por ello decidió fijar su residencia en Bayona, donde había comprado una casa en 1830.

Al volver al poder los liberales, Miñano hubo de alejarse de la vida política y se suprimió la comisión que disfrutaba. Volvió a escribir una historia de la revolución de España, que se publicó en francés en 1836, Révolution d'Espagne-Examen critique, ampliándola al año siguiente como Examen critique des révolutions d'Espagne. Publicó también algunos artículos, entre 1837 y 1839, en Le Phare de Bayonne, colaboró con seis artículos en la Revista Enciclopédica de la Civilización Europea de París (1843) y tradujo dos obras históricas de Thiers, entre ellas la Historia de la Revolución Francesa, San Sebastián, 1840-1841, 12 vols. Durante estos años realizó viajes a Cauterets, Burdeos, Chateau Margaux (para ver a Aguado). También volvió a España en 1842 para acompañar a Aguado al viaje que hizo este por Asturias, viaje durante el cual murió el banquero.

En 1844, viejo y achacoso, vendió sus propiedades en Bayona con la intención de volver a España para establecerse en San Sebastián, y donó sus libros a ese Ayuntamiento para que crease una biblioteca pública. No tuvo tiempo de ver realizado su proyecto y falleció en Bayona el 6 de febrero de 1845.

El estilo literario de Miñano, muy cuidado, se caracteriza por una fina ironía y una particular predilección por el oxímoron. El profesor francés Claude Morange ha estudiado a fondo su vida y editado la parte más representativa de su obra periodística.

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