Retrato pictórico

Véase Retrato para saber más sobre el tema en general de los retratos.
«Retrato de corte» oficial chino de la emperatriz y esposa del emperador Qinzong, de la dinastía Song ( 1100 - 1161).

El retrato pictórico es un género dentro de la pintura, en el que se pretende representar la apariencia visual del sujeto, en particular cuando lo que se retrata es un ser humano, aunque también pueden representarse animales. Los retratistas trabajan por encargo, tanto de personas públicas como de particulares, o inspirados por la admiración y el afecto hacia el protagonista. A menudo son documentos de familia o de Estado, así como recuerdos de la persona retratada. Cuando el artista se retrata a sí mismo se trata de un autorretrato.

Históricamente, se ha representado a los ricos y poderosos. Pero con el tiempo, se difundió entre la clase media el encargo de retratos de sus familias y colegas. Aún hoy, persiste la pintura de retrato como encargo de gobiernos, corporaciones, asociaciones o individuos.

Dentro de la jerarquía de los géneros, el retrato tiene una postura ambigua e intermedia; por un lado, representa a una persona hecha a semejanza de Dios, pero por otro lado, al fin y al cabo se trata de glorificar la vanidad de una persona.[1]

Técnica y práctica

«Retrato de grupo»: Frans Hals y Pieter Codde, Compañía del capitán Reynier Reael (La flaca compañía), 1633- 37, óleo sobre lienzo, 207,2 × 427,5 cm, Rijksmuseum, Ámsterdam. Magnífico ejemplo de un retrato colectivo.

Un retrato bien ejecutado se espera que represente la esencia interior del sujeto desde el punto de vista del artista y no sólo la apariencia externa. Como afirmó Aristóteles, «El objetivo del arte no es presentar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interno; pues esto, y no la apariencia y el detalle externos, constituye la auténtica realidad».[3]

En la mayor parte de los casos esto da como resultado una apariencia seria, una mirada fija de labios apretados, siendo históricamente raro que se encuentre algo más allá de una ligera sonrisa. O como lo expresó Charles Dickens, «sólo hay dos clases de retratos pictóricos: el serio y el de la sonrisita».[5]

Al protagonista se le puede representar de cuerpo entero, medio cuerpo, cabeza y hombros o cabeza, así como de perfil, medio vuelto, tres cuartos o de frente, recibiendo la luz de diversas direcciones y quedando en sombra partes diferentes. Ocasionalmente, los artistas han creado retratos con múltiples puntos de vista, como con el Triple retrato de Carlos I efectuado por Anton van Dyck.[7]

Retrato colorido: Pierre-Auguste Renoir, En la terraza, 1881, óleo sobre lienzo, 100 × 80 cm, Instituto de Arte, Chicago.
Retrato prácticamente en blanco y negro: Gilbert Stuart, Retrato de George Washington, h. 1796, óleo sobre lienzo, 73,5 × 61,1 cm, Sterling and Francine Clark Art Institute, Williamstown.
«Retrato ecuestre»: Diego Velázquez, Felipe IV a caballo, hacia 1635, óleo sobre lienzo, 301 × 317 cm, Museo del Prado, Madrid.

Entre otras variaciones, el sujeto puede estar vestido o desnudo; dentro de casa o en exterior; de pie, sentado, reclinado; incluso montado a caballo ( retrato ecuestre). Las pinturas de retrato pueden ser de individuos, parejas, padres e hijos, familias, o grupos de colegas (« retrato de grupo»). Pueden crearse en medios diversos entre ellos óleo, acuarela, tinta y pluma, lápiz, carboncillo, pastel y técnica mixta. Los artistas pueden emplear una amplia paleta de colores, como En la terraza de Renoir ( 1881) o limitarse a casi blanco y negro, como en el retrato que Gilbert Stuart hizo de George Washington en 1796.

A veces también tiene relevancia el tamaño del cuadro. Los enormes retratos de Chuck Close que tienen como destino mostrarse en un museo difieren grandemente de la mayoría de los retratos, creados para colocarse en una casa particular o llevarse con facilidad de un lugar a otro. Es frecuente que el artista tome en consideración dónde colgará el retrato final y el color y el estilo de la decoración que lo va a rodear.[8]

Crear un retrato puede llevar un tiempo considerable, y requiere generalmente varias sesiones de posado. Cézanne, por ejemplo, insistía en más de 100 sesiones de sus retratados.[13]

Tratar con las expectativas y el estado de ánimo del modelo es una seria preocupación para el retratista. En cuanto a la fidelidad del retrato respecto a la apariencia del modelo, los artistas suelen tener un enfoque coherente. Los clientes que buscaban a Joshua Reynolds sabían exactamente que el resultado sería halagador, mientras que los modelos de Thomas Eakins esperarían un retrato realista. Algunos retratados tienen fuertes preferencias, otros dejan que el artista decida por completo. Es famoso Oliver Cromwell por haber exigido que su retrato mostrase «todas estas asperezas, granos y verrugas y todo lo que véis en mi, de otro modo nunca pagaré un penique por él».[14]

Después de hacer que el modelo esté cómodo y animándole a que adopte una pose natural, el artista estudia al sujeto, buscando entre las posibles expresiones faciales, aquella que satisface su concepto de la esencia del modelo. La postura del sujeto también se considera con cuidado para revelar su estado emocional y físico, lo mismo que ocurre con la vestimenta. Para mantener al modelo implicado y motivado, el artista hábil a menudo mantendrá un comportamiento y conversación agradables. Élisabeth Vigée-Lebrun aconsejaba a los compañeros artistas que elogiaran a las mujeres y su apariencia para obtener su cooperación en el posado.[14]

Para tener éxito en la ejecución de un retrato es esencial dominar la anatomía humana. Los rostros humanos son asimétricos y un retratista habilidoso reproduce esto con sutiles diferencias entre la izquierda y la derecha. Los artistas tienen que conocer los huesos que quedan debajo y la estructura del tejido para hacer un retrato convincente.

Para composiciones complejas, el artista haría primero un esbozo completo, con lápiz, tinta, carboncillo o al óleo, lo que es particularmente útil si es limitado el tiempo de que dispone el modelo para posar. La forma general, entonces con un parecido aproximado, se esboza sobre el lienzo en lápiz, carboncillo u óleo fino. En muchos casos, el rostro se completa primero, y el resto después. En los talleres de muchos de los grandes retratistas, el maestro haría sólo la cabeza o las manos, mientras que la ropa y el fondo se completarían por los aprendices principales. Había incluso especialistas de exterior que trataban temas específicos como la ropa y sus dobleces, como Joseph van Aken.[16]​ El uso de elementos simbólicos colocados alrededor del modelo (incluyendo signos, ajuar doméstico, animales y plantas) se usó a menudo para presentar codificado en la pintura el carácter religioso o moral del sujeto, o con símbolos representando la ocupación del modelo, sus intereses o su estatus social. El fondo puede ser totalmente negro y sin contenido o toda una escena que sitúa al modelo en su medio social o recreativo.

Retrato realizado en grafito y sanguina sobre papel: François Clouet, Francisco II, 1560, 33,5 × 23,4 cm, Biblioteca Nacional de Francia, París.

El autorretrato puede considerarse como un sub-género dentro del más amplio del retrato. Ya en la Edad Media los artistas no firmaban la obra pero sí podían aparecer dentro de la escena religiosa.[18]

Ocasionalmente el cliente o su familia quedan insatisfechos con el resultado y el artista se ve obligado a retocarlo o rehacerlo o abandonar el encargo sin cobrar nada, sufriendo la humillación del fracaso. El célebre retrato que hizo Jacques-Louis David de Madame Récamier, muy popular en las exposiciones, fue rechazado por la modelo, como el tristemente célebre Retrato de Madame X, obra de John Singer Sargent. El retrato del General George Washington de John Trumbull fue rechazado por el comité que lo encargó.[20]

Un retrato exitoso, sin embargo, puede ganar la gratitud vitalicia del cliente. El Conde Balthazar quedó tan encantado con el retrato que Rafael le hizo a su mujer que dijo al artista: «Tu imagen... por sí sola puede aligerar mis preocupaciones. Esa imagen es mi placer; le dirijo sonrisas, es mi alegría».[21]

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