Prisionero de guerra

Soldados de Austria-Hungría hechos prisioneros de guerra en Rusia durante la Primera Guerra Mundial; una fotografía en color de 1915 tomada por Serguéi Prokudin-Gorski.
Prisioneros de guerra alemanes capturados tras la caída de Aquisgrán, en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial.

Un prisionero de guerra (PDG, en inglés: Prisoner of War, POW, PoW o PW) es un soldado, piloto o marino que es hecho prisionero por el enemigo durante o inmediatamente después de un conflicto armado. Existen leyes para asegurarse de que los prisioneros de guerra serán tratados humana y diplomáticamente. Las naciones varían en el cumplimiento de tales leyes.

El artículo 4 de la Tercera Convenios de Ginebra protege al personal militar capturado, algunos guerrilleros y ciertos civiles. Esto se aplica desde el momento de la captura hasta cuando es liberado o repatriado. Uno de los principales puntos de la convención hace que sea ilegal torturar a los prisioneros, y al prisionero sólo le pueden pedir su nombre, fecha de nacimiento, rango y número de servicio (si es aplicable).

El estatus de prisionero de guerra no incluye desarmados o no combatientes capturados en tiempo de guerra, los cuales están protegidos por la Cuarta Convención de Ginebra algo más que por la tercera.

Historia

Antigüedad

En un principio, los prisioneros de guerra eran sacrificados bárbaramente pero después se les redujo a esclavitud. En la Antigüedad, las leyes de guerra autorizaban a ahorcar, degollar o mutilar a los hombres válidos de una ciudad tomada por asalto (y lo mismo ha sucedido modernamente, por ejemplo en Tarragona tras el asalto de los franceses en 1811) y a vender a las mujeres y los niños. Ni los lacedemonios, ni los romanos hasta después de las guerras púnicas hacían prisioneros, pues mataban a los que caían en su poder y sólo rara vez hacían trueques. Posteriormente, los prisioneros de guerra eran vendidos como esclavos.[1]

Edad Media

Durante la Edad Media, se libraron varias guerras religiosas particularmente encarnizadas. En la Europa cristiana, el exterminio de los herejes o "no creyentes" era deseable. Ejemplos de esto incluyen la Cruzada albigense del siglo XIII y las Cruzadas Bálticas[2] Asimismo, los habitantes de las ciudades conquistadas eran masacrados con frecuencia durante las Cruzadas contra los musulmanes en los siglos XI y XII. Los nobles podían esperar ser rescatados: sus familias debían enviar a sus captores grandes sumas de bienes de acuerdo con el estatus social del cautivo.

En la Arabia preislámica, tras la captura, los cautivos no ejecutados eran obligados a rogar por su subsistencia. Durante las reformas tempranas del Islam, Mahoma cambió esta costumbre, y el gobierno islámico se hizo cargo de proveer alimentación y vestimenta en una cantidad razonable a los cautivos, sin importar cuál fuese su religión. Si los prisioneros estaban en custodia de una persona, entonces la responsabilidad recaía en el individuo.[4]

La Paz de Westfalia de 1648, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, estableció la regla de que los prisioneros de guerra debían ser liberados sin rescate al final de las hostilidades y que debían permitírseles retornar a sus hogares.[5]

Tiempos modernos

Durante el siglo XIX, se incrementaron los esfuerzos para mejorar el tratamiento y el proceso de los prisioneros. El periodo extensivo del conflicto durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y las Guerras Napoleónicas (1793-1815), seguidas por la Guerra Anglo-Estadounidense de 1812, llevó al surgimiento de un sistema de carteles para el intercambio de prisioneros, incluso cuando los beligerantes estaban en guerra. Un cartel era usualmente acordado por el servicio armado respectivo para el intercambio de personal del mismo rango. El objetivo era lograr una reducción en el número de prisioneros aprehendidos, mientras que al mismo tiempo se aliviaba la escasez de personal calificado en el país de origen.

Más tarde, como resultado de estas convenciones emergentes, se celebraron varias conferencias internacionales, empezando con la Conferencia de Bruselas de 1874, donde las naciones estuvieron de acuerdo en que era necesario prevenir el trato inhumano de los prisioneros y el uso de armas que causaran daño innecesario. Aunque no se ratificaron inmediatamente acuerdos por parte de las naciones participantes, el trabajo continuo resultó en la adopción de nuevas convenciones que fueron reconocidas como Derecho internacional, en las que se especificaba la exigencia de que los prisioneros de guerra fueran tratados humanamente.

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