Ramiro Pinilla

Ramiro Pinilla
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Información personal
Nombre de nacimiento Ramiro Pinilla García Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento 13 de septiembre de 1923 Ver y modificar los datos en Wikidata
Bilbao, España Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 23 de octubre de 2014 Ver y modificar los datos en Wikidata (91 años)
Bilbao, España Ver y modificar los datos en Wikidata
Causa de muerte Causas naturales Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Española Ver y modificar los datos en Wikidata
Lengua materna Español Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
Ocupación Escritor Ver y modificar los datos en Wikidata
Género Novela Ver y modificar los datos en Wikidata
Distinciones
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Ramiro Pinilla ( Bilbao, Vizcaya, 13 de septiembre de 1923 - Baracaldo, Vizcaya, 23 de octubre de 2014)[1]​ fue un escritor español. Formó parte de la corriente renovadora de la narrativa española que se inició en la década de 1960. En sus novelas refleja la gran contribución de los obreros emigrados (llamados peyorativamente maquetos) al País Vasco en la construcción de su poderío industrial y los efectos sociales de esa explotación.

Biografía

Inicios

A los quince años era ya un lector compulsivo que intentaba evadirse de la dura posguerra y que pronto empezó a escribir sus propias narraciones. Trabajó en la marina mercante, como maquinista naval, pero era una profesión muy dura que decidió abandonar. Después lo hizo en una fábrica de gas de Bilbao, se casó y por las tardes escribía los relatos que se imprimían al dorso de una colección de cromos, de forma que sólo por la noches podía dedicarse a la narrativa extensa.

Profesionalización

En 1960, ganó el premio Nadal con Las ciegas hormigas, y fue despedido de la redacción de los cromos con el pretexto de no dedicarse en exclusiva a esa tarea. Marchó entonces a Guecho, en el campo, para aislarse más. Su predilección por los circuitos marginales de comercialización y por la autoedición, a través de Libropueblo, una pequeña editorial fundada por él mismo y que sólo distribuye en Bilbao y a precio de coste, lo fue dejando en la penumbra, en el extrarradio de los circuitos culturales y comerciales.

En ella, y desde que quedó finalista del premio Planeta en 1971 con su novela Seno, el novelista vasco publicó Recuerda, oh recuerda (1974), Primeras historias de la guerra interminable (1977), La gran guerra de Doña Toda (1978), Andanzas de Txiki Baskardo (1980), el primer volumen de Verdes valles, colinas rojas (1986), Quince años (1990) y Huesos (1997).[2]

Pinilla trabajó en su finca rural donde escribió la Guía Secreta de Vizcaya, que se vendió con hojas arrancadas por la censura, y Antonio B., el Rojo, ciudadano de tercera, que relata la aventura vital de un guarda de obras y que tuvo bastante difusión.

Últimos años

Después publicó ya con una editorial destacada, Tusquets, su premiada trilogía Verdes valles, colinas rojas, que trata la historia reciente del País Vasco y de Guecho y se considera habitualmente su obra maestra. Tardó veinte años en escribirla y en ella utiliza personajes y hechos ya narrados en Andanzas de Txiki Baskardo. Constituye un gran retrato histórico y social del lugar donde trascurrió su vida, Getxo, que conocía muy bien,[4]​ Durante bastantes años asistió además a una tertulia literaria que se celebraba en su pueblo, "El taller", de la que han salido algunas de las nuevas firmas de la literatura vasca: Biktor Abad, Julen Ariño, Marta Barrón, Mario Montenegro, Willy Uribe, Jon Bilbao...

El escritor Fernando Aramburu, que lo conoció bien, lo describe así:

Ramiro arrastró de por vida el recuerdo tenebroso de la represión. Pasadas las décadas, aún se acordaba de aquellos falangistas de principios de la posguerra que iban por las casas de Getxo y alrededores buscando carne de paredón. Lo refirió en algunos pasajes de sus novelas; como asunto central, en La higuera, uno de sus textos que mayor aprecio me inspira. Ramiro Pinilla gastaba ese tipo de humor que obedece al nombre de retranca, cuyo fin primordial no es causar la risa, sino clavarle al interlocutor, como quien no quiere la cosa, un aguijonazo sutil de ironía. Era más un hombre de significados que de ornamentos formales.[5]
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