Quercus pyrenaica

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Melojo
Melojar soto.JPG
Quercus pyrenaica
Estado de conservación
Preocupación menor (LC)
Preocupación menor ( UICN)
Taxonomía
Reino: Plantae
Subreino: Tracheobionta
División: Magnoliophyta
Clase: Magnoliopsida
Subclase: Hamamelidae
Orden: Fagales
Familia: Fagaceae
Género: Quercus
Subgénero: Quercus
Sección: Mesobalanus
Especie: Q. pyrenaica
Willd.
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Quercus pyrenaica, llamado vernáculamente melojo,[2] nombre vulgar que se usa también en algunos lugares para denominar al quejigo y otros árboles). Se le conoce asimismo como marojo, roble negro y tozo. En Galicia cerquiño o cerqueiro, en Aragón rebollo, en Asturias corcu, corcoxu y Cantabria tociu, en el País Vasco tocorno y en Cataluña reboll, en La Alpujarra y en Granada roble albar o melojo.

Bellotas de melojo
Agallas o gallaricas
Hojas secas
Agallas y hojas secas

Árbol que pertenece al género de los robles, más rústico y frugal que sus "hermanos mayores" caducifolios de parecidas hojas Quercus robur y Quercus petraea. Se extiende por casi toda la península ibérica excepto la franja norte, donde falta o escasea, y se encuentra protegido por la ley en Andalucía.

Características

De morfología anchamente columnar, en buenas condiciones supera los 25 metros. Su desarrollo es lento, aguanta bien la sequía, soporta las heladas y es poco longevo. En suelos pobres se encuentra con frecuencia en estado de arbolillo.[3] Brota abundantemente de raíz, por lo que a veces se forman extensas zonas de matas o arbustos —rebollos—, o se rodean los ejemplares de mayor tamaño de abundantes retoños, también cuando esto es provocado por el hombre, que lo poda periódicamente para obtener leña, uno de sus principales usos. Como todas las especies del género, se híbrida fácilmente con otros robles e incluso con quejigos, encinas y alcornoques, dando como resultado individuos con todo tipo de caracteres intermedios.
El tronco, derecho o tortuoso, suele tener una forma muy irregular, ramificándose desde la base, aunque después pierde las ramas más bajas. La corteza es lisa y de color verde grisáceo hasta los dos o tres años. Luego cambia a un gris más oscuro y a partir de los 25 años se vuelve gruesa, empieza a resquebrajarse longitudinalmente y toma una coloración pardo-grisácea. El sistema radical está formado por una potente raíz principal de la que crecen numerosas raíces laterales próximas a la superficie del suelo. Estos estolones —aún sin haber sido castigados por el hacha— producen brotes aéreos de desarrollo desigual. Si el tronco principal es talado, estos rebrotes se desarrollan abundantemente cubriendo amplias superficies que hacen que resulte dificultoso el tránsito por el terreno.

Melojar en verano.

Su copa lobulada o subesférica, tortuosa y aclarada, tiene hojas con un corto peciolo —hasta 25 mm— y un limbo pinnatífido o pinnatipartido hendido por 4-8 pares de lóbulos laterales profundos, estrechos e irregulares, que llegan muy cerca del nervio medio. Miden de 7 a 16 cm de longitud, son casi acorazonadas en la base y al nacer tienen un atractivo color carmesí. Están cubiertas por ambas caras de abundantes pelos estrellados que en el haz, más verde, tienden a perderse, dándole un color ceniciento al envés. En ocasiones se confunde el melojo con el roble pubescente debido a que las hojas de este último pueden ser algo pelosas por el haz cuando son adultas, pero son menos profundamente lobuladas que las del Quercus pyrenaica que a veces se cultiva como árbol ornamental. Las hojas marcescentes permanecen en el árbol una vez muertas hasta la aparición de las nuevas en primavera, dando un aspecto característico a los melojares en invierno.
Las flores masculinas y femeninas nacen sobre el mismo pie, en abril, mayo o primeros de junio, siendo las masculinas amarillentas y menudas, con envuelta dividida en 5-8 lacinias pelosas, número variable de estambres y agrupadas en amentos colgantes, y las femeninas solitarias o en grupos de tres o cuatro, en las axilas de las ramillas del último año. Sus frutos, igual que en el resto de especies del género, son unas bellotas, en este caso gruesas, de pedúnculo corto y rechoncho, de hasta 3-4 cm de longitud, con 1/3-1/2 cubierto por una cúpula hemisférica con forma de dedal, vellosa, con numerosas escamas lacias. Nacen solas o agrupadas por dos o tres y maduran en octubre o noviembre. La pulpa es de sabor amargo, aunque útil para dar de comer al ganado en la montanera. No hay que confundir el fruto —bellota— con unas excrecencias o protuberancias esféricas denominadas cecidias o agallas, muy frecuentes en ejemplares adultos. Estos tumores son producidos como defensa del árbol hacia las larvas depositadas por avispas en sus tallos. La agalla desarrolla unos tejidos vegetales en capas, que dan alimento y protección a las larvas convirtiéndose en perfectas guarderías hasta que emergen por una serie de orificios que, eventualmente, son utilizados a su vez por otros insectos para entrar en el habitáculo. Estas agallas se han utilizado para prender fuego, como tinte y como astringente.

Melojar en otoño.

El paisaje que conforman los melojares es más lóbrego que el de los otros robles. En ellos se pueden encontrar insectos, reptiles, roedores, salamandras, ciervos volantes y otros animales.
El melojo ha sufrido más que ningún otro representante de su género la epidemia de oídio,[4] que lo diezmó a principios del siglo XX. Las continuas cortas favorecieron la propagación del hongo y la degeneración y debilitamiento de la especie. En algunas zonas se encuentran individuos maltrechos o aislados; en otras resisten en grupos de ejemplares retorcidos, o se recuperan entre otras especies, acompañando a hayas o robles, pero desafortunadamente, también muchas laderas antes pobladas, y ahora roturadas o deforestadas, sufren una erosión irreversible; por eso hay que subrayar el importante papel que juega el melojo fijando con sus raíces extendidas los terrenos más sueltos y bombeando nutrientes y bases del subsuelo para dejarlos en superficie.

La marcescencia o retraso de la caída de las hojas es un fenómeno que no se conoce completamente, aunque está claro que es una variante de la caducifolia en la que la separación de las hojas no se produce hasta el empuje de las yemas foliares en la siguiente estación. Con el acortamiento otoñal del fotoperiodo las plantas reabsorben los nutrientes y el agua de las hojas. Cierran los vasos conductores y dejan unidos los peciolos a las ramas de forma mecánica. Si el viento no lo impide, esta ligera sujeción es suficiente para que el árbol conserve las hojas secas hasta la llegada de la primavera.
El comportamiento de los individuos de la misma especie no es enteramente idéntico. Los rebrotes de cepa, individuos jóvenes, o ramas inferiores de los troncos adultos, conservan mayor número de hojas marchitas que las ramas elevadas, que frecuentemente pierden su cubierta. En cualquier caso, la relación entre la marcescencia y el temperamento intermedio del melojo, a caballo entre el mundo mediterráneo —perennifolio— y el atlántico —caducifolio— constituye un misterio. No está claro que conservar las hojas pueda suministrar ventajas, aunque quizás suponga mayor grado de protección para las yemas foliares.

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