Población negra en Argentina

Vendedores africanos en Buenos Aires.

La población negra en Argentina, procedente de la trata de esclavos durante los siglos de la dominación española del Virreinato del Río de la Plata, ha contado con un papel importante en la historia argentina. Llegó a conformar más de la mitad de la población de algunas provincias durante los siglos XVIII y XIX, y ejerció un profundo impacto sobre la cultura nacional, aunque disminuyó marcadamente en número a lo largo del siglo XIX.

A mediados del siglo XIX comenzó una gran ola de inmigración en Argentina fomentada por la Constitución de 1853, la cual contribuyó en gran medida al crecimiento poblacional en Argentina, después de todo, fue en efecto Argentina el segundo país en el mundo que recibió la mayor cantidad de inmigrantes, con 6.6 millones, debajo solamente de los Estados Unidos con 27 millones, y por encima de países como Canadá, Brasil, Australia, etc.[2] Dicho argumento se sostendría en una "invisibilización" de los afro-argentinos por cruza interracial con los inmigrantes europeos.

Otra causa de disminución de la población afroargentina fue la elevada tasa de mortalidad de sus comunidades, su aparente desaparición fue más el resultado de una representación historiográfica que los daba por exterminados que una realidad empírica.

Del 6 al 13 de abril de 2005 se realizó la Prueba Piloto de Afrodescendientes en los barrios de Monserrat, en Buenos Aires, y en Santa Rosa de Lima, en Santa Fe, verificándose que el 3 % de la población sabe que tiene antepasados provenientes del África negra. Esto respalda al estudio del Centro de Genética de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires que estimó en un 4,3 % el porcentaje de habitantes de Buenos Aires y del conurbano que tiene marcadores genéticos africanos.[4]

A comienzos del siglo XX llegaron inmigrantes africanos oriundos de Cabo Verde; pero estos no lo hicieron como esclavos o empujados por las guerras. Eran expertos marineros y pescadores. Se calculó que vivirían en el país más de 10 000 caboverdianos y sus descendientes.[5]

De acuerdo a los datos suministrados por el último Censo Nacional, en 2010 la población afrodescendiente de Argentina ascendía a 149.493 personas (0,4% del total). De este total unos 137.583 eran Afro-argentinos (el 92%), y los restantes 11.960 (8%) provenían de otros países, en su mayoría americanos.[6]

Introducción y origen de negros durante la colonia

Esclavitud de Debret. Las potencias europeas impusieron en las colonias americanas un sistema esclavista que tuvo su origen en el transporte hacia estas de decenas de miles de personas secuestradas en el África subsahariana.

Como parte del proceso de conquista, el régimen económico de las colonias europeas en América desarrolló distintas formas de explotación forzada del trabajo de los nativos. Sin embargo, la relativamente baja densidad poblacional de algunos de los territorios americanos, la resistencia opuesta por algunos grupos aborígenes a la aculturación y sobre todo la elevada tasa de mortandad que el sometimiento, el tipo de trabajo y las enfermedades introducidas por los europeos provocó en la población nativa, llevaron a complementar la mano de obra que estos proporcionaban con esclavos procedentes del África subsahariana.

Hasta bien entrado el siglo XIX, la explotación minera y la agricultura constituyeron el grueso de la actividad económica en América. Buena parte de este trabajo fue llevado a cabo por mano de obra en régimen de esclavitud o similar. Los africanos ofrecían a los conquistadores la ventaja de haber estado ya expuestos, por su proximidad geográfica, a las enfermedades europeas, y a la vez estar adaptados al clima tropical de las colonias. El ingreso de esclavos africanos comenzó en las colonias del Río de la Plata en 1588, aunque estos primeros arribos fueron en gran parte obra del contrabando, y el tráfico prosperó a través del puerto de Buenos Aires cuando se concedió a los británicos el privilegio de ingresar una cuota de esclavos a través de éste. Los reyes de España celebraban, para proveer esclavos a las Indias Orientales, contratos de asiento con diversas compañías, principalmente portuguesas y españolas. En 1713 Inglaterra, victoriosa en la Guerra de Sucesión Española, ejerció el monopolio de este comercio. El último asiento se pactó con la Real Compañía de Filipinas en 1787. Hasta la prohibición de 1784 los negros eran medidos y luego marcados con hierro.

En cuanto a su procedencia antes del siglo XVI habían llegado esclavos en números relativamente reducidos a partir de las islas de Cabo Verde, pero la mayoría de los africanos que se introdujeron a la Argentina procedían de los territorios de la actual Angola, la República Democrática del Congo, Guinea y la República del Congo, pertenecientes al grupo étnico que habla la familia de lenguas bantúes. De los grupos yoruba y ewé, que fueron llevados en grandes números al Brasil, la inmigración fue más reducida.

Se calculó que 60 000 000 de africanos fueron enviados a América, de los cuales sólo llegaron con vida 12 000 000, que en América del Sur ingresaron fundamentalmente a través de los puertos de Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro.[7]

Los esclavos se destinaron a las labores de agricultura, ganadería, el trabajo doméstico y en menor medida la artesanía. En las zonas urbanas, muchos esclavos desarrollaban labores de artesanía para la venta, cuyos réditos percibían sus patrones. Los barrios porteños de San Telmo y Montserrat alojaron a gran cantidad de los mismos, aunque la mayor parte fue a dar al interior. El censo llevado a cabo por Juan José de Vértiz y Salcedo en 1778 arrojó resultados muy elevados en las provincias de mayor producción agrícola: el 54 % en la provincia de Santiago del Estero, el 52 % en la provincia de Catamarca, el 46 % en la provincia de Salta, el 44 % en la provincia de Córdoba, el 42 % en la provincia de Tucumán, el 24 % en la provincia de Mendoza, el 20 % en la provincia de La Rioja, el 16 % en la provincia de San Juan, el 13 % en la provincia de Jujuy, el 9 % en la provincia de San Luis.[7] En otras provincias constituían una parte importante de la población. Uno de los barrios bajos de la ciudad de Corrientes lleva hasta hoy el nombre de «Camba Cuá» —del guaraní kamba kua, 'cueva de los negros'.

En cuanto a la ciudad de Buenos Aires el mismo censo cifró en 15 719 la cantidad de españoles, 1288 la de mestizos e indios, y de 7268 la de mulatos y negros; en 1810 se contabilizaron 22 793 blancos, 9615 negros y mulatos, y sólo 150 indígenas. La zona más densamente poblada de negros estaba situada en el barrio de Montserrat, también llamado Barrio del Tambor, a pocas cuadras del actual Congreso de la Nación.

Las naciones

Los negros y sus descendientes no pudieron olvidar, como era lógico, sus antiguas costumbres, sus creencias y su lenguaje, vale decir su cultura originaria, sino después de muchas generaciones mientras se iban mestizando y adaptando al suelo argentino. Las leyes rioplatenses aceptaron con limitaciones la reedición de costumbres tan diferentes, especialmente los cánticos y las danzas desenfrenadas que aturdían y hasta aterrorizaban a los vecinos considerados "decentes" del Buenos Aires colonial.

Muchas veces tales danzas fueron duramente censuradas por las autoridades, prohibidas o aisladas en reductos o lugares propios que los negros llegaron a adquirir en propiedad: humildes ranchos de paja y adobe, el "cuarto de tierra" llamado tambo o candombe donde los negros organizados en naciones según su procedencia, con sus propias autoridades se reunían periódicamente para danzar y cantar al ritmo de sus instrumentos. Solían agruparse en sociedades a las que llamaban «naciones», algunas de ellas fueron Conga (de morenos), Cabunda, Africana argentina, Mozambique etc.[8]

Las sedes de ellas tenían en común ser lugares abiertos aplanados artificialmente y arenados para el baile; y otros cerrados con espacio interior libre. En algunos casos las salas eran alfombradas y encortinadas gracias al desprendimiento de algún amo. La nación tenía su rey y reina, (que en realidad eran elegidos democráticamente y no tenían corte) y contaban con un trono que se levantaba en el mejor lugar de la sala, con su bandera, que cada nación la tenía. También había un estrado o al menos una tarima, que entre otras cosas era utilizado para recibir a los grandes dignatarios, como Juan Manuel de Rosas, esposa e hija, como se los ve en un cuadro de Martín Boneo. En la sede se efectuaban tertulias y bailes.

A su vez las sociedades de negros se aglomeraban en los barrios, como el del Mondongo o el del Tambor. El primero fue uno de los más importantes en Buenos Aires y se componía de 16 manzanas, en el barrio de Monserrat. Su nombre provino del hecho de que consumían grandes cantidades del mismo, que vendían los vendedores al grito de ¡Mondongo, mondongo!. En cuanto al nombre Tambor, de la segunda, era muy común que siempre algún pueblo tuviera una nación con ese nombre, pues era su instrumento favorito para sus bailes y canciones.

A veces los esclavos eran comprados por los particulares directamente en el exterior por medio de un comisionado. Por ejemplo, una carta enviada desde Río de Janeiro decía:

Muy señor mío: por la goleta Ávila remito a usted la negrita que me encargó comprar aquí. Tiene unos trece o catorce años, ha nacido en el Congo, y se llama María. Hago constar que he recibido los quinientos pesos, importe de la compra. Saluda a ud. Su afmo. y S.S.

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