Retablo

Retablo mayor de la iglesia de peregrinación de Nuestra Señora o Wallfahrtskirche Steinhausen[1] ( Bad Schussenried, Alemania), siglo XVIII.
Retablos en el Museo del Retablo instalado en la iglesia de San Esteban (Burgos). La disposición del retablo mayor es la convencional; no así las de otros retablos exhibidos, que aprovechan los espacios disponibles. Para su función litúrgica, los retablos habían de situarse tras un altar, fuera el altar mayor o el de una capilla lateral.
Retablos húngaros de los siglos XV y XVI en el Museo de Bellas Artes de Budapest.
Retablos españoles de la misma época en el Museo de Bellas Artes de Valencia.
Retablo mayor y laterales en la iglesia de Santa Rosa de Lima ("Las Rosas") en Morelia.[2]

El retablo es la estructura arquitectónica, pictórica y escultórica que se sitúa detrás del altar en las iglesias católicas (en las ortodoxas no hay una función semejante, dada la presencia del iconostasio, y en las protestantes suele optarse por una gran reducción de la decoración). La palabra proviene de la expresión latina retro tabula ("tras el altar").[5]

Con el nombre de retablo mayor se designa particularmente al que preside el altar mayor de una iglesia; dado que las iglesias pueden tener otros retablos situados tras los altares de cada una de las capillas. El término " tabla" hace referencia al soporte de las pinturas (que también puede ser el lienzo), y su multiplicidad se indica con los términos díptico, tríptico o políptico (disposición que también pueden tener obras devocionales de menor formato no destinadas a un altar, como El jardín de las delicias).

Los retablos se han realizado con todo tipo de materiales (toda clase de maderas, toda clase de piedras, toda clase de metales, esmalte, terracota, estuco, etc.) y pueden ser escultóricos (en distintos grados de relieves o con figuras de bulto redondo), o bien pictóricos; es también muy frecuente que sean mixtos, combinando pinturas y tallas.

Desde finales del siglo XIII fueron los elementos más relevantes en la decoración interior de las iglesias, tanto en la Europa septentrional ( Alemania, Flandes –una tipología específica recibe el nombre de " retablos de Amberes"–,[8]

En los de gran complejidad colaboraban arquitectos, escultores, estofadores, doradores, carpinteros y entalladores, por lo que su elaboración era un proceso costoso y lento, sobre todo en los ejemplares de mayor envergadura. Su estado de conservación ha dependido de múltiples factores, entre los que se encuentran las agresiones bienintencionadas a las que se han visto sometidos durante siglos (limpiezas y "embellecimientos" inadecuados), los saqueos o destrucciones en contextos bélicos o conflictivos de muy distinto tipo, y el deterioro debido a condiciones físicas adversas. Consiguientemente, su restauración es igualmente problemática y especializada.[9]

Los retablos suelen adoptar una disposición geométrica, dividiéndose en " cuerpos" (secciones horizontales, separadas por molduras) y " calles" (secciones verticales, separadas por pilastras o columnas). Las unidades formadas por esta cuadrícula de calles y cuerpos se denominan " encasamentos",[12]

El retablo suele elevarse sobre un zócalo para evitar la humedad del suelo. La parte inferior que apoya sobre el zócalo se llama banco o predela, y se dispone como una sección horizontal a modo de friso que a su vez puede estar dividida en compartimentos y decorada. El elemento que remata toda la estructura puede ser una " luneta" semicircular o una "espina" o " ático"; como corresponde a su posición dominante, suele reservarse a la representación del Padre Eterno o a un Calvario. Todo el conjunto se protege a veces con una moldura llamada guardapolvo, muy habitual en los retablos góticos. Los retablos articulados (característica común en los notables retablos flamencos que alcanzaron gran influencia en Italia - tríptico Portinari- y España - estilo hispano-flamenco-)[13] permitían presentar dos disposiciones: abierto y cerrado, aunque a veces la complejidad es mayor ( altar de Isenheim). La posición "cerrado" de los retablos flamencos solía contener grisallas (una representación pictórica que simula -al trampantojo- esculturas de piedra). La articulación de los retablos originó la denominación alemana Flügelaltar (literalmente "altar de alas").

A partir del siglo XV, tomó relevancia el tabernáculo o sagrario (lugar donde se guardan las formas sagradas), que paulatinamente centralizó el espacio del retablo hasta convertirse, en ocasiones, en su elemento principal, adoptando incluso formas exentas e independientes.[14]

La Reforma Protestante del siglo XVI, caracterizada por un marcado aniconismo, que en algunos casos llevó a la iconoclasia (con mayor intensidad en el anabaptismo y el calvinismo, menor en el luteranismo, mínima en el anglicanismo -donde explícitamente se autoriza el uso de retablos-[16]

Retablo como representación narrativa serializada y como escenario

En las artes escénicas, "retablo" es el pequeño escenario en el que se representa el teatro de títeres. Significativamente, el DRAE hace derivar ese uso (pequeño escenario en que se representaba una acción valiéndose de figurillas o títeres -acepción 3-) de su peculiar forma de definir los retablos pictórico-escultóricos, donde pone el acento en su capacidad de representación narrativa serializada (conjunto o colección de figuras pintadas o de talla, que representan en serie una historia o suceso -acepción 1-) antes que en su capacidad decorativa (obra de arquitectura, hecha de piedra, madera u otra materia, que compone la decoración de un altar -acepción 2-).[17] También las llamadas " aleluyas" eran una forma literaria similar, asociada a representaciones populares (como, por ejemplo, su recitación por ciegos u otra clase de mendigos, al tiempo que se señalan los dibujos que ilustran lo recitado en forma de viñetas -un precedente del comic-).

Cervantes se refiere a esta forma teatral en dos ocasiones: en El retablo de las maravillas (entremés de 1615) y en los capítulos XXV y XXVI de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha (publicada el mismo año).

Manuel de Falla compuso El retablo de Maese Pedro (1923) sobre el episodio quijotesco.

Con la denominación " retablo teatral español" se hace referencia no tanto a un género dramático sino a la forma de concebir el teatro mismo por los autores del teatro clásico español del Siglo de Oro (particularmente Calderón - La vida es sueño, El gran teatro del mundo-).[18]

El componente de "fingimiento de la realidad" que tienen los retablos teatrales en las obras cervantinas o calderonianas ("engañar con la verdad" y "enseñar con el engaño") está también presente en el papel que se esperaba de los retablos eclesiásticos (definidos como "máquinas ilusorias") en el "control sobre la sensibilidad del fiel", configurando "el escenario teatral de la liturgia, el dogma, la piedad y la devoción católicas".[20]

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