Pintura de Rusia

La pintura de Rusia tiene una historia que se puede dividir en cinco fases esenciales.

Dado que no han llegado a nuestros días ejemplos de tradición pictórica entre los pueblos eslavos precristianos,[1] la historia de la pintura rusa comienza con la cristianización del Jaganato de Rus, ocurrida en torno al 860, cuando el intercambio cultural con el Imperio bizantino llevó allí la tradición de la pintura de iconos. Hasta el siglo XVIII el género predominante fue la pintura religiosa. La occidentalización del país por Pedro el Grande, creó, en menos de medio siglo, una escuela de pintura enteramente nueva, de carácter profano, relacionada con los finales del Barroco que se desarrollaba en el resto de Europa. La pintura rusa se integró en la evolución general del arte europeo, asimilando nuevas tendencias. A mediados del siglo XIX surgió una nueva escuela nacional. La pintura rusa contribuyó de manera trascendente al arte de Occidente con ocasión de las vanguardias de principios del siglo XX, cuando pintores como Kandinski o Malévich fueron los precursores de la pintura abstracta. Cerca de una década después de la Revolución de 1917, las vanguardias quedaron proscritas y los pintores fueron obligados por el Estado a seguir una estética figurativa populista, originando el estilo conocido como Realismo socialista, que sólo perdió fuerza cuando comenzó a liberalizarse el régimen político a finales del siglo XX. Un grupo de artistas underground comenzaron a contestar las fórmulas de arte oficial e introdujeron conceptos contemporáneos en la pintura rusa, diversificando sus horizontes y abriendo el arte local al mundo.

Edad Media

De la Edad Media quedan frescos, miniaturas y, sobre todo, iconos. Existe una fuerte influencia bizantina en el arte de esta época. A veces se transmite directamente por medio de artistas de origen griego como Máximo y, sobre todo, Teófano o Teófanos el Griego ( siglo XIV), pintor de frescos e iconos.

Iconos

La tradición de la pintura de iconos en Rusia fue importada del Imperio bizantino, que dotó al estado recién cristianizado con los materiales necesarios para la liturgia, incluyendo las representaciones religiosas de santos y mártires de la religión.

Anónimo: Virgen de Vladímir, h. 1125.
Escuela de Nóvgorod: La deposición en el sepulcro, finales del siglo XV.

Surgen las primeras escuelas nacionales en torno a la elaboración de iconos. El centro de cultura de entonces era Kiev, hoy perteneciente a Ucrania, y posiblemente los primeros pintores activos en esta ciudad fueran griegos o eslavos bizantinizados, que sirvieron de maestros para la formación de una escuela local de pintura. La primera producción de la que se llamó escuela de Kiev seguía estrechamente el estilo bizantino, pero luego pasó a tener características propias, evidentes en la selección de los colores y en la dimensión de las imágenes, así como en la expresividad de las figuras, de las cuales el Cristo Pantocrator, uno de los modelos formales más importantes de esta época, fue presentado con un aspecto más benevolente y humano que en el patrón original. Obra maestra de la iconografía rusa es la Virgen de Vladímir, conservada en Moscú. Representa a la la Virgen María con el Niño Jesús que, aun siendo de origen bizantino (fue regalada al gran duque Yuri Dolgoruki de Kiev en torno al año 1131 por el Patriarca griego Lucas Chrysoberges), luego se volvió modelo para incontables copias y variaciones, definiendo una de las tipologías más populares de toda la iconografía sacra rusa y siendo hasta hoy una de las imágenes más veneradas en todo el país. En 1240 Kiev fue tomada y completamente incendiada por los mongoles, y la actividad artística principal se trasladó a Nóvgorod.[3]

La escuela de Nóvgorod, activa ya en el siglo XI vivió su mejor época entre el siglo XII y el XIV. Ajena a la ocupación mongola, se convirtió en el principal centro artístico del país antes de ser suplantada por Moscú. Su primera fase prefirió iconos en frescos, de los cuales los ejemplos más antiguos están en la Iglesia del Salvador en Nereditsa y en la Iglesia de San Jorge en Stáraya Ládoga. La escuela de Nóvgorod se distingue por la intensidad de los colores, aplicados sin mezcla o gradaciones de tonos, un sombreado mínimo, el dibujo enérgico y preciso, y una preferencia por la composición clara con una simbología simple y fácilmente legible por el pueblo. En el siglo XIII cambia el estilo: los colores se suavizan, la composición gana en dinamismo y espontaneidad y predomina más el aspecto gráfico que lo pictórico. A diferencia de Kiev, más bizantina, la escuela de Nóvgorod asimila elementos del arte folclórico local, el aspecto de sus figuras es menos hierático y más humanizado, parecidas a la gente rusa. Su mirar fijo y penetrante establecía un contacto directo con el espectador, logrando una expresión más soñadora, indirecta e introspectiva.

En el siglo XII también se formaron otras escuelas regionales en Vladímir, Súzdal, Yaroslavl y Pskov ( abadía de Mirozhski, ligadas a la tradición bizantina. En el siglo XIII la invasión mongola devastó Rusia y rompió sus lazos históricos con Bizancio, arruinando muchos de los centros productores de iconos, salvo Nóvgorod y Pskov, donde continuó viva la tradición de pintura de iconos.[5]

La escuela de Moscú se vio impulsada, junto con otros maestros locales, por Teófano el Griego (h. 1330-h.1410), formado en Constantinopla.[11] Rubliov, nacido hacia el año 1360 y muerto en Moscú h. 1430, es un artista de cuya vida poco se sabe. Se formó en Moscú con Projor de Gorodets y Teófanes el Griego. Vivió como monje en el monasterio de San Sergio. De su obra destaca el icono de la Trinidad (actualmente en la Galería Tretiakov de Moscú). Fechado en torno al año 1430, se considera que es el más importante icono bizantino de la escuela rusa. Representa a la Trinidad a través de la escena bíblica llamada « visión de Mambré»: tres ángeles se aparecen al patriarca Abraham. Se caracteriza por el aire melancólico, de intensa espiritualidad. El ángel del centro, con túnica roja, se cree que representa a Cristo con un árbol al fondo. El de la izquierda sería Dios Padre y el de la derecha, el Espíritu Santo. La perspectiva es típica del tipo bizantino, es decir, inversa, abriéndose las líneas conforme se alejan de los ojos del espectador.

A estos artistas de la escuela de Moscú se debe la definición del iconostasio: una pared cubierta de iconos que se elevó hasta el punto de ocultar completamente el altar, aislándolo de la congregación. Es una alteración significativa respecto al modelo de altar bizantino, y fue introducida en las obras que realizaron en la Catedral Blagoveshchenski de Moscú en torno a 1405.[4]

La expulsión de los mongoles posibilitó que la tradición de los iconos resurgiese o se iniciase en otras ciudades, como Tver, Suzdal, Rostov o la lejana Kargopol. Entre esos centros menores merece destacarse la escuela de Tver, que se diferenció por el uso de tonos exóticos de azul y turquesa en una paleta más clara.[4]

La pintura de iconos se mantuvo durante toda la Edad Moderna, tomando como referencia estética los caracteres de la pintura bizantina clásica, que se impone a las influencias italianas. A principios del siglo XVI destacó como iconógrafo en Moscú Dionisio o Dionisios (h. 1440-1510). El abad de Volotsk le escribió una carta defendiendo los iconos que se hizo famosa: «Carta a un iconógrafo». A Dionisio y sus discípulos se deben los frescos de la Catedral de la Dormición del Kremlin, además de retratos del zar.

Ushakov: Cristo Aqueiropoyetos, h. 1660.

En el siglo siguiente destacó Simon Ushakov (1626-1686) primer grabador ruso, que trabajó en Moscú, creando un estilo nuevo junto con Vladímirov, en el que se conserva la tradición y la aúna con las novedades de la pintura occidental. Dionisio y Ushakov renovaron el concepto de espacio pictórico, prestaron atención a sutilezas cromáticas y enfatizaron el misticismo en su arte, en detrimento del aspecto dramático.[13]

A pesar de estas innovaciones, el arte de iconos fue decayendo en los siglos XVII y XVIII. Cada vez son más realistas y narrativos; la orfebrería decorativa, elemento secundario de los iconos, cobra cada vez más protagonismo, ocupando mayor superficie pictórica. Se pierde contenido místico en favor de lo decorativo. Se prefiere la miniatura, una diversificación de los temas sacros debido a la influencia del florecimiento literario del país, y aparece en la misma ciudad de Moscú la escuela Stróganov.

Fiódor Zubov: El zar Miguel I y su hijo el zar Alejo, «parsuna», del siglo XVII.

Esta escuela prefirió la miniatura, por sus colores y el gran refinamiento y detalle en las imágenes. Dentro de sus maestros estuvieron Prokopii Chirin, Nikifor e Istoma Savin. La escuela Strogánov, cuyo nombre deriva de la rica familia Stróganov, que la patrocinaba, influyó hasta finales del siglo XVII, cuando el arte profano apoyado por el Estado y la nobleza se convirtió en el centro de nuevas tendencias pictóricas.[14]

Entre las últimas escuelas regionales de iconos estaba la que floreció en torno al Monasterio de la Trinidad y de San Sergio, en Jolui, que inició sus actividades en el siglo XVII y rápidamente ganó mucho prestigio en el norte del país. En 1882 su producción fue organizada por la Hermandad Alejandro Nevski. Iniciaron una gran producción de iconos y frescos en las principales ciudades, de la más alta calidad. Cuando se implantó en Rusia el comunismo, dentro del marco más amplio de la persecución religiosa, se cerró la escuela de Jolui.[15]

Las más completas colecciones de iconos rusos se encuentran en la Galería Tretiakov de Moscú y en el Museo Pushkin de Moscú.

Miniaturas

San Marcos, en el Evangeliario de Ostromir, h. 1056.

En la Edad Media se pintaron frescos y también miniaturas. En las de carácter popular, como el Psalterio de Kludov ( Moscú) abundan las representaciones marginales; en las aristocráticas las miniaturas ocupan toda la página. La tradición de los manuscritos iluminados se inició en Kiev y se desarrolló en paralelo a la pintura de iconos, con la que tiene puntos estilísticos en común. A pesar de depender en gran medida del arte bizantino, están presentes también influencias anglo- normandas, carolingias y otonianas, que llegan a Rusia a través de las rutas comerciales medievales entre Rusia y el resto de Europa.[18]

Otras obras medievales importantes son la Miscelánea de Sviatoslav, del siglo XII, el Evangeliario Siiski, de 1339, con diversas escenas en un estilo elegante, el Evangeliario Fiódorovski, de 1327, o el Psalterio de Kiev, de 1397, con trescientas tres miniaturas que tratan temas variados, sacros y profanos, animales y vegetales,[20]

Pero existen igualmente miniaturas de gran importancia sobre textos profanos, como la gran Crónica Radzivill, la más antigua y una de las más preciosas en su género, una narrativa ricamente decorada que narra la historia de Rusia entre los siglos V y XIII, producida en el siglo XV.[21] También posee bellas ilustraciones la crónica Licevoy svod, de 1480, con escenas de batalla.

A diferencia de lo ocurrido en Europa Occidental, la tradición de manuscritos iluminados se prolongó en Rusia durante la Edad Moderna. Así, cabe citar el manuscrito de La leyenda de la derrota de Mamai, del siglo XVII, un romance histórico,[23]

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