Plaza de Santa Ana (Madrid)

La plaza de Santa Ana en mayo de 2013. Al fondo, el monumento a Calderón de la Barca, ante el edificio Simeón.

La plaza de Santa Ana (también llamada plaza del Príncipe Alfonso) es un espacio abierto del barrio de Cortes, en el distrito Centro de Madrid. Data de 1810 y a lo largo de su historia ha sufrido numerosos procesos de urbanización que han modificado su aspecto con diversa fortuna. En su perímetro se encuentran edificios como el del Teatro Español y el Hotel Reina Victoria, y esculturas de dramaturgos como Pedro Calderón de la Barca y Federico García Lorca. Situada en el corazón del llamado barrio de las Letras, su espacio queda delimitado por la calle del Príncipe, al este, la calle del Prado, al sur, dando solo numeración a sus flancos oeste y norte, donde confluyen la plaza del Ángel y la calle Núñez de Arce.[1]

Pasar por la plaza de Santa Ana era entrar en un remanso y perderse en un pequeño laberinto de caminos y árboles... Hay noches en que no podría digerir la verdad de la noche si no paso un momento por la plaza de Santa Ana.
—Ramón Gómez de la Serna (1931)

Historia

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La plaza se encuentra en el espacio de la manzana 215,[9]​ De forma oficial, la Segunda República Española, le otorgó en abril de 1933 el nombre que conserva en el primer cuarto del siglo xxi.

La plaza modificaría parte de su trazado a partir de octubre de 1850, cuando se aprueba el derribo de los últimos edificios de la calle del Príncipe que ocultaban el Teatro Español, que, concluidas las demoliciones en 1868, pasó así a presidir la plaza.[7]

Un reportaje recogido en la revista Nuevo Mundo, en el año 1900, recoge la tradición que tuvo en esta plaza como mercadillo ornitológico, y la noticia de la propuesta de crear en 1861 una galería acristalada con el nombre de "Mercado de pájaros y flores", que finalmente no debió cuajar.[7]

En 1925 se convierte en la primera plaza ‘peatonal’ de Madrid tras las reformas del entonces Jardinero Mayor de la Villa, Cecilio Rodríguez, que fiel a su estilo clasicista limpio y ordenado creo un conjunto tan académico como impopular y carente de romanticismo. No le gustó a los madrileños y mucho menos a los bares, tascas y cervecerías que se quedaron sin terrazas durante casi un cuarto de siglo.[7]

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