Quinta Cruzada

Quinta Cruzada
Las Cruzadas
Capturing Damiate.jpg
Cruzados frisios luchando en la Torre de Damietta, Egipto.
Fecha 1217- 1222
Lugar Egipto y Tierra Santa
Resultado Victoria egipcia; tratado de paz de ocho años entre el imperio ayubí y los reinos europeos
Beligerantes
Entidades cristianas: Egipcios:
Comandantes
Blason Empire Latin de Constantinople.svg Armoiries de Jérusalem.svg Jean de Brienne

Armoiries de Jérusalem.svg Bohemundo IV de Antioquía
Armoiries Chypre.svg Hugo I de Chipre
Kaikaus I
Counts of Habsburg Arms.svg Leopoldo VI de Austria
Cross of the Knights Templar.svg Pedro de Montaigú
Den tyske ordens skjold.svg Hermann von Salza
Cross of the Knights Hospitaller.svg Guérin de Montaigú
Coa Hungary Country History Bela III (1172-1196).svg CoA of the Kingdom of Croatia.svg Coat of Arms Zara.jpg Alex K Halych 2.svg Andrés II de Hungría
Counts of Holland Arms.svg Guillermo I de Holanda
Arms of the Kings of France (France Ancien).svg Felipe II de Francia
Blason Rouergue.svg Henry I de Rodez

Emblem of the Papacy SE.svg Pelagio Galvani
Flag of Ayyubid Dynasty.svg Al-Kamil
Fuerzas en combate
Cruzados:
  • 32.000 hombres
Indefinidas
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La Quinta Cruzada ( 1217- 1221) fue un conjunto de acciones militares provenientes de Europa Occidental para retomar Jerusalén y el resto de Tierra Santa derrotando en primer lugar al poderoso estado ayubí de Egipto. El papa Inocencio III y su sucesor, el papa Honorio III convocaron los ejércitos cruzados liderados por las enormes fuerzas militares del rey Andrés II de Hungría (1175-1235) y por los batallones del príncipe austríaco Leopoldo VI de Austria (1176-1230), que realizaron una incursión contra Jerusalén, dejando finalmente la ciudad en manos de los musulmanes.

Más tarde, en 1218, un ejército dirigido por el alemán Oliver de Colonia, y un ejército mixto de soldados holandeses, flamencos y frisios dirigidos por Guillermo I de Holanda se unieron a la cruzada. Con el fin de atacar el puerto de Damietta, en Egipto, se aliaron en Anatolia con el selyúcida sultanato de Rüm, que atacó a los ayubidas en Siria, en un intento de liberar a los cruzados de luchar en dos frentes.

Después de ocupar Damietta, los cruzados marcharon en julio de 1221 al sur, hasta El Cairo, pero fueron repelidos después de que las fallas en sus fuentes de suministro les obligaron a una retirada forzosa. Un ataque nocturno del sultán al-Kamil causó un gran número de pérdidas de los cruzados, y, finalmente, la rendición del ejército. al-Kamil acordó un acuerdo de paz de ocho años con los contendientes europeos.

Preparativos

Inocencio III ya había planeado desde 1208 una cruzada para destruir el imperio ayubí y recuperar Jerusalén. En abril de 1213, el Papa Inocencio III publicó la bula papal Quia maior, llamando a toda la cristiandad a unirse a una nueva cruzada. Esta fue seguida por otra bula, la Ad Liberandam en 1215.[1]

Francia

El mensaje de la cruzada fue predicado en Francia por el cardenal Robert de Courçon, aunque sin embargo, a diferencia de otras cruzadas, no muchos caballeros franceses se unieron, ya que estaban luchando en la cruzada albigense contra la herejía cátara en el sur de Francia.

En 1215 el Papa Inocencio III convocó el IV Concilio de Letrán, donde, junto con el patriarca latino de Jerusalén, Raúl de Merencourt, habló sobre la recuperación de la Tierra Santa, entre los cometidos de la Iglesia. Inocencio quería que fuera dirigida por el papado, como había sido la Primera Cruzada, con el fin de evitar los errores de la Cuarta Cruzada, que había sido emprendida por los venecianos. El Papa Inocencio tenía previsto que los cruzados se reuniesen en Brindisi en 1216, y prohibió el comercio con los musulmanes, para asegurarse de que los cruzados tendrían naves y armas. Cada cruzado recibiría una indulgencia, incluyendo aquellos que simplemente ayudasen a pagar los gastos de un cruzado, aunque ellos mismos no fueran a la cruzada.

Hungría y Alemania

Oliver de Colonia había predicado la cruzada en Alemania y el emperador Federico II intentó unirse en 1215. Federico II era el último monarca al que Inocencio quería ver unirse, ya que había desafiado al Papado (y lo haría de nuevo en los siguientes años). Inocencio, sin embargo, murió en 1216. Le sucedió el papa Honorio III, quien prohibió a Federico II participar, pero que encomendó la organización de los ejércitos cruzados al rey Andrés II de Hungría y al duque Leopoldo VI de Austria.

El rey Andrés II escogió la ruta por mar para acceder a la Tierra Santa, aunque por sus planes relacionados con Bizancio consideró por un tiempo una ruta por vía terrestre. La movilización real dentro del reino húngaro al inicio de la cruzada es bien conocida: el rey primero estuvo en la ciudad de Székesfehérvár, desde donde avanzó con sus fuerzas hasta Zagreb, terminando en Split, donde fue recibido por toda la ciudad y los dignatarios de más alto rango con toda la pompa respectiva. Se ofició una majestuosa misa en el antiguo Mausoleo del emperador Diocleciano, recinto adaptado para convertirlo en la Catedral de San Domnius.

Andrés II había pedido créditos a grandes casas comerciales de Italia para financiar su empresa cruzada, e igualmente también sacrificó la propia ciudad de Zara, localizada en la actual Croacia, que había sido ocupada por los ejércitos venecianos de la Cuarta Cruzada, cediéndola a los italianos a cambio de que transportasen a sus soldados en sus barcos. Se sabe que Andrés II también llevó muchos artículos y joyas de gran valor que vendió para cubrir los gastos cruzados, como por ejemplo la corona de la primera reina consorte húngara Gisela de Baviera (984-1059) (esposa del rey San Esteban I de Hungría), que vendió en Tierra Santa por ciento cuarenta marcos de plata. La cantidad de soldados que se lograron reunir en las huestes húngaras es aún un tema debatido, pero se estima que rondaba cerca de los treinta y dos mil hombres (veinte mil caballeros y doce mil soldados), lo que superaría todas las fuerzas cristianas cruzadas enviadas antes a Tierra Santa. Entre los personajes más conocidos que acompañaron al rey húngaro se hallaba el abad Uros de Pannonhalma, quien era uno de los religiosos más estimados de su época y llevaba dirigiendo con éxito la importante abadía desde 1207.

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