Provincia jesuítica del Paraguay

La provincia jesuítica del Paraguay (en latín: Paraqvaria) fue una de las provincias de la Compañía de Jesús en Sudamérica antes de su expulsión del territorio del Imperio español entre 1767 y 1768. La sede del padre provincial se encontraba en la ciudad de Córdoba, en el entonces virreinato del Perú.

En el territorio de la provincia (luego de la separación de Chile) existieron los colegios de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, La Rioja, Salta, Santa Fe, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Tarija, Belén y Asunción, la Universidad de Córdoba, las residencias de Catamarca y de Montevideo.[1]

Antecedentes

El Consejo de Indias solicitó el envío de misioneros a las Indias presentando la petición al general de los jesuitas y fundador de la orden, Ignacio de Loyola, quien se mostró interesado. A pesar de tener conocimientos de las condiciones espirituales de los pobladores de esta región y aún de sus necesidades, Loyola consideró que su compañía todavía no reunía las cualidades para semejante proyecto. Recién después de su muerte los jesuitas llegaron a las gobernaciones del Río de la Plata y del Tucumán.

Enviados por el provincial de la orden en el Perú, Juan de Atienza, el 26 de noviembre de 1585 los sacerdotes jesuitas Francisco Angulo y Alonso de Bárcena y el hermano Juan de Villegas arribaron a Santiago del Estero procedentes de la misión de Juli en el Alto Perú.[2] Misionaron en los valles Calchaquíes, el Gran Chaco y en el Paraguay, en donde se unieron a un grupo de jesuitas procedentes de la provincia jesuítica del Brasil (creada en 1549) llamados por el obispo de Asunción, que llegaron a esa ciudad el 11 de agosto de 1588: Manuel Ortega, Tomás Fields y Juan Saloni -quien era el rector del grupo-. Todos conocedores del idioma tupí, similar al idioma guaraní. Los dos primeros se dirigieron a explorar el Guayrá y luego se establecieron en Villa Rica del Espíritu Santo. El general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, dispuso en 1587 que las nuevas misiones jesuitas del Paraguay dependiesen de la provincia jesuítica del Perú (creada en 1568), separando las misiones de la provincia del Brasil (por entonces España y Portugal tenían el mismo rey).

Desde el Tucumán fueron enviados Alonso de Bárcena, Marcelo Lorenzana y Juan Aguilar, que llegaron al Paraguay en 1593. Juan Romero fue el primer superior de las misiones jesuíticas de la provincia del Paraguay dependientes del Perú. Lorenzana y Saloni exploraron el Guayrá. El provincial jesuita de Perú, Esteban Páez ordenó el abandono de la misión y los sacerdotes se dirigieron al Tucumán, permaneciendo solo en Asunción el anciano Tomás Fields.

Acquaviva decidió que los misioneros de la provincia se establecieran en misiones estables, en vez de las volantes, y propuso la división de la provincia del Perú en dos viceprovincias.[3] Luego de acordar en Lima que se separaran de la provincia del Perú dos viceprovincias, una en el Nuevo Reino de Granada, incluyendo a Quito, y la otra al sur con sede en Santa Cruz de la Sierra, el padre Diego de Torres Bollo negoció en Roma y España para llevar adelante el proyecto. Sin embargo, Acquaviva no abandonó se idea original y decidió crear una provincia en el sur del virreinato del Perú:

(...) y así, después de haberlo encomendado a Nuestro Señor y ofrecido a esta intención muchas misas, hemos determinado que del Tucumán y del Paraguay se haga una provincia distinta e independiente de la del Perú.

Carta a Torres, con fecha 9 de febrero de 1604

Al retornar Torres a Lima en 1603 el provincial del Perú no cumplió la decisión de Acquaviva y llevó adelante la creación de las dos viceprovincias propuestas: la del Nuevo Reino de Granada a cargo de Diego de Torres, y la de Santa Cruz de la Sierra (o de la Sierra) a cargo de Diego Álvarez de Paz. Consultado Acquaviva, desaprobó lo realizado y ordenó la creación de la provincia del Paraguay.[4]

La razón potísima que de ahí escriben V.R. y otros, que no se ejecutó por falta de gente, bien ve V.R. cuan poca fuerza tiene, pues es muy diferente el haberse de cumplir una orden que de acá enviamos y el dejarlo de ejecutar, por no poderse hacer con muchos sujetos, pudiéndose haber hecho con poco lo que era más conforme a lo que escribimos.

Carta a al provincial del Perú, con fecha 9 de febrero de 1604
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