Salvador Salazar Arrué

Salvador Salazar Arrué
Salarrue joven.jpg
Información personal
Nombre de nacimiento Luis Salvador Efraín Salazar Arrué
Nacimiento 22 de octubre de 1899
Bandera de El Salvador Sonzacate, El Salvador
Fallecimiento 27 de noviembre de 1975 (76 años)
Bandera de El Salvador Los Planes de Renderos, El Salvador
Nacionalidad Salvadoreño
Educación
Educación Corcoran School of Arts
Información profesional
Ocupación Columnista, ilustrador, funcionario público y diplomático
Área Cuento
Novela
Pintura
Escultura
Años activo Siglo XX
Seudónimo Salarrué
Obras notables Cuentos de barro
Cuentos de cipotes
Firma Salvador Salazar Signature.svg
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Luis Salvador Efraín Salazar Arrué,[1] más conocido por su seudónimo Salarrué ( Sonzacate, 22 de octubre de 1899 - Los Planes de Renderos, San Salvador, 27 de noviembre de 1975) fue un artista salvadoreño. Trabajó en el campo de la literatura y las artes plásticas, pero ha sido su obra narrativa la más conocida de sus creaciones, entre las que destacan Cuentos de barro y Cuentos de cipotes.

Sus dotes artísticas se revelaron desde muy joven. Estudió pintura en los Estados Unidos, donde conoció el libro costumbrista El libro del trópico de Arturo Ambrogi, que le animó a retornar a su país para dedicarse por entero al arte. A partir de los años 1930, y aunque prefería mantenerse alejado de la política, trabajó cercano a los regímenes militares en turno para promover las políticas culturales de la época. Desde el año 1946 fungió como agregado cultural de El Salvador en los Estados Unidos.

Retornó a El Salvador en 1958, y poco después terminó su producción literaria, aunque los libros publicados en años anteriores continuaron reimprimiéndose. En sus años postreros ganó reconocimientos por su obra, pese a que subsistía modestamente en su casa ubicada en Los Planes de Renderos. Falleció de cáncer, sumido en la pobreza.

Salarrué fue creyente de la Teosofía, una doctrina que influenció su producción artística. Ha sido considerado uno de los precursores de la nueva narrativa latinoamericana,[3]

Biografía

Infancia y juventud

En el siglo XIX, el pedagogo de origen vasco, Alejandro de Arrué y Jiménez, quien había trabajado en varios países hispanoamericanos, desposó en Guatemala a la señorita Lucía Gómez, oriunda de Sensuntepeque, El Salvador. El matrimonio procreó varios hijos, entre ellos Luz y María Teresa. Ambas tenían vocación literaria, pero fue Luz, luego de Miranda, ya cuando la familia residía en El Salvador, quien logró que el periodista Román Mayorga Rivas le incluyera en la antología de poesía Guirnalda salvadoreña.[4]

Por su parte, María Teresa contrajo matrimonio con Joaquín Salazar Angulo, un incipiente músico de honorable familia. Sin embargo, la relación no prosperó por diversas circunstancias, por lo que la joven madre debió sostener sola a sus hijos Joaquín y Luis Salvador Efraín, quien nació en una finca familiar ubicada en el cantón El Mojón que se convertiría en parte de la zona urbana del municipio de Sonzacate, en Sonsonate.[4]

La infancia de Luis Salvador transcurrió en medio del esplendor de la naturaleza tropical de Sonsonate. Aunque tímido y alejado de los juegos bruscos, se distinguía por su habilidad para inventar historias.[4] Toño dejó una descripción de su primo en esos años:

«Efraín era largo, alto, con un cabello ondulante color de naranja y miel...A Salazar Arrué le miraba algo de arcángel, un aura rara lo ponía en soledad...Tenía algo del aire de la palma de Sonsonate y algo de infancia retenida».[4]

Luis Salvador cursó la primaria en la institución de abolengo Liceo Salvadoreño. La secundaria la realizó en el Instituto Nacional de Varones y posteriormente en la Academia de Comercio, donde no concluyó los estudios, pero logró buenas calificaciones.[4]

Su vocación artística ya se manifestaba a los once años cuando una de sus composiciones se publicó en el Diario del Salvador de Román Mayorga Rivas. El logro no fue fortuito, puesto que en la casa de los Núñez Arrué debió relacionarse con personajes de la intelectualidad local que visitaban la vivienda.[4]

Primeros pasos como artista

Luis Salvador se interesó en la pintura, y junto a su primo Toño se inscribió en la escuela de Spiro Rossolimo de San Salvador.[5] gracias a la influencia política de su familiar César Virgilio Miranda logró una beca del presidente Carlos Meléndez para formarse en los Estados Unidos, donde partió en 1916.

En dicho país estudió en la escuela jesuita Rock Hill College, cerca de Baltimore, pero el ambiente religioso del centro de estudios no era de su agrado. Posteriormente, y con ayuda del embajador salvadoreño en Washington, D.C., ingresó en una escuela de Danville, Virginia, donde mejoró el aprendizaje del idioma inglés. En 1917 se matriculó en la Corcoran School of Arts de la capital estadounidense, en la que recibió una educación formal, pero alejada de las tendencias del arte moderno. En ese tiempo su obra era influenciada por Ignacio Zuloaga y logró exponer sus cuadros en la galería de un negociante japonés de apellido Hisada.[4]

Sin embargo, fue en Nueva York donde sucedió un hecho trascendental en su vida artística, ya que tuvo un «encuentro» con la literatura de su país en la librería Brentano. En ese lugar conoció la obra costumbrista El libro del trópico de Arturo Ambrogi, la cual le llenó de nostalgia por su tierra.[7]

Por tanto, decidió retornar a El Salvador en 1919. Allí el joven se propuso vivir de la pintura, pero debió enfrentar la realidad del inexistente mercado artístico y algunos de sus cuadros los terminó regalando. Pese a todo, en el país se vivía el auge del periodismo de los años 1920, por lo que se dedicó a colaborar con ilustraciones y artículos en diversos periódicos para ganarse el sustento. Sus artículos los firmaba con el seudónimo «Salarrué».[6]

En 1923, contrajo matrimonio con Zélie Lardé, también dedicada a la pintura. La pareja procreó tres hijas: Olga Teresa, María Teresa y Aída Estela. En esos años Salvador trabajaba como oficial de la Cruz Roja en San Marcos, departamento de San Salvador, población que había sido afectada por inundaciones en 1922.[6]

En medio de la estrechez económica, pero reconocido dentro del ambiente cultural salvadoreño, publicó su primer libro en 1926: El Cristo negro, el cual recibió buenas críticas. También realizó una exposición pictórica en la Sociedad de Empleados de Comercio de San Salvador.[10]

Asimismo, su actividad artística incluyó el teatro, cuando el 5 de octubre de 1928 desempeñó un papel en la obra Quo Vadis? con el personaje de Petronio, y además estrenó el drama La cadena.[8]

Alrededor de los treinta años de edad, Salarrué comenzó a sentir el desboblamiento extracorporal. La búsqueda de una explicación satisfactoria para dicha experiencia le llevó a estudiar la Teosofía, por medio de su amigo Guerra Trigueros.[7]

Los años 1930 y el «martinato»

En el marco de la depresión económica mundial, la década de los años 1930 fue de agitación social en El Salvador. En 1931, se llevaron a cabo las elecciones presidenciales, en la que Masferrer y Guerra Trigueros apoyaban al ingeniero Arturo Araujo del Partido Laborista, el cual tenía postulados de la doctrina vitalista del mismo Masferrer. Salarrué recibió una invitación para formar parte del movimiento, pero prefirió mantenerse alejado de la política, y en una carta expuso sus motivos:

«Soy un hombre antigregario, mi naturaleza de artista me hace apartarme de todo lo que es grupo, casta, secta, partido, conciudadanía e ismos en general..quiero ir libremente, sin compromisos de partido, reservándome el derecho de estar al margen de todo lo que sea reglamentación, canon o condición; mi calidad de artista me da tal derecho».[12]

Las elecciones fueron ganadas por Araujo, pero terminó derrocado por un golpe de Estado en el que participó el general Maximiliano Hernández Martínez, también teósofo como Salarrué y quien además fue protagonista de la dura represión a los insurrectos del Levantamiento campesino de 1932. Este infame episodio de la historia salvadoreña formaría parte de algunas de las obras del escritor, sea de manera explícita o implícita.[13] y que fue publicado en el semanario Repertorio Americano de Joaquín García Monge:

«Yo no tengo patria, yo no sé lo que es patria. ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones...no tengo patria pero tengo un terruño...No tengo El Salvador...tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación».[14]

Cabe agregar que en dicha declaración Salarrué manifestaba su desacuerdo con los objetivos del Partido Comunista Salvadoreño, involucrado en el movimiento campesino; pero guardaría un buen recuerdo de su dirigente Agustín Farabundo Martí de quien se declaró amigo en un artículo publicado en Patria, en el que también le llamó «hombre ideal» que merecía la admiración por su «entereza».[14]

Por otra parte, y en cuanto a su trabajo literario, una de las obras más conocidas de Salarrué comenzó a divulgarse en el extranjero. Sucedió que en 1931 la chilena Gabriela Mistral había realizado una breve visita a El Salvador, y tras conocer la obra de Salarrué entregó a García Monge parte de los Cuentos de barro que serían publicados en el Repertorio Americano.[7] En 1934 la obra Cuentos de barro aparecería como edición definitiva con ilustraciones de José Mejía Vides.

El 4 de septiembre de 1932, falleció el director de Patria, Alberto Masferrer. Guerra Trigueros asumió la dirección del periódico y Salarrué se desempeñó como jefe de redacción. Él mismo se encargó de la dirección del rotativo cuando Guerra Trigueros era perseguido por el régimen y también entró en conflicto con Arturo Ambrogi, el mismo autor que le había deslumbrado con El libro de trópico, pero quien ostentaba el cargo de Censor de Prensa en el régimen de Hernández Martínez quien había asumido la presidencia del país desde 1931.[17]

Precisamente, la administración del general Hernández Martínez se caracterizó por la censura de los medios radiales, la prensa escrita y los espectáculos públicos. Era el mismo Estado el que se encargaba de las políticas culturales, a través de un proyecto presidencial que fomentaba el aprecio a la nación, al encanto del terruño, y la promoción del indigenismo.[18]

En los años siguientes, Salarrué trabajaría cercano a los regímenes militares.[17]

En 1938, trabajó en una comisión que se encargaría de seleccionar libros que serían publicados con fondos estatales, y dos años después ocupó el cargo de director de la revista Amatl de la Secretaría de Instrucción Pública. Sin embargo, según refiere el historiador Carlos Cañas Dinarte, el ánimo para participar en estos programas gubernamentales comenzó a decaer cuando era parte del grupo Amigos del Arte, que entre 1935 y 1940 había organizado exposiciones en el país, pero que se interrumpieron debido a que los miembros de esa agrupación se oponían a la presentación de un busto en mármol del general Hernández Martínez.[15]

Ya en 1942, en la etapa final del «martinato», renunció al nombramiento de secretario del Comité de Investigaciones del Folklore Nacional y de Arte Típico. Pese a todo, en agosto de ese año terminó una pintura mural, considerada la primera en la historia del país,[17] en la Escuela Municipal Eduardo Martínez Monteagudo, nombre de uno de los hijos del general Hernández Martínez.

En este período, Salarrué ganó un certamen nacional de pintura organizado por el Club Rotario en 1938, y en 1940 se adjudicó un premio literario con el cuento Matapalo por parte del periódico La Nación de Argentina. Además, un óleo de su autoría fue seleccionado para representar a El Salvador en la Exposición de la Unión Panamericana del mes de abril de este mismo año.[21]

Viaje al exterior y retorno a El Salvador

El año 1946, durante el gobierno de Salvador Castaneda Castro, Salarrué fue nombrado agregado cultural de la Embajada de El Salvador en Estados Unidos. Además, logró que su residencia se estableciera en Nueva York junto a su familia, y no en Washington D. C., lo que le favoreció por el dinámico ambiente cultural de aquella ciudad. También su situación económica tuvo cierta holgura con los honorarios devengados.[15]

Precisamente, en Nueva York retomó su pasión por la pintura. En 1947 expuso en Knoedler Galleries que recibió buena crítica por parte del New York Times,[22] El siguiente año mostró sus cuadros en San Francisco, y en 1949 organizó una exposición individual de óleos, acuarelas y dibujos de vuelta en Nueva York.

Durante su estadía en Estados Unidos volvió a encontrarse con Gabriela Mistral, con quien estrechó los lazos de amistad.[25]

Mientras tanto, en 1950 asumía la presidencia de El Salvador el teniente coronel Óscar Osorio, quien creó instituciones de promoción cultural que le dieron impulso a las artes en el país. En esos años, algunas obras de Salarrué fueron nuevamente reimprimidas por la editorial estatal, tales como El Cristo negro, El señor de la burbuja, y Eso y más, ya publicado en 1940; así como Trasmallo en 1954, que incorpora el cuento El espantajo, ambientada en levantamiento campesino de 1932.[22]

Por otra parte, el año 1960 los Cuentos de Barro formaron parte de la colección Festival del Libro centroamericano que constaba de diez volúmenes y un tiraje de 200 mil ejemplares, lanzados por iniciativa del peruano Manuel Scorza; y el cuento Matraca fue elegido para publicarse en el suplemento internacional Hablemos magazine de Nueva York, que tenía difusión internacional.[26]

En 1961, la Editorial Universitaria, dirigida por Ítalo López Vallecillos, realizó la edición definitiva de Cuentos de cipotes con ilustraciones de Zélie Lardé, mientras que las posteriores lo serían por su hija María Teresa quien firmaría como Maya. El año siguiente, una nueva exposición de sus cuadros se montó en la Galería Forma de Julia Díaz, los cuales habían sido realizados durante su estadía en Nueva York.[15]

Últimos años

...que no le falte el pisto ni el amor necesario
que coma sus tres tiempos
y le sobren amigos la pura mar y sus conchas
como si hubiera obtenido la piedra azul
que vomita la culebra zumbadora
cuando es derrotada por un hombre de bien
que me le caiga también la bendición del Cipitillo...

Fragmento del poema Larga vida o buena muerte para Salarrué de Roque Dalton, incluido en el libro Las historias prohibidas del pulgarcito (1974).[27]

Tras retirarse del cargo gubernamental, Salarrué residió de forma permanente en la Villa Monserrat en Los Planes de Renderos, ubicada al sur de San Salvador y la cual había adquirido con sus ahorros. El ambiente semirural y el clima agradable de la zona era ideal para que el escritor se aislara.[28] Como lo describe Sergio Ramírez:

«Su moral teosófica...no participa sólo de esa parafernalia esotérica, sino que se cimenta más profundamente en una ética que mucho tuvo que ver con su modo de vida, casi claustral, de los últimos años, sacerdote de sus misterios atlántidos, vegetariano irreductible, que cuando salía al mundo desde su refugio en los Planes de Renderos, en las afueras de San Salvador, lo hacía con asombro y temor...»[7]

Sin embargo, llegaron los homenajes y reconocimientos a su persona, los cuales recibía con cierta incomodidad.[25]

Para 1967, Salarrué volvió a reencontrarse con la pintura, ya que fundó y dirigió la Galería Nacional de Arte en el Parque Cuscatlán,[9]

En cuanto a su obra literaria, varias publicaciones fueron imprimidas en esos años: las Obras escogidas con selección, prólogo y notas de Hugo Lindo, que incluye la noveleta Íngrimo, los relatos La sombra y otros motivos literarios, así como Vilanos y El libro desnudo; posteriormente lo serían La sed de Slig Bader, Catleya Luna y la colección de poemas Mundo nomasito. También en Cuba se realizó una antología de los cuentos de Salarrué en 1968, editada y prologada por Roque Dalton.[31]

En 1974 fallecieron su esposa Zélie y su amiga Claudia Lars, ambas de cáncer.[9] Pese a todo, esa condición no era incómoda para el artista, quien dejó su juicio al respecto:

«Vivimos una época en que la nobleza está diluida entre las castas y en la cual un mentecato tiene permiso de enriquecerse y hacerse una grandeza comprada. Creo firmemente que el sostener con gozo la pobreza es signo de la fuerza y que es débil aquél que la teme y la evade cobardemente. La pobreza aguarda en ella riquezas enormes. La libertad es más factible en la pobreza que en la opulencia. El amor que a ella se acerca es siempre auténtico y uno lo sabe».[11]

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