Ruptura sino-soviética

Dentro del mundo comunista existieron dos grandes esferas de influencia: los países pro-soviéticos (en rojo) y los países pro-chinos (naranja). También existieron dos países, Yugoslavia y Corea del Norte, que no se decantaron por ninguno en particular (negro). Somalia fue pro-soviética hasta 1977 mientras que Camboya fue pro-china hasta 1979.

La ruptura sino-soviética (Pinyin:  [中苏交恶], en ruso, Советско-китайский раскол) es el nombre que recibió la crisis en las relaciones entre la República Popular China y la URSS que comenzó a finales de la década de 1950 y se intensificaría durante la siguiente década.

Las causas de la ruptura entre las dos grandes potencias comunistas se debió a los distintos intereses nacionales de ambos países y, sobre todo, al alejamiento sobre su interpretación del marxismo leninismo. Mientras que el líder chino, Mao, prefería una mayor beligerancia hacia los países capitalistas ( maoismo), el gobierno soviético orientó su política hacia una « coexistencia pacífica» con estos países, por lo que Mao y el Partido Comunista Chino acusaron a la URSS de revisionismo.[1]

La ruptura provocó una fractura sin precedentes en el movimiento comunista internacional y abrió el camino al establecimiento de relaciones entre Estados Unidos y China. Según Lorenz M. Lüthi, la ruptura sino-soviética «fue uno de los eventos clave de la Guerra Fría, a la altura de otros acontecimientos como la construcción del Muro de Berlín, la Crisis de los misiles o la Guerra de Vietnam».[2]

Orígenes

Mao y Stalin juntos en Moscú, celebrando el cumpleaños de Stalin en diciembre de 1949.

Las raíces del conflicto entre los comunistas chinos y la URSS se remontaban a la época en que Mao Zedong se había hecho con el poder en el Partido Comunista de China en la década de 1930, contrariando las preferencias soviéticas. Hasta ese momento, el PCCh había estado prácticamente tutelado por la URSS a través de la Internacional Comunista, la coordinadora internacional de partidos comunistas, fuertemente ligada al aparato soviético.

Mao Zedong había marcado distancias con la URSS desde antes de liderar por completo el comunismo chino, desarrollando una idea propia del leninismo basada en los campesinos más que en los obreros urbanos, en contra de la ortodoxia ideológica aplicada en la URSS, considerando que el elemento campesino en China era mucho más numeroso y significativo que el proletariado obrero. En la lucha por el poder que tuvo lugar durante la Larga Marcha, Mao se convirtió en el líder indiscutible del Partido frente a los dirigentes de formación soviética apoyados por Moscú como eran Bo Gu y Wang Ming, logrando en la Conferencia de Zunyi que otros altos jefes del Partido Comunista de China le apoyaran en el proyecto de quitar poder a los líderes más prosoviéticos, conocidos colectivamente como los Veintiocho bolcheviques.

A pesar de estas diferencias y de la animadversión personal entre Mao y Stalin, la victoria comunista en la Guerra Civil China de 1949 había hecho necesaria la alianza entre los dos regímenes por conveniencia mutua. La República Popular China, especialmente tras la Guerra de Corea, no podía recurrir a la ayuda del Occidente capitalista, y la Unión Soviética era el referente internacional del movimiento comunista que, bajo la tutela de Stalin, había logrado convertirse en una de las grandes superpotencias del mundo. A su vez, el gobierno de la Unión Soviética, en su papel de "vanguardia" del movimiento comunista internacional, veía la subida al poder de un Partido Comunista en el país más poblado del mundo como un paso de suma importancia en la expansión de su sistema político y su influencia global; de hecho Stalin consideraba que la implantación de un régimen comunista en China debía ser un proceso estrechamente seguido por la URSS, para lo cual ofreció a Mao Zedong toda la cooperación posible.

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