Presidente de la Comisión Europea

Presidente de la Comisión Europea
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Titular
Jean-Claude Juncker
Desde el 1 de noviembre de 2014

Sede Berlaymont, Bruselas, Bélgica
Designado por Parlamento Europeo (mayoría absoluta) a propuesta del Consejo Europeo
Duración 5 años, renovables por una vez
Primer titular Walter Hallstein
Creación 1 de enero de 1958 (entrada en vigor del Tratado de Roma)
Salario €306 655 p. a.
Suplente Vicepresidente de la Comisión Europea
Sitio web Presidente Juncker
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El presidente de la Comisión Europea (también presidente del Colegio de Comisarios, o primer comisario) es el más alto funcionario ejecutivo de la Unión. Encabeza la institución que ostenta el brazo ejecutivo del poder comunitario. El Presidente dirige y coordina la acción política y la administración de la Comisión Europea y supervisa sus trabajos. Imparte instrucciones a los demás comisarios e impulsa la actividad del colegio. La institución que preside, la Comisión, es la encargada de la ejecución del presupuesto y las políticas, de elaborar en exclusiva los proyectos legislativos y de velar por el cumplimiento efectivo del Derecho en las condiciones establecidas por los Tratados. El Presidente de la Comisión representa a la Unión al más alto nivel exterior en las materias ajenas a la PESC.[2] Es designado por el Parlamento Europeo, por mayoría absoluta, para un mandato de 5 años a propuesta del Consejo Europeo en función de los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo.

Historia

La historia general del cargo de Presidente está marcado por una incuestionable tendencia hacia la concentración del poder que los tratados atribuyen a la Comisión Europea en la figura de su Presidente, al que se dota, primero de facto y luego a través de su reflejo en los tratados, de crecientes facultades de dirección interna y coordinación política. De acuerdo con esta progresiva implantación de un método presidencialista en el funcionamiento del Colegio, el Presidente de la Comisión reubica su papel político, desde el inicial de primus inter pares que se acordaba en los tratados de París y de Roma hasta el de verdadero jefe de gabinete o jefe del ejecutivo que configuran los tratados desde Maastricht en adelante, cada vez más acusadamente.

París y Roma: primeros presidentes

Con la creación de la Alta Autoridad de la CECA (Tratado de París de 1951) y la designación de uno de sus miembros como presidente, se dio origen a un modelo que, primero calcado en las otras dos comunidades europeas ( CEE y Euratom) y luego, merced al Tratado de fusión de las instituciones firmado en Bruselas en 1965, está en el origen de la actual institución que conocemos como Comisión Europea. En el seno de este órgano colegiado, nombrado de común acuerdo por los Estados miembros, se distinguía a uno de sus miembros con la condición de presidente. Pero la escasa contemplación que de esta figura hacían los tratados, sumado a la falta de voluntad política de los gobiernos nacionales de dotarlo de una autoridad clara, parecían apuntar más a un coordinador de los trabajos del Colegio que a una verdadera autoridad política. No obstante, dada la finalidad de las Comunidades Europeas, que superaba a todas luces la función de cooperación económica internacional que parecía desprenderse de su letra y situaba en una integración política progresiva de los pueblos de Europa su verdadero horizonte, desde pronto pudo apreciarse que tanto la Alta Autoridad/Comisión como su presidente estaban revestidos de una autoridad política y de vigilancia moral más rotunda de la que preveían los tratados. A esto quiso sumarse la designación para el puesto de presidente de personajes dotados de relevancia política y un fuerte compromiso europeo. Así fue como se escogió a Jean Monnet, inventor del método comunitario y posiblemente el más relevante y empeñado constructor de la Europa unida; para la presidencia de la Comisión de la más relevante de las Comunidades, la CEE, se escogió al decisivo ministro alemán de asuntos exteriores, el federalista Walter Hallstein.

La fusión de ejecutivos

Sin embargo, las tensiones que causaba la irrupción de esta forma de gobernanza supranacional en los viejos Estados-nación europeos emergerían significativamente en 1965 con dos acontecimientos relevantes, pero de signo opuesto: la firma del Tratado de fusión de las instituciones de las tres Comunidades Europeas en un solo cuerpo, y la dimisión del Presidente Hallstein, forzada por el temible general De Gaulle. En efecto, pocos meses después de su dimisión, el Presidente de la Comisión había sometido a la consideración del Consejo su Plan de Reforma Agraria y el gobierno francés se había opuesto vivamente. Aquel Plan, germen de la política agrícola común, estaba destinada a convertirse en el baluarte de un poder comunitario en auge, y con él las competencias de la Comisión crecerían considerablemente. Además preveía un sistema financiero de recursos propios para la Comunidad. La oposición de De Gaulle fue tal que el gobierno francés desertó de todas las reuniones del Consejo, imponiendo un veto indirecto al faltar la unanimidad necesaria. La resolución posterior de este enfrentamiento a través del "Compromiso de Luxemburgo" no calmó las iras del viejo general, y finalmente Hallstein dimitió.

Simultáneamente al nacimiento de esta crisis, los Seis firmaron en abril un Tratado por el que convinieron en la fusión de los tres ejecutivos comunitarios en una sola Comisión, y de las tres nonatas asambleas parlamentarias en una sola cámara, y asimismo en crear un solo Tribunal de Justicia. Estas disposiciones, que entrarían en vigor en 1967, sentaron las bases de un ejecutivo fuerte y unificado, cuya presidencia recaería en el político belga Jean Rey, mucho menos ambicioso que Hallstein, a quien sustituyó en 1967.

Delors y el gran salto adelante

Presidencialismo y control parlamentario

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