Pecado original

El pecado original, también llamado pecado ancestral,[4]

El concepto del pecado original fue originalmente concebido en el siglo segundo por Ireneo, obispo de Lyon, en su controversia con algunos gnósticos dualistas. Otros padres eclesiásticos como Agustín de Hipona (354-430) también desarrollaron la doctrina,[11]

Existe controversia entre los teólogos judíos respecto a la causa de lo que es llamado "pecado original". Algunos enseñan que fue debido a la claudicación de Adán en la tentación de comer el fruto prohibido y fue heredado a sus descendientes; la mayoría, sin embargo, no considera culpable a Adán de los pecados de la humanidad,[17] Respecto al cristianismo, algunas interpretaciones del pecado original son rechazados por otras teologías.

Pecado original en el judaísmo

Pergamino ilustrado custodiado en la Real Biblioteca de San Lorenzo, El Escorial, España.

De acuerdo con el texto bíblico del Génesis 1-3, tras haber sido creados Adán y Eva residían en el jardín del Edén en perfecta armonía con Dios; el único mandato al que debían acogerse era la abstención de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuyo consumo ocasionaría la muerte Genesis 2:17. Sin embargo, Eva y —por su intermediación— Adán cedieron a la tentación de la serpiente (identificada con Satán o Shaitan, "el tentador") y descubrieron, comiendo del árbol, su desnudez. La consecuencia de la violación de su mandato llevó a la muerte —"[volverás] a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás", Genesis 3:19 y la expulsión del jardín del Edén.

La tradición talmúdica identifica este acto como החטא הקדמון (en hebreo hajet hakadmon, "la falta primordial") de la desobediencia al mandato divino. Sin embargo, los efectos de este pecado se reducen a castigos personales, como la expulsión del paraíso, dolores de parto en el caso de Eva —y de toda su descendencia—, la multiplicación excesiva de la dificultad del trabajo (no el trabajo en si mismo que es descrito antes como un don divino y precedía al pecado mismo), la enfermedad, la vejez y la muerte.

Las corrientes renovadoras dentro del judaísmo interpretan la caída como el primer acto de libre albedrío del hombre, y lo consideran como parte del plan divino, puesto que la falta representaría la admisión de la responsabilidad; en otras palabras, el mito de la caída sería una elaborada alegoría del pasaje a la adultez y la autonomía.

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