Piratería en Canarias

La Piratería en las Islas Canarias se desarrolla debido a la situación estratégica del archipiélago canario como puente comercial entre Europa, África y América y encrucijada de rutas marítimas.[1]

Los inicios de la piratería en Canarias

El auge de la piratería vino asociada al descubrimiento y la posterior explotación de América y a los conflictos entre las grandes potencias. Aunque los piratas, en teoría, estaban fuera del control y del amparo de cualquier nación, éstas se aprovechaban, e incluso llegaban a apoyarlos, siempre que las víctimas fueran sus más acérrimos enemigos, por lo que a veces se puede confundir entre un pirata y un corsario. Las islas Canarias y las Azores se convirtieron en lugares estratégicos en las rutas marítimas de Europa, América y Asia (en la ruta hacia el Océano Índico bordeando África).[1]​ Los preciados tesoros y especies de la nueva tierra descubierta eran un gran botín para los piratas. Como estos tesoros americanos recalaban en las islas Canarias o en las islas Azores en su rumbo a Europa, la piratería no tardó en emerger en los mares cercanos a las islas. Esta situación estratégica provocaba también que los barcos que iban a América pasaran por las islas a aprovisionarse de agua y alimentos, y de camino atacasen alguna población costera.

En Canarias actuaron piratas de todas las nacionalidades, pero principalmente fueron ingleses, franceses, berberiscos y de los Países Bajos.[1]

Representación del ataque del almirante holandés Pieter van der Does a Las Palmas de Gran Canaria (1599).

Desde los primeros años de conquista se produjeron ataques que lo que pretendían era el saqueo y la captura de indígenas guanches para ser esclavos. Los berberiscos actuaban arrasando los poblados que existían en represalia con las cabalgadas que se hacían en el norte de África. En el siglo XVI, bajo el reinado Carlos I, el territorio llegó a su máxima extensión con los territorios europeos y americanos. Motivados por la rivalidad española con Francia, los primeros piratas que actuaron en las Canarias durante su reinado fueron franceses que no se conformaban con los barcos, sino que también entraban en los pueblos costeros y los arrasaban. La rapiña era habitual en estos primeros piratas. Sin embargo, durante el reinado de su hijo, Felipe II, principalmente tras la muerte de su esposa María Tudor de Inglaterra, los piratas ingleses comenzaron a azotar las costas canarias a consecuencia de la gran rivalidad hispano-inglesa.[2]​ En los años finales del siglo XVI se sumarían a esta actividad los holandeses.

En el siglo XVII, la piratería en Canarias se intensificó, en gran medida por el debilitamiento del imperio español y a las numerosas guerras con Francia y Flandes. La inseguridad, no sólo para navegar por las islas, sino también de la vida de los isleños frente a los ataques piratas, hizo que se creara la figura del Capitán General con funciones tanto militares como políticas. Llegaron a Canarias una serie de ingenieros para dotar de torres y castillos a las costas canarias con que hacer frente a los ataques de piratas y de otras fuerzas enemigas de los españoles.[3]​ Entre estas torres defensivas o castillos destacan; los de San Andrés, San Cristóbal, Garachico, San Felipe y el Castillo Negro en Tenerife; En La Palma el Castillo de Santa Catalina; En Gran Canaria los de Gando y San Pedro; En Fuerteventura el Castillo de El Cotillo y el de Caleta de Fuste; y la Torre del Águila, en Lanzarote.

En el siglo XVIII, los ataques ingleses se multiplicaron. Ya no sólo con el objeto de obtener tesoros y hacer rapiña, también con la intención de invadir y ocupar las islas. Muchos de estos ataques fueron repelidos en las ciudades más importantes, pero en las islas menores estos piratas tuvieron éxito debido a la debilidad defensiva de las poblaciones.

Durante esta época también surgieron corsarios y piratas canarios generalmente vinculados al comercio atlántico con América, los cuáles saqueaban las naves británicas, francesas y holandesas que encontraban en aguas canarias y a lo largo de la ruta hacia El Caribe. El más destacado corsario canario fue el tinerfeño Amaro Pargo, a quién el monarca Felipe V de España benefició frecuentemente en sus incursiones comerciales y corsarias: le otorgó una Real orden dada en el Palacio de El Pardo de Madrid en septiembre de 1714 en el que lo nombra capitán de un navío comercial con destino a Caracas.[6]

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