Persépolis

Persépolis
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Nombre descrito en la Lista del Patrimonio de la Humanidad

Persepolis001.jpg
Persépolis, abril de 2005.

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Persépolis

Coordenadas 29°56′04″N 52°53′29″E / 29.934444444444, 29°56′04″N 52°53′29″E / 52.891388888889
País Flag of Iran.svg  Irán
Tipo Cultural
Criterios i, iii, vi
N.° identificación 114
Región Asia y Oceanía
Año de inscripción 1979 (III sesión)
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Persépolis (en griego: Περσέπολις, Persépolis, literalmente ‘la ciudad persa’; en persa antiguo, Pars; en persa: تخت جمشید  , Tajt-e Yamshid ‘el trono de Yamshid’) fue la capital del Imperio persa durante la época aqueménida. Se encuentra a unos 70 km de la ciudad iraní de Shiraz (provincia de Fars), cerca del lugar en que el río Pulwar desemboca en el Kur (Kyrus). Su construcción, comenzada por Darío I, continuó a lo largo de más de dos siglos, hasta la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno.

Historia

Probable historia de las construcciones[1]
Primer periodo: Darío I
( 518 a 490 a. C.)
  • Terraza
  • Apadana (palacio, escalera Este)
  • Tesoro
Segundo periodo: Darío I - Jerjes I
( 490 a 480 a. C.)
  • Tachara
  • Escalera de Persépolis
  • Puerta de todas las Naciones
  • Apadana (escalera norte)
Tercer periodo: Jerjes I
( 480 a 470 a. C.)
  • Hadish
  • Harén
  • Tripylon
  • Palacio D
Cuarto periodo: Artajerjes I
  • Palacio de las 100 columnas
  • Palacio de Artajerjes I
  • Guarnición
Quinto periodo
Desconocido
  • Construcciones del sur

La primera capital del Imperio persa aqueménida fue Pasargada, pero hacia 512 a. C. el rey Darío I el Grande emprendió la construcción de este masivo complejo palaciego, ampliado posteriormente por su hijo Jerjes I y su nieto Artajerjes I. Mientras las capitales administrativas de los reyes aqueménidas fueron Susa, Ecbatana y Babilonia, la ciudadela de Persépolis mantuvo la función de capital ceremonial, donde se celebraban las fiestas de Año Nuevo. Construida en una región remota y montañosa, Persépolis era una residencia real poco conveniente y era visitada principalmente en primavera.

En 330 a. C., Alejandro Magno, en su campaña de Oriente, ocupó y saqueó Persépolis, incendiando el Palacio de Jerjes, para simbolizar quizá el fin de la guerra panhelénica de revancha contra los persas. En 316 a. C., Persépolis era todavía la capital de Persis, una provincia del nuevo Imperio macedónico. La ciudad decayó gradualmente durante el periodo seléucida y las épocas posteriores. En el siglo III, la cercana ciudad de Istajr se convirtió en centro del Imperio sasánida.

Construcción

Tras haber continuado la obra de Ciro II en Pasargada y paralelamente a los importantes trabajos de construcción emprendidos en Susa, Darío I decidió establecer una nueva capital; esta decisión es generalmente interpretada como una voluntad de distinguirse de la rama principal de los aqueménidas, a la que Pasargada estaba fuertemente ligada.

Eligió para eso una ciudad que ha sido identificada con Uvādaicaya (Mattezsi en babilonio). Esta ciudad debía tener ya cierta importancia política, puesto que Darío hizo ejecutar a Vahyazdāta, su principal opositor persa, en 521 a. C. Por otro lado, se atestigua la presencia de palacios y de puertas monumentales que se remontan a Ciro y Cambises II, así como una tumba inacabada probablemente destinada a Cambises. Las tablillas babilonias muestran que se trataba de un centro urbano desarrollado, activo y poblado, que tenía relaciones comerciales con Babilonia y era capaz de asegurar los medios logísticos y alimenticios para una obra de esta magnitud.[3]

Capitales aqueménidas.

Darío eligió como emplazamiento para su nueva construcción la parte baja de la formación rocosa del Kuh-e Rahmat, que se convirtió así en el símbolo de la dinastía aqueménida. Hizo erigir la terraza, los palacios (Apadana, Tachara), las salas del Tesoro, así como las murallas. Es difícil datar con precisión la construcción de cada monumento. La única indicación irrefutable es suministrada por las tablillas encontradas en el sitio que atestiguan la existencia de actividad constructiva al menos desde 509 a. C., cuando se produjo la construcción de las fortificaciones.

Se puede atribuir, en cambio, la mayoría de las construcciones a los períodos correspondientes a los reinados de los soberanos posteriores.[4]
Las construcciones de Darío fueron luego acabadas y completadas por sus sucesores: su hijo Jerjes I añadió al complejo la Puerta de todas las Naciones, el Hadish, o incluso el Tripylon, y bajo Artajerjes I en 460 a. C., 1149 artesanos se encontraban presentes en las obras.[6]

Al contrario de otras construcciones monumentales antiguas, griegas o romanas, la construcción de Persépolis no se llevó a cabo con mano de obra esclava, sino que trabajaron en ella obreros provenientes de todos los países del imperio: Babilonia, Caria, Jonia o Egipto.[7]

Destrucción

Protegida por su ubicación en el corazón del Imperio aqueménida, Persépolis no contaba con defensas sólidas. Además, la posición al pie del Kuh-e Ramât representa un punto flaco a causa del débil desnivel al este, entre la terraza y el suelo. Este lado estaba protegido por una muralla y por torres.[8]

La información acerca de la conquista y destrucción de Persépolis por Alejandro Magno procede principalmente de los textos de historiadores antiguos, especialmente Plutarco,[11]

Ciertos elementos arqueológicos corroboran sus juicios, pero su versión de la destrucción de la ciudad es discutida: Duruy la pone en duda, pues «vemos que poco tiempo después de la muerte del conquistador, el sátrapa Paucestes sacrifica allí a las almas de Filipo y de Alejandro».[12]

Según Plutarco, Diodoro Sículo y Quinto Curcio Rufo, la caída de Persépolis fue seguida de la matanza de sus habitantes y del saqueo de sus riquezas. Tiridatas, guardia del tesoro, hizo llevar ante Alejandro, cuyo ejército se acercaba, una carta de rendición en la que le ofrecía entrar en Persépolis como vencedor. De este modo, Alejandro podría hacerse rápidamente con las riquezas de la ciudad. Los textos, sin embargo, no mencionan su respuesta. Diodoro y Quinto Curcio Rufo se refieren, así mismo, al encuentro del ejército macedonio con un grupo de 4000 prisioneros griegos mutilados, o que habían sufrido malos tratos por parte de los persas, en camino hacia Persépolis.

Tras haber tomado la ciudad en 331 a. C., Alejandro dejó allí una parte de su ejército y continuó su marcha. No regresó a Persépolis hasta algún tiempo después. Al final de un día de borrachera en honor de la victoria, Persépolis fue incendiada por orden del conquistador en mayo de 330 a. C.[14] Algunos autores afirman que el encuentro de los prisioneros mutilados, que provocaron la cólera y la tristeza del soberano, constituyó un motivo suplementario de represalias.

En realidad, los historiadores suelen sostener hoy en día que la razón de la destrucción de Persépolis fue aparentemente de orden político, reflejándose una decisión meditada por parte de Alejandro. Cuando el vencedor había ordenado salvar las ciudades tomadas y especialmente Babilonia, no ahorrando ningún gesto para reconciliarse con la población persa, hizo en Persépolis un gesto de alto alcance simbólico dictado por el contexto persa: el corazón ideológico del poder aqueménida se hallaba siempre en las capitales persas. Habiendo hecho la población un acto de sumisión forzada o voluntaria, seguía, sin embargo, vinculada ideológicamente a Darío III, el soberano legítimo, y estaba en malos términos con los conquistadores. La decisión fue, pues, incendiar el santuario dinástico persa para hacer patente a la población el cambio de poder.[12]

Los escritos antiguos mencionan el arrepentimiento expresado más tarde por un Alejandro apenado por su comportamiento. Para Briant, este arrepentimiento implica, de hecho, que Alejandro reconocía su fracaso político.[15] La destrucción de Persépolis marca el fin del símbolo del poder aqueménida. El primer Imperio persa desapareció completamente con la muerte de Darío III, último emperador de su dinastía. La helenización comenzó con los seléucidas. Persépolis continuó, sin embargo, siendo utilizada por las dinastías persas sucesivas. Al pie de la terraza se encuentra un templo, quizás construido por los aqueménidas, y reutilizado por los seléucidas, luego por los fratadaras.

La ciudad baja fue abandonada progresivamente en beneficio de su vecina Istajr en la época parta. Los grafitis atribuibles a los últimos reyes de Persia bajo los partos o al principio de la época sasánida muestran que el sitio había quedado, sin embargo, ligado a la monarquía persa, al menos simbólicamente. Por otra parte, una inscripción en pahlevi relata que un hijo de Ormuz I u Ormuz II dio un banquete y procedió a ofrecer un servicio de culto en Persépolis, que pudo seguir como lugar de culto varios siglos después del incendio de 330 a. C. Persépolis sirvió igualmente de referencia arquitectónica para ciertos elementos de las construcciones sasánidas como el palacio de Firuzabad.[16]

Primeras visitas a las ruinas: la época de los viajeros

Persépolis vista desde el sur, por Jean Chardin ( 1711).
Bajorrelieve, por Eugène Flandin (1840).

Las ruinas son conocidas por los sasánidas por el nombre persa medio de st stwny («las cien columnas»),[20]

De paso hacia Catai en 1318, un monje viajero, de nombre Odorico, pasó por Chehel minār sin retrasarse en las ruinas. Es el primer europeo en mencionar el sitio. Le siguió, en 1474, un viajero veneciano: Josaphat Barbaro.

El misionero portugués Antonio de Gouvea visitó el lugar en 1602. Observó las inscripciones cuneiformes y las representaciones de «animales con cabezas humanas». El embajador de España ante Abás el Grande, García de Silva Figueroa, describió por extenso el sitio arqueológico en una carta al marqués de Bedmar en 1619. Apoyándose en textos griegos, encontró claramente la relación entre Persépolis y Chehel Minār. De 1615 a 1626, el romano Pietro Della Valle visitó numerosos países de Oriente. Trajo de Persépolis copias de inscripciones cuneiformes que servirían más tarde para descifrar la escritura. Le siguieron los ingleses Dodmore Cotton y Thomas Herbert de 1628 a 1629, cuyo viaje tuvo por objeto estudiar y descifrar las escrituras orientales.

De 1664 a 1667, Persépolis fue visitada por los franceses Jean de Thévenot y Jean Chardin. Thévenot anotó sin razón en su obra Voyage au Levant que estas ruinas eran demasiado pequeñas para ser la morada de los reyes de la antigua Persia. Chardin atribuyó claramente el sitio a Persépolis. Se agregan los servicios del dibujante Guillaume-Joseph Grelot, que describe la ciudad real en una obra cuya calidad es alabada por Rousseau. En 1694, el italiano Giovanni Francesco Gemelli-Carreri anotó las dimensiones de todas las ruinas a las que llega y estudió las inscripciones. En 1704, el holandés Cornelis de Bruijn observó y dibujó las ruinas. Publicó sus trabajos en 1711: Reizen over Moskovie, door Persie en Indie, después en 1718 en francés: Voyages de Corneille le Brun par la Moscovie, en Perse, et aux Indes Orientales.

Misiones arqueológicas: la época de los científicos

Persépolis a vista de pájaro, por Charles Chipiez ( 1884).

Los siglos XIX y XX vieron multiplicarse las misiones científicas a Persépolis.[13] En 1840 y 1841, E. Flandin y P. Coste visitaron varias ruinas de Persia, entre ellas Persépolis. Establecieron una relación topográfica y descriptiva.

Las primeras y verdaderas excavaciones arqueológicas fueron realizadas en 1878. Motamed-Od Dowleh Farhad Mirza, gobernador de Fars, dirigió los trabajos que sacaron a la luz una parte del Palacio de las cien columnas. Poco después, Charles Chipiez y Georges Perrot hicieron una exploración muy importante del sitio. Gracias a un estudio arquitectónico de las ruinas y de los restos excavados, Chipiez dibujó sorprendentes reconstrucciones de los palacios y monumentos tal y como, según su opinión, debieron de ser en la época aqueménida. F. Stolze exploró los sitios arqueológicos de Fars y publicó el resultado en 1882. Jane y Marcel Dieulafoy efectuaron dos misiones arqueológicas en Persia ( 1881- 82 y 1884- 86. Exploraron Persépolis, de la que regresaron por primera vez con documentos fotográficos. Realizaron reconstrucciones y trajeron numerosas piezas arqueológicas.

De 1931 a 1939, se llevaron a cabo excavaciones por Ernst Herzfeld y luego por E.F. Schmidt, comisionadas por el Oriental Institute de la Universidad de Chicago. Durante los años 1940, el francés A. Godard, y luego el iraní A. Sami, prosiguieron las excavaciones por cuenta del Servicio Arqueológico Iraní (IAS). Luego, el IAS, bajo la dirección de A. Tajvidi, dirigió los trabajos de excavación y de restauración parcial en cooperación con los italianos G. y AB. Tilia, del Istituto Italiano per il Medio ed Estremo Oriente. Estas excavaciones han revelado la existencia probable de otros dos palacios atribuidos a Artajerjes I y Artajerjes III, que han desaparecido.

No han sido aún excavadas todas las estructuras de Persépolis. Quedan dos montículos al este del Hadish y del Tachara, cuyos orígenes siguen siendo desconocidos.[6]

Historia reciente

En 1971 tuvieron lugar en Persépolis ceremonias fastuosas durante tres días con motivo de la celebración de los 2500 años de la monarquía. El Sah Mohammad Reza Pahlevi invitó a numerosas personalidades internacionales. El fasto de las ceremonias, que movilizaron más de 200 servidores venidos de Francia para los banquetes, suscitó polémica en la prensa y contribuyó a empañar la imagen del Sah. El monto de los gastos fue evaluado en más de 22 millones de dólares US, y la financiación fue realizada en detrimento de otros proyectos urbanísticos o sociales. Además, las fiestas fueron acompañadas por la represión de los opositores al Sah.

Persépolis, vista de Kuh-e Rahmat.

Después de la revolución iraní y con el fin de erradicar una fuerte referencia cultural al período pre- islámico y a la monarquía, el ayatolá Sadeq Jaljalí intentó con sus partidarios arrasar Persépolis por medio de bulldozers. La intervención de Nosratollah Amini, gobernador de la provincia de Fars, y la movilización de los habitantes de Shiraz, interponiéndose delante de los artefactos, permitieron salvar el sitio de la destrucción.

Persépolis es un medio frágil cuya preservación puede estar comprometida por la actividad humana. Se ha planteado la nocividad de ciertos componentes químicos de polución agrícola. Un programa de protección del sitio ha comenzado recientemente, con miras a limitar las degradaciones ligadas a la erosión y al paso de visitantes: han sido puestas unas cubiertas para proteger ciertos elementos, como la escalera este de la Apadana, y está previsto recubrir el suelo de los lugares de paso. La construcción de una barrera próxima a Pasargada ha motivado una polémica entre el ministerio iraní de Arqueología y el ministerio de Cultura y del patrimonio[ cita requerida]. La subida de las aguas podría dañar numerosos sitios arqueológicos de la región. Además, la construcción de una línea ferroviaria, cuyo trazado podría pasar por las proximidades de Persépolis y Naqsh-e Rostam, hace temer daños. Así mismo, Persépolis es regularmente víctima de robos relacionados con el tráfico de antigüedades. Está prevista una ampliación del museo, aún no definida con exactitud: la clasificación del sitio como patrimonio mundial prohíbe cualquier modificación.[25]

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