Religión en la Antigua Roma

Reconstrucción de una estatua de Júpiter datada en el siglo I. El dios Júpiter era la deidad principal del culto público romano. En el monte Capitolino se erigía el Templo de Júpiter Óptimo Máximo, el más importante de Roma.

La religión romana consistía, igual que entre los griegos, más en un conjunto de cultos que en un cuerpo de doctrinas. Había dos clases de cultos: los del hogar, que unían estrechamente a la familia, y los públicos, que estimulaban el patriotismo y el respeto al Estado. En la época imperial se añadiría el culto al emperador. En términos generales, se trataba de una religión tolerante hacia todas las religiones extranjeras, pues los romanos acogieron a dioses griegos, egipcios, frigios, etc. También era una religión contractual, pues las plegarias y ofrendas se hacían a manera de pacto con los dioses, es decir, para recibir favores, y si el creyente entendía que la divinidad no le cumplía, dejaba de rendirle culto.[1]

Orígenes

La Lupa Capitolina amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, fundadores míticos de la ciudad de Roma.

No es posible rastrear los orígenes exactos de la religión romana, puesto que no existen datos arqueológicos y documentos lo suficientemente confiables. Sin embargo, los orígenes míticos de la ciudad en 753 a. C., según Varrón, tienen algunas confirmaciones aproximadas de la arqueología. De acuerdo a las versiones legendarias, no se puede decir que la religión romana sea «primitiva», en tanto que los fundadores, venidos de Alba Longa, reivindicaron con el tiempo su origen ilustre (como descendientes de Eneas y pertenecientes, por tanto, a la tradición de los poemas homéricos), y se declararon colonos a las orillas del Tíber. No se puede decir tampoco que fuera una religión «inicial», puesto que el lugar de la fundación ya había sido frecuentado, antes de la llegada de los fundadores, y de acuerdo con el mito, por los dioses latinos Marte y Juno, y en las orillas del Tíber se levantaba un altar al héroe griego Heracles (que para los romanos pasaría a ser Hércules). Finalmente, tampoco se puede decir que fuera una religión «compacta», puesto que, si bien es cierto que a Rómulo se le atribuyó la consagración de los lugares sagrados de Júpiter, será sólo Numa Pompilio, su sucesor, quien, según la leyenda, establezca una religión coherente. En síntesis, esta religión aceptaba lo procedente de tradiciones anteriores, se formaba como una construcción voluntaria, y por tanto, estable en sus esquemas, pero a la vez progresiva en lo teológico y capaz de acoger fuerzas divinas externas.[2]

La mayor parte de las tradiciones religiosas de la Península Itálica, sobre todo las de Etruria, se remontaban bien a las de Tracia y la isla de Samotracia, bien a las de Tesalia y Dodona. En dichas tradiciones dominaba una especie de fetichismo religioso, o atribución de cualidades sobrenaturales a objetos inanimados, y en algunos casos, también animados. Por ejemplo, para los sabinos, una lanza (quir) clavada en tierra, era el dios Mamers, Mavors o Marte, el fuego era Vulcano, etc. En la confederación de los etruscos, las divinidades eran de dos tipos: generales (adoradas por toda la comunidad), o particulares (patronos o númenes específicos de cada poblado).[3]

Los especializados ritos religiosos etruscos estaban codificados en varias colecciones de libros escritos bajo el título latino genérico de Etrusca Disciplina. Los Libri Haruspicini trataban de la adivinación por medio de las entrañas de animales sacrificados; los Libri Fulgurales exponían el arte de la adivinación mediante la observación de los rayos; una tercera colección, los Libri Rituales, abarcaban la codificación de la vida política y social así como las prácticas rituales. Según el escritor latino del siglo IV Mario Servio Honorato, existía una cuarta colección de libros etruscos, que trataba de los dioses animales. Durante el siglo V las autoridades cristianas consideraron a las obras de religión romana como paganas y por lo tanto las quemaron; el único libro superviviente, el Liber Linteus Zagrabiensis, fue escrito sobre lino, y sobrevivió únicamente al ser utilizado para envoltura de momias.

Los primeros romanos rendían culto a fuerzas y seres sobrenaturales de carácter indefinido llamados numina («presencia»; singular: numen) como Flora, Fauno, etc. Los de la vivienda familiar eran los Forculus (que guardaban las puertas), los Limentinus (que guardaban los umbrales), Cardea (de los goznes), etc. Roma en un principio tuvo dos divinidades principales: Vesta y Pallas troyana, a las que pronto se sumaron Júpiter, cuyo culto se estableció en el Monte Capitolino; Jano, el de los comienzos y los finales; Marte, gran inaugurador del tiempo y del antiguo año calendárico, y finalmente, Rómulo, hijo de Marte, identificado con Quirino, como fundador de la Urbe y del Estado.[5]

Los bosques sagrados

Es probable que los bosques sagrados (Luci), fueran los primeros lugares destinados al culto de los dioses hasta que se erigieron altares, pequeñas capillas y, por último, templos a cuyo alrededor se plantaban bosques, los cuales eran tan sagrados como los mismos templos. Los romanos solían ir en los días festivos a los bosques sagrados, donde podían bailar y tomar meriendas, siempre y cuando hubieran colgado ofrendas en las ramas de los árboles, que así dispuestos se llamaban coronatos ramos, porque los adornaban con las teniae (vendas de lana, lino o seda), cuyas cintas podían luego adornar las estatuas de los dioses dentro de los templos. El respeto que se guardaba a los bosques sagrados fue tal, que se consideraba sacrílega a la persona que cortara uno de sus árboles, si bien se podía rozar la hierba y podar las ramas de los arbustos. Asimismo, los bosques sagrados fueron considerados asilos, al igual que los templos, donde las personas perseguidas por cualquier motivo podían refugiarse.[6]

Los bosques sagrados más importantes en Roma fueron:

  • El Bosque de Diana, en el camino de Aricia.
  • El Bosque de Egeria, en la Vía Appia.
  • El Bosque de Juno Lucina, al pie de las Esquilias.
  • El Bosque de Laverna, próximo a la Vía Salaria.
  • El Bosque de las Musas, en la Vía Appia.
  • El Bosque de Vesta, al pie del monte Palatino.
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