Roque Barcia

El político andaluz Roque Barcia

Roque Barcia Martí ( La Redondela, Huelva, 23 de abril de 1823 – Madrid, 3 de agosto de 1885) fue un filósofo, lexicógrafo y político republicano perteneciente al Partido Demócrata español y luego, durante el Sexenio Democrático (1868-1874), al Partido Republicano Federal.

Biografía

Nacido el 23 de abril de 1823 en Sevilla,[1] en su época de estudiante, ya terminada su educación, viajó algunos años por el extranjero: se halla en 1848 en Montpellier y Liorna, y en 1849 en Roma y en Ferrara; asiste a las bibliotecas de Francia e Italia para escribir más tarde El progreso y el cristianismo, obra en la que trabajó un total de diez años. Dicha obra provocó su primera emigración a París y más tarde, en 1858, no solamente que se le prohibiera esta obra, sino que muchos miles de ejemplares fueran quemados públicamente. Vuelto ya a su patria, colaboró en diversos periódicos (La Democracia, El Demócrata Andaluz, entre otros), que le granjearon gran popularidad. Escribió cuatro tomos de viajes y un libro titulado Un paseo por París que fue muy bien recibido. Después dirigió el periódico El Círculo científico y literario en Madrid, hasta la revolución de 1854, para la que trabajó propagando las ideas democráticas de las que era un ardiente partidario. También dio a luz por entonces La cuestión pontificia y La verdad social, folletos que fueron también prohibidos. Trabajaba ya en su ambiciosa obra lexicográfica y etimológica. Publicó sucesivas entregas de ella y además La filosofía del alma humana y dos tomos de Sinónimos castellanos como complemento de su diccionario.

Sus nuevas obras de Historia de los Estados-Unidos y Catón político, sufrieron la suerte habitual de los libros políticos de Barcia: fueron prohibidos por el gobierno. El autor, sin embargo, lejos de desalentarse, dio a la estampa Las armonías morales y el nuevo pensamiento de la nación, que sufrió la misma suerte. Barcia escribía obras para educar al pueblo y el gobierno las prohibía para que el pueblo permaneciera siempre en la oscuridad de las ideas de regeneración social.

Influido por Emilio Castelar, en cuyo periódico La Democracia (1864) fue redactor, marchó a Cádiz ese mismo año y dirigió uno fundado por el anarquista gaditano Fermín Salvoechea y financiado entre otros por el comerciante republicano Manuel Francisco Paúl y Picardo llamado El Demócrata Andaluz que duró cinco meses; sus artículos le valieron la excomunión del obispo de Cádiz, una más entre las muchas que atesoraba. A dicha excomunión replicó con su Teoría del infierno. En Cádiz estuvo sin embargo apenas dos años, porque pasó a Isla Cristina –su casa se conserva todavía en La Redondela— desde donde, tras los graves acontecimientos del golpe de estado de 1866, cuando su casa fue allanada cuatro veces, se le había dictado auto de prisión y busca y captura y se habían practicado varios registros, optó por exiliarse a Portugal donde, tras dos periodos de detención, presidió la Junta de Exiliados Españoles; allí rechazó varias aproximaciones del duque de Montpensier. Participó activamente en los preparativos de la “Gloriosa” redactando documentos y proclamas. La idea revolucionaria de septiembre de 1868 estaba germinando no sólo en Barcelona, sino también en Andalucía y particularmente en Cádiz, donde el fourierismo de Joaquín de Abreu y Orta y los sucesos de la Mano Negra que refirió como cronista el propio Leopoldo Alas “Clarín”, pasando por la aventura internacionalista y figuras como Fermín Salvochea habían agitado el ambiente. Barcia fue halagado nada menos que con dieciséis ofertas de candidatura para las elecciones a Cortes ( Alcoy, Alicante, Badajoz, Béjar, Burgos, Écija, Montilla, Granada, Málaga, Cádiz, Jerez, Ronda, Villanueva y Geltrú, la Mancha, Huelva y Soria). Fue nombrado después diputado por Badajoz. El proyecto de Constitución no le satisfizo.

Tras su actuación en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia reapareció en Madrid, en plena Junta Central Revolucionaria, junto a Cristino Martos, y brujulea al parecer en el entorno de Francisco Pi y Margall en busca de una embajada que jamás conseguirá. Se negó a firmar el acuerdo que revistió del poder supremo al regente y tras asistir a dos sesiones y ver que los acuerdos de la Junta no estaban en armonía con sus ideas, decidió abandonar la Junta. Poco después fue encarcelado en la famosa prisión madrileña de El Saladero, tras ser implicado –con seguridad sin fundamento— en el magnicidio que acabó con la vida del general Prim, acusación que provocará una ardua y altisonante campaña escrita por parte de Barcia que se defendió con la natural indignación. Actuó en el movimiento cantonalista, cuyos hilos contribuyó a mover de modo decisivo, y llegó a ejercer de jefe del Cantón de Cartagena (véase la novela de Ramón J. Sender Mr. Witt en el cantón).

Cuando cayó el Cantón de Cartagena el 12 de enero de 1874, último reducto de la rebelión cantonal, no huyó en la fragata Numancia junto con el resto de integrantes de la "Junta de Salvación Pública" que pusieron rumbo a Orán. Sin embargo sólo cuatro días después de la capitulación de Cartagena, publicó un documento en los periódicos en el que condenaba la rebelión cantonal, a pesar de haber sido él uno de sus principales dirigentes e impulsores. En el escrito exculpatorio expuso una serie de falsedades como la de que "estaba en Cartagena porque no me dejaban salir" y de que había sido "un prisionero, más de los sitiados que de los sitiadores". Y a continuación descalificaba el movimiento cantonal y a sus dirigentes:[2]

Todos mis compañeros son muy santos, muy justos, muy héroes, pero no sirven para el gobierno de una aldea. [...] Republicanos federales: no nos empeñemos, por ahora en plantear el federalismo. Es una idea que está en ciernes. [...] Sin abjurar de mis ideas, siendo lo que siempre fui, reconozco al Gobierno actual y estaré con él en la lucha contra el absolutismo

Según José Barón Fernández, después de escribir esto, "Roque Barcia quedó desacreditado para siempre como político" y "se convirtió en lo que en lenguaje corriente llamamos un demagogo".[2]

Vivió varios años en el exilio en Francia dedicado a la literatura y retirado definitivamente de la política, tras la Restauración, y volvió a España.

Falleció el 3 de agosto de 1885 en Madrid.[3]

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