República de Weimar

Deutsches Reich
Imperio Alemán

Flag of the German Empire.svg

1918-1933

Flag of the Free City of Danzig.svg
Flag of the German Reich (1935–1945).svg

Bandera Escudo
Bandera Escudo
Himno nacional: Das Lied der Deutschen
Canción de Alemania
Localización de la República de Weimar.
Capital Berlín
Idioma oficial Alemán
Gobierno República semipresidencialista
Reichspräsident
 • 1919-1925 Friedrich Ebert
 • 1925-1934 Paul von Hindenburg
Reichskanzler
Período histórico Período de entreguerras
 •  Revolución

Noviembre de  1918

 • Proclamación 9 de noviembre de  1918
 •  Hitler asume la cancillería 30 de enero de 1933
 •  Incendio del Reichstag 27 de febrero de 1933
 •  Disolución¹ 23 de marzo de  1933
Superficie
 • 1925 468 787 km²
Población
 • 1925 est. 62 411 000 
     Densidad 133,1 hab./km²
Moneda Papiermark (1919-23)
Reichsmark (1924-33)
Miembro de: SDN
¹ Oficialmente la República de Weimar no sería disuelta hasta la ocupación de Alemania por los Aliados en mayo de 1945.

La República de Weimar (en alemán, Weimarer Republik) fue el régimen político y, por extensión, el período de la historia de Alemania comprendido entre 1918 y 1933, tras la derrota del país en la Primera Guerra Mundial. El nombre de República de Weimar es un término aplicado por la historiografía posterior, puesto que el país conservó su nombre de Deutsches Reich (‘Imperio Alemán’). La denominación procede de la ciudad homónima, Weimar, donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente y se proclamó la nueva constitución, que fue aprobada el 31 de julio y entró en vigor el 11 de agosto de 1919.

Este período, aunque democrático, se caracterizó por la gran inestabilidad política y social, en el que se produjeron golpes de Estado militares y derechistas, intentos revolucionarios por parte de la izquierda y fuertes crisis económicas. Toda esta combinación provocó el ascenso de Adolf Hitler y el Partido Nazi. El 5 de marzo de 1933, los nazis obtuvieron la mayoría en las elecciones al Reichstag, con lo que pudieron aprobar el 23 de marzo la Ley habilitante que, junto al Decreto del incendio del Reichstag del 28 de febrero y al permitir la aprobación de leyes sin la participación del Parlamento, se considera que significó el final de la República de Weimar. Si bien la Constitución de Weimar del 11 de noviembre de 1919 no fue revocada hasta el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, el triunfo de Adolf Hitler y las reformas llevadas a cabo por los nacionalsocialistas ( Gleichschaltung) la invalidaron mucho antes, instaurando el denominado Tercer Reich.

Establecimiento de la República (1918–1919)

La Revolución de Noviembre

En los últimos meses de la Primera Guerra Mundial, Alemania se encontraba al borde del colapso militar y económico. Ante la ofensiva final de los Aliados, el 14 de agosto de 1918, el Alto Mando alemán se reunió en su cuartel general de Spa y reconoció la inutilidad de seguir la guerra. No quería que los aliados pudieran descubrir el estado real de sus fuerzas, y menos aún verse en la imposibilidad de detener su avance. Esperaban salvar al ejército, que no el régimen, negociando, cuando este se encontraba aún a cien kilómetros de París. El 27 de septiembre Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff informaron al gobierno imperial y pidieron el armisticio inmediato sobre la base de los famosos 14 puntos de Wilson. Los políticos comprendieron de inmediato que la guerra estaba perdida y que los militares habían intentado ocultarlo. En pocos días se organizó un nuevo gobierno parlamentario, y el recién nombrado canciller, el príncipe Maximilian von Baden, conocido liberal y pacifista, procedió a negociar la paz. Woodrow Wilson, de espaldas a sus aliados, exigía ante todo la transformación de las instituciones políticas y militares del Reich. El ejército se opuso, y Ludendorff dimitió de manera estrepitosa, alimentando el mito de la «traición» de los civiles para ganarse a la opinión pública. Por su parte, los socialistas instalados en el poder esperaban la abdicación del káiser Guillermo II de Alemania para hacerse con el control, si bien sus líderes hicieron esfuerzos desesperados para conservar la forma imperial del Estado. La situación se vio entonces súbitamente interrumpida por los sucesos de Kiel.[1]

Mientras que las tropas y la población, agotadas y desesperanzadas, esperaban el armisticio, en Kiel, el Alto Mando de la Marina (Marineleitung) al mando del almirante Reinhard Scheer quería cruzar el fuego por última vez con la Royal Navy, por lo que anunció a la Flota de Alta Mar (Hochseeflotte) de la Marina Imperial que debía zarpar. Los preparativos para hacerse a la mar causaron enseguida un motín en Wilhelmshaven, donde la flota alemana había echado el ancla en espera del ataque. Los marineros amotinados se negaban a entablar una batalla nada más que por el honor. El Alto Mando de la Marina decidió suspender el ataque y ordenó el retorno a Kiel para procesar a los amotinados en una corte marcial. Los marineros restantes querían evitar el proceso, porque los amotinados también habían actuado en su interés. Una delegación sindical solicitó su liberación, pero fue rechazada por el Alto Mando de la Marina. Al día siguiente, la casa sindical fue cerrada, y el 3 de noviembre las concentraciones de protesta fueron reprimidas a tiro limpio, causando la muerte de nueve personas. Cuando un marino respondió al fuego y mató a un oficial, la manifestación se convirtió en revuelta general.[2]

La mañana del 4 de noviembre, los marineros eligieron un consejo de soldados, desarmaron a sus oficiales, ocuparon los barcos, liberaron a los presos amotinados y tomaron el control de la base naval de Kiel. A los marineros se unieron trabajadores civiles, en especial los metalúrgicos. Tras fundirse en un consejo de obreros y soldados, similar a un sóviet, asaltaron los cuarteles y se apoderaron de la ciudad al son de La Internacional, reivindicando la mejora de la alimentación, el abandono del proyecto de ofensiva de la flota, la liberación de los detenidos, el sufragio universal y la abdicación del emperador. Por la tarde se les unieron soldados del ejército que el comando local había hecho traer para sofocar la revuelta. De este modo Kiel estaba firmemente en manos de 40 000 marineros, soldados y trabajadores insurrectos. La noche del 4 de noviembre, el diputado del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) Gustav Noske llegó a Kiel en representación de la dirección del SPD y del nuevo gobierno del Reich, para controlar la revuelta y evitar una revolución. El consejo de la ciudad creía estar de parte del nuevo gobierno y contar con su apoyo. Por esto nombró a Noske «gobernador» esa misma noche y este efectivamente terminó la revolución en Kiel al día siguiente.[3]

Entretanto, el motín de Kiel había encendido la revolución en el resto de Alemania. Los cuarteles se levantaron contra la oficialidad y los mandos fueron relevados de sus funciones. Las huelgas de solidaridad extendieron la insurrección de la costa a las ciudades, y de las ciudades al interior. En Brunswick los marinos recién llegados se unieron a los obreros, obligaron al Gran Duque a abdicar y proclamaron la República Socialista de Brunswick. El proceso de huelga, motín, asalto a las cárceles y proclamación de consejos de obreros y soldados se repitió en todas las ciudades del país. Pero, a diferencia de los soviets rusos, estos Ratebewegungen emanaban más de la voluntad de los soldados que de la de los trabajadores. El 6 de noviembre, sabiendo que Guillermo II no podría conservar su trono, Maximilian von Baden le urgió para que abdicara en el Kronprinz, y salvar así la Monarquía, sin éxito. En Múnich, el 7 de noviembre huyó el rey Luis III de Baviera, y al día siguiente se constituyó un consejo de soldados, obreros y campesinos dirigido por Kurt Eisner, socialista independiente, que proclamó la República de Baviera. El 9 de noviembre la revolución llegó a Berlín, y en pocas horas el Reich llegaba a su fin cuando el canciller Maximilian von Baden anunció la abdicación del Kaiser y el Kronprinz y nombró sucesor suyo al socialdemócrata Friedrich Ebert. Sin la menor resistencia, los príncipes gobernantes de los demás estados alemanes abdicaron y ese mismo día dos repúblicas fueron proclamadas: Philipp Scheidemann, exministro imperial, proclamó la República desde el Reichstag, y dos horas después Karl Liebknecht (líder junto a Rosa Luxemburgo de la Liga Espartaquista) apareció en el Palacio Real de Berlín y anunció la República Libre y Socialista Alemana.[4]

Los partidos políticos

Evolución de los partidos políticos en las elecciones parlamentarias de la República de Weimar.

La toma del poder por las masas tuvo como consecuencia inmediata el hecho de que Alemania entregara el poder político al socialismo. En noviembre de 1918 la gran mayoría del país estaba sinceramente dispuesta a apoyar a un gobierno democrático. Como a los socialdemócratas se les consideraba demócratas, y eran el partido parlamentario más numeroso, había casi una absoluta unanimidad para confiarles la dirección y formación del futuro sistema de gobierno. Sin embargo, los socialdemócratas se habían escindido; relevantes marxistas rechazaron la democracia y se manifestaron partidarios de la dictadura del proletariado.[5] Aparecieron así tres corrientes socialistas:

  1. La socialdemocracia (SPD): con un 35% de los escaños del Reichstag en las elecciones de 1912, era la principal representante de la sociedad alemana. Asimismo, gozaba de un extraordinario predicamento entre las clases populares por su antigüedad, organización y número de afilados. Obedientes del régimen imperial, con la caída de éste se proponía sustituir la Alemania militarista y feudal por una democracia parlamentaria, restaurar las libertades cívicas y los derechos del hombre (suspendidos en el curso de la guerra) y aumentar el programa de medidas de la sozialpolitik (política de bienestar social) preexistente. Los socialdemócratas rechazaban completamente el modelo bolchevique de revolución armada y dictadura del proletariado, y potenciaron la colaboración con otras fuerzas políticas para democratizar las instituciones.[6]
  2. Los socialistas independientes (USPD): aparecieron en 1917 sin una formulación programática clara, como oposición al continuismo que la SPD hacía del gobierno imperial en la guerra. Partidarios de la restauración de la unidad socialista, defendían tanto el parlamentarismo como los consejos revolucionarios, en la creencia de que éstos últimos debían supervisar al primero. Compartían el deseo del SPD de potenciar la política social, y abogaban por la socialización de la economía a través de la nacionalización parcial de determinados sectores económicos, como parte de las finanzas y la industria pesada, pero manteniendo el comercio interno y externo en manos privadas. Rechazaban la colectivización de la tierra, pero proponían una redistribución en favor de los pequeños agricultores. Se oponían a las autoridades burguesas y rechazaban el burocratismo de las instituciones y los sindicatos, en contra de la SPD.[7]
  3. La Liga Espartaquista: en un principio parte de la USPD, se transformó en un partido revolucionario. Rechazaban el revisionismo socialdemócrata y consideraban los acontecimientos de noviembre una etapa en el objetivo final de la revolución socialista y la dictadura del proletariado. Consideraban la revolución bolchevique un ejemplo a seguir, con ciertos ajustes y la corrección de los errores de Lenin con respecto al mantenimiento de las libertades individuales. Creían que los proletarios debían tomar el control de las instituciones burguesas y suplantarlas con sus propios órganos representativos, exclusivamente formados por miembros de su partido, para alcanzar una verdadera democracia, sin que el terror y la represión entraran en principio en sus fines. Sus 24 proposiciones para la protección de la revolución incluían el desarme del ejército y la policía, la supresión del régimen parlamentario y la socialización de la economía a través de la confiscación de grandes fortunas, bancos, propiedades y fábricas, de los transportes y los medios de comunicación y el dirigismo de la producción. Independientemente de todo ello, vistos con perspectiva, sus esfuerzos estaban condenados al fracaso dado su escaso número y al efecto negativo que la Revolución rusa había producido en la opinión pública, asimilándose los horrores soviéticos a los espartaquistas.[8]

Los socialdemócratas se aliaron con los independientes y se hicieron hueco en los organismos de la Revolución de Noviembre, articulando una bicefalia entre los representantes políticos y los de los consejos populares. El 10 de noviembre, seis comisarios del pueblo (3 socialdemócratas y 3 independientes) formaron el Gobierno Provisional. Al día siguiente firmaron el Armisticio de Compiégne, basándose en los 14 puntos de Wilson, y el 12 promulgaron un programa de actuación política económica de cara a la reconstrucción nacional. Se creó un Consejo Ejecutivo Provisional completamente dominado por los socialdemócratas, como vínculo entre el gobierno provisional y los consejos. Este Consejo no duda en ratificar la actuación del gobierno, y hace oídos sordos a los espartaquistas. Los Consejos habían perdido su utilidad para un gobierno cuya mayor preocupación era precisamente evitar una Revolución, limitándose al cambio pacífico del canciller y la forma del Estado. Finalmente, el Congreso Panalemán de Consejos reunido en Berlín del 16 al 20 de diciembre apoyó mayoritariamente las tesis socialdemócratas, por lo que se disolvió y confió el destino de la República a la convocatoria de elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente. Con ello la Revolución terminó antes de empezar, y las clases populares quedaron marginadas de la política. Esta renuncia voluntaria al poder provocó el estupor y la acción desesperada de la Liga Espartaquista, rechazada por la mayor parte de la población, que no había obtenido más que 10 delegados de un total de 489 en el mencionado Congreso.[9]

Para consolidarse, la recién nacida República logró el acuerdo entre sindicatos y patronales ( 15 de noviembre), tranquilizando así a la burguesía. Los trabajadores obtuvieron garantías como la jornada de ocho horas sin disminución de salarios, la renuncia de los patronos a emprender acciones contra los sindicatos y la reglamentación del trabajo con convenios colectivos. Por su parte, los industriales conjuraron el peligro de la revolución y la socialización de la economía, defendidos por los espartaquistas. De igual modo, se llegó a un acuerdo con el ejército monárquico para crear un gobierno de orden y combatir la amenaza bolchevique. Por su parte, la vieja clase política imperial se había adaptado a -aunque generalmente no aceptado- la nueva legalidad en la forma de nuevos partidos de derechas, los llamados populares: los conservadores antirrepublicanos y pangermanistas en el Deutsche Nationalen Volkspartei (DNVP), mientras que los liberales se escindieron en el derechista Deutsche Volkspartei (DVP) y el izquierdista Deutsche Demokratische Partei (DDP). Tan sólo el católico y centrista Zentrumspartei (ZP) conservó su denominación anterior.[10] Los partidos de la derecha no liberal estaban a su vez influidos por las percepciones del llamado Movimiento Revolucionario Conservador.

El Levantamiento Espartaquista (Der Spartakusaufstand)

Revolucionarios en una barricada en las calles de Berlín durante el levantamiento

Entre la decisión de transferir el poder a una Asamblea Constituyente, y la fecha de su real aplicación, el 19 de enero, tuvo lugar la última fase de la Novemberrevolution. Los socialistas independientes pronto fueron dejados de lado, precisamente por su carácter conciliador, tachados de traidores por los espartaquistas y de aliados poco sinceros por los socialdemócratas. Aliados con el ejército, los socialdemócratas giraron hacia posturas más conservadoras y procedieron a la disolución de los consejos, el restablecimiento de la autoridad de mando de los oficiales y la requisición de las armas en poder de los civiles.

Combates en Berlín entre revolucionarios y fuerzas gubernamentales

Por su parte, los espartaquistas se radicalizaron cada vez más, en la esperanza de detener la contrarrevolución. Deseosos de enfatizar su preferencia por el modelo soviético, el 30 de diciembre de 1918 los espartaquistas fundaron el KPD (Kommunistische Partei Deutschlands o Partido Comunista Alemán), renunciando a participar en las elecciones del 19 de enero y marcándose metas revolucionarias. La misma idea de la democracia se hizo sospechosa. Para muchos alemanes el término fue desde entonces sinónimo de fraude, hecho que posteriormente daría alas al nazismo.[11]

Los nacionalistas se dieron rápidamente cuenta del cambio de mentalidad y se aprovecharon de la ocasión. Si unas semanas antes se habían sentido desesperados, ahora sabían cómo volver al poder. Acuñaron la leyenda de la « puñalada por la espalda», que les devolvió la confianza en sí mismos y el apoyo popular. Pero su primer objetivo fue impedir el establecimiento de un Estado socialista. Para ello, un partido esencialmente antidemocrático como el DVNP presentó al electorado, por razones puramente tácticas, un programa liberal y democrático. Apoyando el régimen parlamentario en el corto plazo, se proponían acabar con él más tarde.[12]

Soldados sobre la Puerta de Brandeburgo en enero de 1919

Por su parte, los comunistas confiaban en conquistar el poder por la fuerza, con ayuda de los bolcheviques de Rusia o sin ella. En la Navidad de 1918 estalló en Berlín un conflicto entre el gobierno provisional y una belicosa tropa comunista, la «División de Marineros del Pueblo» (Volksmarinedivision), que se opuso al gobierno vigente y se atrincheró en el Palacio Real de Berlín, llegando a sitiar al canciller Friedrich Ebert en su despacho. Este, presa del pánico, pidió ayuda a una compañía de caballería desmontada de la antigua Guardia Real, mandada por un general aristocrático, que estaba a las afueras de la capital en espera de ser disuelta. Hubo un combate favorable a la Guardia, pero el gobierno les ordenó retirarse, ya que desconfiaba de ellos y no quería luchar contra sus propios camaradas. Esta escaramuza convenció a los socialistas independientes de que era imposible evitar el triunfo del comunismo, y para no perder popularidad ni llegar demasiado tarde a participar en el inminente gobierno comunista, retiraron a sus 3 comisarios, con lo que el SPD quedó en exclusiva a cargo del gobierno, lo que acrecentó su inclinación hacia posturas conservadoras.[13]

Revolucionarios muertos tras su ejecución sumaria por las tropas gubernamentales, marzo de 1919

El 4 de enero de 1919 el socialista independiente Emil Eichhorn cesó como jefe de policía, y ello sirvió de pretexto para la huelga general, que el 6 paralizó Berlín y se convirtió en una tentativa de insurrección; comunistas y socialistas independientes iniciaron la batalla en las calles de Berlín y llegaron a dominar el centro de la capital. El USPD y el KPD formaron un «comité de gobierno» débil e indeciso sobre el rumbo a tomar, y el movimiento se extendió a Baviera, Bremen, Hamburgo, Sajonia, Magdeburgo y Sarre. El líder espartaquista Karl Liebknecht abogaba por derribar cuanto antes el gobierno de Ebert, contra la opinión de Rosa Luxemburgo (quien temía aún la fuerza de los elementos derechistas que dominaban el ejército) y, tras el fracaso de las conversaciones con el gobierno, Liebknecht llamó a los obreros a tomar las armas y sublevarse.

La situación era desesperada para el gobierno de Ebert cuando apareció una ayuda inesperada, al decidir el ministro de defensa Gustav Noske echar mano de los Freikorps (organizaciones paramilitares antirrepublicanas, integradas por antiguos soldados) para acabar con el levantamiento. Entre el 8 y el 13 de enero los Freikorps, bien armados y mejor disciplinados, reconquistaron fácilmente la capital y asesinaron a cientos de revolucionarios de izquierda, incluyendo a Liebknecht y Luxemburgo. Curiosamente, entre quienes aportaron enormes sumas de dinero para pagar la manutención y transporte de los Freikorps estuvo, entre otros, el liberal izquierdista Walther Rathenau, posteriormente asesinado por estos mismos.[14]

Por otra parte, por estas fechas (5 de enero de 1919) se constituyó el Partido Obrero Alemán. Fundado por Anton Drexler y Karl Harrer, fue en sus inicios un partido pequeño de ideas contradictorias, hasta que un veterano de guerra llamado Adolf Hitler se les unió en octubre de 1919, asumiendo la dirección del movimiento un poco más tarde hasta convertirlo en el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores.

La victoria del gobierno no puso fin a la guerra civil, que aún duró varios meses en varias provincias, con la eliminación de islotes revolucionarios en Bremen y el Ruhr. Con todo, pudieron celebrarse las elecciones, las sesiones de la asamblea constituyente y la proclamación de la Constitución de Weimar. Hubo una participación del 83,0%, en las elecciones y el SPD obtuvo el 37,9% de los votos y 165 escaños, seguido del ZP (19,7% y 91 esc.), el DDP (18,6% y 75 y esc.), el DVNP (10,3% y 44 esc.), el USPD (7,8% y 33 esc.) y el liberal DVP de Gustav Stresemann (4,4% y 19 escaños). Pese a obtener mayoría, el SPD se vio obligado a pactar con los partidos de centro para poder gobernar. Se formó así la llamada Coalición de Weimar, y Ebert fue elegido presidente de la República, por 277 votos a favor, 51 en contra y 51 abstenciones; Scheidemann fue nombrado jefe de gobierno.[15]

Paradójicamente, el régimen republicano y democrático debió su existencia a las fuerzas paramilitares y antidemocráticas de una derecha nacionalista, radicalmente opuesta al parlamentarismo, que esperaba la oportunidad de ponerle fin. Los marxistas no comunistas reprocharon severamente a Ebert, Noske y otros dirigentes socialdemócratas su colaboración con los nacionalistas vencedores de los espartaquistas, si bien es cierto que les correspondió el mérito de haber evitado la instauración de un estado comunista copiando el modelo bolchevique, mientras que los socialdemócratas quedaron públicamente desacreditados.

Los socialdemócratas consiguieron formar gobierno en Prusia y otros länder únicamente gracias al apoyo de los nacionalistas, del ejército imperial convertido en Reichswehr y de los Freikorps, y desde entonces estuvieron a merced de la derecha, cuyo poder iba mucho más allá de lo meramente parlamentario. Las dos grandes facciones en liza, ultranacionalistas y comunistas, consideraban a la República únicamente como un campo de batalla de su lucha por el poder. Pero en esta lucha extraparlamentaria, mientras que los primeros podían actuar libremente y conocían por experiencia los resortes del poder, los segundos no, y ello determinó la victoria ultranacionalista. No había entre esos dos partidos «dictatoriales» un tercero que defendiera el capitalismo y la democracia. La única alternativa lógica al nacionalismo y el socialismo beligerantes hubiera sido el liberalismo, pero el único partido que hubiera podido cambiar la situación, el monárquico y librecambista DVP de Gustav Stresemann, carecía de la base social y la representación parlamentaria necesarias. Ni los socialdemócratas, ni el centro católico eran los adecuados para adoptar la democracia, a la que calificaban de plutocrática, y el republicanismo tildado de burgués, y no estaban dispuestos a renunciar al estatismo y la sozialpolitik. Tras la experiencia de la guerra, las masas percibían que la autarquía propugnada por todos ellos era fatal para la economía, y que los únicos que tenían una idea de cómo afrontarla eran los partidos nacionalistas de extrema derecha (aunque fuera con la doctrina expansionista del lebensraum).[16]

La crisis de Baviera

Territorios de la declarada República Soviética de Baviera

A partir de la reunión de la Asamblea nacional de Weimar, Kurt Eisner se había convertido en campeón de los länder frente al centralismo de Berlín. Su asesinato el 21 de febrero a manos de un extremista de derechas (el conde Arco-Valley) tuvo gran repercusión en Múnich, donde el consejismo mantenía aún la vigencia perdida en Berlín. La situación degeneró rápidamente. La conservadora dieta bávara (Landtag) fue absolutamente marginada por los Consejos, que se radicalizaron rápidamente, proclamando al fin, a instancias de la Rusia de Lenin y la Hungría de Béla Kun, una República Consejista Bávara (7 de abril) de clara inspiración anarquista. Ésta rechazó el parlamentarismo e intentó acometer la revolución social, pero fue un completo fracaso. Los Consejos habían perdido todo contacto con las masas y la realidad social, y ni siquiera el nuevo partido comunista apoyaba su línea política.[18]

La Constitución de Weimar

Postal oficial de la Asamblea Constituyente de Weimar.

La Constitución, compuesta por 181 artículos, se discutió entre febrero y julio, y fue aprobada el 31 de julio de 1919 por 262 votos a favor y 72 en contra (socialistas independientes, liberales y nacionales). Rebosaba por sus cuatro costados el espíritu de concordia y mutuo entendimiento, y como tal, la indefinición y ambigüedad. En Weimar no se instauró un Estado nuevo, sino que simplemente se dio al Deutsche Reich (que incluso conservó tal denominación) una nueva forma, la republicana. El pueblo experimentó la decepción de la imposición de una Constitución en la que no participó. Se hizo a la idea de que, en definitiva, la República había suplantado al Imperio sin que sus principios de gobierno diferieran. No obstante lo cual, la de Weimar fue una república democrática avanzada. A la cabeza de este Estado federal y parlamentario, se colocó un presidente elegido por sufragio directo para un mandato de siete años, dotado de fuerte autoridad y del derecho de disolución del Parlamento, lo que recuerda las atribuciones del antiguo emperador y las limitaciones del parlamentarismo bismarckiano. El Parlamento estaba constituido por una cámara electiva, el Reichstag, y otra territorial, el Reichsrat. El canciller, nombrado por el presidente, asumía el poder ejecutivo. La nueva Constitución consagraba el sufragio proporcional (y la consiguiente fragmentación de las cámaras), los poderes de emergencia de los que disponía el presidente y el recurso al plebiscito: por una parte, la posibilidad para el presidente de someter un texto legislativo al pueblo, en caso de desacuerdo con el Reichstag; por otra parte, la posibilidad para 1/10 de los electores de formular un proyecto de ley para someterlo al pueblo, o la facultad de diferir la promulgación de una ley si 1/3 del Reichstag y 1/20 de electores lo pidiesen.

La unidad triunfó sobre los particularismos locales (Reichsrechtbricht Landrecht), pero al igual que en la época de Bismarck, también en la República de Weimar los principales poderes de la administración civil eran ejercidos por los gobiernos de los Estados que lo formaban en lugar del gobierno del Reich. Prusia era el Estado más extenso y más rico, el de población más numerosa, y su predominio aplastante en el Reichsrat: gobernar Prusia era gobernar el Reich, sin necesidad de tener en cuenta a los demás estados.

Asimismo, el adjetivo «social» apareció por vez primera en la Constitución de Weimar, proclamando que el Estado busca además de la democracia, elemento de las constituciones liberales escritas hasta entonces, la justicia social.

En ocasiones se ha achacado a las deficiencias de esta Constitución los yerros de la República y su caída. No obstante, distintos autores señalan que ninguna Constitución democrática hubiera podido hacer frente a la falta de apoyo popular al régimen, que desembocó en su crisis final y el ascenso nazi. Añaden que la constitución weimariana funcionó notablemente bien durante el gobierno de Stresemann, entre 1924 y 1929.[19]

Una socialización abortada

Los socialdemócratas habían puesto a la cabeza de sus programas la socialización de los medios de producción (Vergesellschaftung). Las nacionalizaciones y el «socialismo» aplicado durante la guerra (Zwangswirtschaft o planificación centralizada) habían sido, sin embargo, muy beneficiosas para algunos empresarios capitalistas aliados del gobierno del Reich y muy perjudiciales para la producción y los intereses de los trabajadores, debido a lo cual eran extremadamente impopulares. Los socialdemócratas abordaron la cuestión con demagogia: atacaron el socialismo de guerra como la peor clase de abuso y explotación capitalista, pero fueron incapaces de establecer diferencias reales entre sus proyectos y el Zwangswirtschaft, rechazando además los instrumentos de nacionalización, ya como revolucionarios, ya como burgueses. Según el famoso economista e historiador liberal, Ludwig von Mises, estas contradicciones e incoherencias determinaron la quiebra de la socialdemocracia alemana.[20]

Con la caída del régimen imperial, los empresarios, desafiando la planificación central, habían reanudado la producción para exportar con objeto de comprar víveres y materias primas en los países neutrales y en los Balcanes. Los empresarios triunfaron en sus esfuerzos y dijeron haber salvado a Alemania del hambre y la miseria. Sus coetáneos los tacharon de aprovechados, pero se alegraron de poder adquirir al fin artículos muy necesarios. Los parados volvieron a encontrar trabajo, y Alemania inició la vuelta a la normalidad. Por su parte, a los trabajadores alemanes de todo tipo no les importaba gran cosa la socialización. Daban más importancia a la subida de salarios, a las ayudas al desempleo y a la reducción del horario laboral. Los consejos obreros, vistos con recelo por las instituciones y los líderes sindicales, perdieron toda su sustancia revolucionaria y su papel político por el artículo 165 de la Constitución y la ley de Consejos de Fábrica del 4 de febrero de 1920.[21]

El intento de reforma agraria, tímido y lleno de contradicciones, no supuso un cambio sustancial de las condiciones de vida de los agricultores ni de la estructura de propiedad. Según las estimaciones de 1922, apenas el 2% de la propiedad territorial afectada por la ley había sido redistribuida, situación que no mejoraría con el transcurso de los años.[22]

Las bandas armadas y el ejército

Cartel de propaganda de 1918 que pedía la incorporación a las filas de los Freikorps Hülsen

La revolución de noviembre provocó la aparición de los Freikorps (compañías libres) y las Wehrorganisationen (organizaciones de defensa), bandas armadas dirigidas por aventureros, un fenómeno que no se veía en Alemania desde la Guerra de los Treinta Años. Estas compañías libres (como la Stahlhelm de Franz Seldte, la Wehrwolf de Fritz Kloppe y las Sturmabteilung de Ernst Röhm) estaban formadas por oficiales despedidos del antiguo ejército imperial, que se juntaron con soldados desmovilizados y jóvenes cadetes, ninguno de los cuales quería volver a la vida civil. Ofrecieron su protección a terratenientes y campesinos, y aunque en un principio protegieron a los civiles de los ataques de comunistas y defendieron las conquistas en el frente oriental, pronto las inmanejables bandas se convirtieron en saqueadores y chantajistas violentos. Dada la imposibilidad de disolverlas, se las acabó integrando en la Reichswehr, lo que, aparte de crear un conflicto con los aliados, fue otro de los ingredientes del fracaso de la República de Weimar: la pervivencia de un ejército rapaz, conquistador y antiparlamentario. Las instituciones militares y la marina llegaron a conservar los colores imperiales (negro, rojo, blanco) en lugar de los republicanos. Una vez eliminada la amenaza comunista, se acabó su colaboración con las autoridades republicanas. La oficialidad gozó de una autonomía increíble, manteniendo su ideología militarista, sus afectos monárquicos y su estilo de vida aristocrático. De cara a la galería, el ejército rechazaba cualquier implicación con el armisticio y la firma de la paz de Versalles. Nacionalistas y militares afirmaban que desde 1914 habían logrado mantener inviolado el territorio alemán, acampar durante cuatro años en Francia y mantener ocupadas las tres cuartas partes de Bélgica y un buen trozo de Francia el día del armisticio. Aunque el ejército había perdido tanto la batalla como la guerra, ni los civiles ni los militares tuvieron el sentimiento de haber sido derrotados, salvo en algunos sectores conscientes de la retaguardia o del frente. En este contexto, la leyenda de la puñalada por la espalda les permitió mantener su mítica aureola de invencibilidad y acusar de la derrota a los «civiles traidores». El 11 de noviembre las tropas desfilaron por Berlín, y Ebert saludó a estos soldados «que vuelven invictos de un combate glorioso», consagrando así el mito del que iba a alimentarse la propaganda nacionalista y hitleriana.[23]

El Tratado de Versalles

Alemania tras el Tratado de Versalles, una vez devueltos o entregados territorios del II Reich a las administraciones y estados de Dinamarca, Bélgica, Sarre, Francia, Checoslovaquia, Polonia, Lituania y Danzig, cuyas banderas aparecen, respectivamente, desde el extremo superior izquierdo y en sentido contrario a las agujas del reloj.
     Anexionado por países vecinos      Administrado por la Sociedad de Naciones      Alemania ( 1919- 1935)

El Tratado de Versalles fue un tratado de paz al final de la Primera Guerra Mundial que oficialmente puso fin al estado de guerra entre Alemania y los Países Aliados. Fue firmado el 28 de junio de 1919 en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, exactamente cinco años después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, uno de los acontecimientos que desencadenaron el inicio de la Primera Gran Guerra. A pesar de que el armisticio fue firmado el 11 de noviembre de 1918 para poner fin a los combates reales, se tardó seis meses de negociaciones en la Conferencia de Paz de París para concluir en un tratado de paz. El Tratado entró en vigor el 10 de enero de 1920.

De las muchas disposiciones del tratado, una de las más importantes y controvertidas disposiciones requería que Alemania y sus aliados aceptasen toda la responsabilidad de haber causado la guerra y, bajo los términos de los artículos 231-248,[24] desarmarse, realizar importantes concesiones territoriales y pagar indemnizaciones multimillonarias a los estados vencedores. El Tratado fue socavado tempranamente por acontecimientos posteriores a partir de 1922 y fue ampliamente violado en los años treinta con la llegada al poder del nazismo.

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Tiếng Việt: Cộng hòa Weimar