Religión protoindoeuropea

Gigantomaquia (dibujo).

La religión protoindoeuropea es el conjunto de creencias practicadas por los pueblos protoindoeuropeos. La existencia de similitudes entre los dioses y las prácticas religiosas entre los pueblos indoeuropeos sugiere que en cualquiera de las poblaciones que ellos formaran tenían una forma de religión politeísta. De hecho, el conocimiento que se tiene de la religión protoindoeuropea se basa en conjeturas basadas en la historia posterior de los pueblos indoeuropeos, en la evidencia lingüística común a las lenguas indoeuropeas y en las religiones comparadas.

Se pueden encontrar suficientes pistas de esta religión ancestral en las coincidencias entre idiomas y religiones propias de las personas indoeuropeas como para presuponer que esta religión existió, aunque cualquier detalle es una conjetura. Mientras las similares costumbres religiosas entre las gentes indoeuropeas pueden facilitar evidencias de una herencia religiosa compartida, una costumbre compartida no indica necesariamente una fuente común para dicha costumbre; algunas de esas prácticas pueden haber surgido en un proceso de evolución paralelo.

Según algunos ensayos divulgativos, en la raíz de la cultura indoeuropea ya existía la creencia de que existe algo después de la muerte, como revelan los ajuares funerarios de los kurganes y otros restos arqueológicos documentados.

Investigadores como Marija Gimbutas, Antonio Blanco Freijeiro y Georges Dumezil afirman que la primera naturaleza de los diversos dioses que adoraban los diferentes pueblos indoeuropeos probablemente fuera de carácter celestial, atmosférico o incluso astrológico, asumiendo la idea de que las divinidades vivían en los cielos y desde ellos se manifestaban. De hecho, los grandes dioses indoeuropeos, como el nórdico Thor, el indio Indra o el griego Zeus, son Señores del Rayo.[1]

Otros autores en cambio, como Antoine Meillet, se muestran escépticos a la idea de una religión raíz entre los indoeuropeos, debido a la enorme diversidad de cultos identificada desde los yacimientos más antiguos.

De hecho, las prácticas culturales entre los pueblos indoeuropeos son tan variadas que es imposible situar con exactitud un solo ritual que se remonte al período común. Pero al lado del « culto positivo» (el sacrificio) en donde la concepción se ha manifestado como contradictoria, existe un «culto negativo» consistente en prohibiciones. El vocabulario distingue en el seno de varias lenguas un sagrado positivo y un sagrado negativo.

En el indoiranio, la raíz iazh que designa al culto en general, significa etimológicamente ‘no ofender’, ‘respetar’. Una similar evolución se da en el griego de épocas históricas con el verbo σεβασμός (sevasmós). En germánico antiguo el reemplazo del antiguo nombre de los dioses *teiwa (*deywo) por *guda « libación», solo es comprensible a partir de expresiones tales como «respetar las libaciones (acompañando los pactos solemnes»). En fin, es a partir del culto negativo cuando ha sido creada la designación de «religión» en la mayoría de las idiomas europeos: en latín, religio significa ‘escrúpulo, respeto escrupuloso’, en particular en lo concerniente a los pactos: la religio sacramenti (‘respeto a la palabra dada’).[2]

Juramento de Mattiwaza

Tabla con el Juramento de Matiwaza en escritura cuneiforme.

Es un documento que para muchos arqueólogos e historiadores, encabezados por Georges Dumezil, evidencia el origen común y las importantes relaciones entre las religiones de los pueblos indoeuropeos, que podría indicar la existencia de una probable religión protoindoeuropea anterior a su diversificación.

En el año 1907 d. C. se descubrió en Bogazkoy (la antigua Hattusa, capital del Imperio hitita), un juramento de fidelidad al emperador Suppiluliuma I, suscrito por su vasallo Mattiwaza, rey de Mitanni, a quien el primero había repuesto en el trono y concedido además la mano de una de sus hijas. Estos dos faustos sucesos, restauración y boda, debieron de ocurrir alrededor del 1340 a. C., y significaron un respiro ―el último respiro― para el reino de los mitanios, reducido ya por los hititas a un estado de humillante postración.

En el documento, Mattiwaza se comprometía a mantenerse fiel al emperador de Hatti, poniendo por testigos y garantes no solo a varios dioses babilónicos y sirio-hititas, sino también a unas divinidades ajenas a las religiones hasta entonces conocidas en Asia Menor, y muy familiares en cambio a la literatura india antigua, a saber: Mitra, Varuna, Indra y los dos Nasatía o Asuin (estos dos últimos una pareja de mellizos).

No se trataba, pues, de dioses comunes a los indoeuropeos anatolios, tronco al que los hititas pertenecían, sino de divinidades específicas de su rama más oriental, la de las lenguas indoeuropeas en satam ( indoiraní), a la que correspondían los hablantes del sánscrito y del iranio.

Una de las explicaciones más consensuadas entre los expertos para este fenómeno es que, hacia el año 2000 a. C., los antepasados de los mitanios se desvincularon de sus hermanos indoiranios y se dirigieron hacia la Alta Mesopotamia, mientras los demás lo hacían hacia la India, donde llegarían a dominar a la población aborigen, pese a hallarse ésta en un estadio de civilización mucho más avanzado que el de sus dominadores, una civilización plenamente urbana, dueña de una escritura propia e incluso de un arte refinado, particularmente en el terreno de la glíptica (la llamada cultura de Mohenjo Daro).[3]

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