Presura

La presura es una forma de apropiación territorial que se documenta entre Galicia y el Alto Aragón, a partir de finales del siglo VIII. La mayor parte de los testimonios aparecen en los siglos IX y X, si bien se encuentran también en siglos posteriores. El término designa tanto la acción de apropiarse como el espacio resultante de la apropiación.

La palabra presura y sus variantes (pressuaras, apresura, adpresuras, presiones, presuria, appresura, presone)[2] que significan roturar, desbrozar un terreno.

La presura ha sido un tema ampliamente tratado por la historiografía medieval, desde que en el siglo XIX Alexandre Herculano (1810-1877) comenzase a investigar sobre la despoblación y repoblación del valle del Duero a raíz de la conquista musulmana. Durante el siglo XX, aparecieron otras concepciones sobre la presura, que en ocasiones han sido contrapuestas. Se pueden sistematizar los estudios sobre este fenómeno en tres grupos: la explicación vinculada a la Reconquista y repoblación, las propuestas relativas a la aculturación de los pueblos del norte y las nuevas tendencias surgidas desde mediados de los años noventa del siglo XX.

En las décadas centrales del siglo XX, las investigaciones se hicieron en el marco de la Historia del Derecho y de la Reconquista como eje de la Historia medieval española. Los principales representantes de esta corriente fueron el historiador del Derecho Ignacio de la Concha[5] Estos autores definen la presura como la fórmula que permite colonizar el yermo, es decir, las tierras despobladas tras el dominio islámico y la conquista cristiana. Esta acción se entiende como una ocupación del territorio en dirección norte-sur, protagonizada por poblaciones cristianas del norte que se establecen en el sur de la cordillera Cantábrica y en el valle del Duero.

Se distinguen dos tipos de presura: la oficial y la espontánea.[6]  La oficial es la que se lleva a cabo bajo la dirección del rey o de sus agentes. Estos pueden distribuir la tierra entre colonos o bien encomendar su colonización a aristócratas. La espontánea se realiza por campesinos o comunidades monásticas sin contar en un principio con el beneplácito de la monarquía. Estas últimas, tras cierto tiempo, demandarán la aprobación del rey. A pesar de tratarse de una concesión real, los campesinos podían dejar en herencia las tierras a sus descendientes o realizar acciones de compraventa sin supervisión, es decir, poseían cierta autonomía en la gestión de estas tierras. Por estas circunstancias, no hay unanimidad entre estos autores a la hora de considerar esta forma de posesión como propiedad plena.

Desde finales de los sesenta y hasta principios de los noventa, José Ángel García de Cortázar[10]

A partir de mediados de los noventa, medievalistas como Carlos Reglero y Ernesto Pastor, descartan el concepto del yermo como realidad física, entienden que la aculturación no es un fenómeno relevante y relacionan la presura con el crecimiento agrícola y demográfico altomedieval.[12]

Siglos XIV y XV

Se produjeron las últimas repoblaciones en Andalucía, en la cuenca del Guadalquivir al tomar los reinos taifas de Valencia, Murcia y Granada, donde se dispersó a la población musulmana. Esta última fase se denominó Repartimiento, y la tierra se repartió en grandes lotes dando lugar a latifundios.

Así pues, sólo en las zonas despobladas del valle del Duero y del Ebro y sólo en los primeros momentos de la Reconquista, se dio el caso de la repoblación espontánea por presura o aprisio. Luego se necesitó concesión real tanto en caso de que los colonos fueran civiles (repoblación concejil o municipal), nobles (repoblación nobiliaria) u órdenes monásticas (repoblación eclesiástica), órdenes que podían ser militares o no.

Esta repoblación se explica en una sociedad rural y en una zona en continuo peligro de incursiones guerreras: era la recompensa para que los desposeídos se atreviesen a abandonar lugares seguros y cultivaran las tierras fronterizas.

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