Parque nacional Desierto de los Leones

Parque nacional Desierto de los Leones
Categoría UICN II ( Parque nacional)
Desierto de los leones.jpg
Bosques de coníferas cercanos al convento carmelita
Situación
País Flag of Mexico.svg México
División Ciudad de México
Coordenadas 19°18′59″N 99°18′22″O / 19.316355, 19°18′59″N 99°18′22″O / -99.306046
Datos generales
Administración Secretaría de Medio Ambiente
Grado de protección Parque Nacional Monumento Natural Reserva de la Biosfera Santuario
Fecha de creación 17 de noviembre de 1917
Legislación 27-11-1917 [1]
Superficie 1.529 ha
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El Parque Nacional Desierto de los Leones antiguamente llamado "El Desierto de nuestra señora del Carmen en los montes de Santa Fe", es uno de los más grandes e importantes parques nacionales con los que cuenta la Ciudad de México. Tiene una extensión de 1,866 hectáreas; se ubica a 32 kilómetros al suroeste de la Ciudad de México y pertenece a la unidad geomorfológica de la Sierra de las Cruces, la cual forma parte del sistema montañoso Eje Neovolcánico Transversal.

El territorio cubierto por el Parque Nacional Desierto de los Leones protege y ayuda a una amplia variedad de recursos naturales, lo cual ha provocado un gran impacto ecológico, causante de que los mismos ciudadanos se preocupen por cuidar del parque. 

En el Parque Nacional Desierto de los Leones se estableció el primer convento de México a principios del siglo XVII. Fue realizado por la Orden de los Carmelitas descalzos, debido a lo aislado que era el lugar, aunado a la paz y tranquilidad natural que incluso hasta nuestros días impera en el lugar. 

En 1917, el presidente Venustiano Carranza lo declaró Parque Nacional, siendo el primero en México. El Desierto de los Leones ha estado ligado al desarrollo de la capital del país desde tiempos del Virreinato, debido a que sus manantiales eran fundamentales para trasladar agua por medio del acueducto de Santa Fe (localizado en el poniente de la Ciudad de México), que se dirigía hacia a la ciudad y ayudaba a abastecer el agua de la comunidad.  El Desierto de los Leones actualmente funge como lugar ecológico y turístico, cuenta con espacios abiertos al público para actividades deportivas, recreativas y culturales, además de ser considerado como uno de los principales “pulmones” para la Ciudad de México.

Historia

El convento (c. 1906-1920).[2]

Inicialmente, esta área era conocida como el Desierto de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe, nombre que con el paso del tiempo cambió al que permanece hoy en día, es decir, Desierto de los Leones. Se cree que el nombre del Convento Desierto de los Leones se debe a que en el periodo colonial el territorio estuvo en disputa con la representación legal de una familia de apellido León cuyo objetivo fue la posesión de estas tierras (quizá por la abundancia de agua que ha existido en el lugar). Igualmente, se dice entre los locales que había quienes creían en la presencia del gato montés en la zona, o por la fauna que se ocultaba en sus cuevas. Si bien este hermoso bosque servía de paso entre la Ciudad de México y la cercana ciudad de Toluca, la orden de los carmelitas descalzos eligieron esta zona del bosque debido a la tranquilidad, lejanía y paz observada, a comparación del bullicio humano de la ciudad, obteniendo el término espiritual de "Desierto", levantando así uno de los conventos de la orden; que serviría de retiro y meditación cristiana donde podían llevar a cabo el cumplimiento de sus votos. (Como ejemplo está el Santo Desierto del Carmen, que también es parque nacional, en el Estado de México).

En el año 1801, la orden religiosa abandonó el convento debido a tres razones: el clima frío de la zona, lo convertía en un lugar prácticamente inhabitable, debido al crecimiento poblacional del convento atrajo cada vez más visitantes que ponían en riesgo el voto de silencio y el motivo más importante; las disputas por el terreno entre las diferentes familias que reclamaban ser sus dueños.

Debido a la guerra de Independencia de México, la orden religiosa se encontró en la necesidad de abandonar su estancia en este convento y cederlo al Estado. Dicha edificación se transformaría en cuarteles militares. Un tiempo después de estos eventos, el lugar fue abandonado y se convirtió en refugio de maleantes. Se sabe que, además, se instaló una fábrica secreta que se dedicaba a la producción de moneda falsa.

Las administraciones siguientes notaron la importancia de los recursos acuíferos y forestales al satisfacer la demanda de los poblados cercanos, tales como Santa Fe en el cual se construyó un acueducto llamado “Agua Delgada” que llegaba hasta la Ciudad de México. Por ese motivo, el Bosque Desierto de los Leones se declaró zona de reserva forestal e interés público en 1876. Pasada la revolución mexicana, el presidente Venustiano Carranza promulgó el decreto que le otorgó la categoría de Parque Nacional el 15 de noviembre de 1917.

Debido al alto desarrollo de la Ciudad de México durante el Siglo XX, tanto el gobierno local como federal, se fijaron la meta de proteger y expandir este patrimonio mexicano, declarándolo así un Parque Nacional.  A finales de este mismo siglo, el Presidente Miguel de la Madrid Hurtado impulsó, a favor del Departamento del Distrito Federal, la preservación, explotación y embellecimiento del Desierto de los Leones. En 1998 la zona se vio afectada debido a algunos incendios, por lo que se designó un área de restauración ecológica para su recuperación. Dicha región comprendía aproximadamente 400 hectáreas.

Finalmente el 16 de abril de 1999 se firma un acuerdo de coordinación por parte de la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca con el Gobierno del Distrito Federal, el cual tiene como objeto entregarle a este último la administración y la responsabilidad de preservar, restaurar, desarrollar y vigilar distintas áreas protegidas, entre ellas el Parque Nacional Desierto de los Leones, así como el deber de llevar a cabo la recategorización de otras zonas del Distrito Federal como Parques Naturales Protegidos; el acuerdo se concreta mediante el acta de entrega recepción el 24 de noviembre del año 2000.

Vida en el Convento

Existen 2 versiones sobre el origen del nombre del Desierto de los Leones, la primera versión se da ya que en el bosque habita el gato montes, también conocido como el león americano. La segunda se da gracias a los hermanos león, quienes eran dueños de las tierras y representantes de los carmelitas ante la corona española.

La ubicación del convento fue elegida en esa zona, para estar apartada de la sociedad, por tratarse  de un monte y por la cercanía del río. Originalmente se iba a hacer en Puebla, pero cuando la orden fue a visitar este lugar se encontraron con un campesino que les mostró el río.  Ese indígena, de acuerdo con la leyenda popular, era la imagen de Juan Bautista.  

Para poder acceder a las ordenes religiosas era requisito ser hombre y español. El convento solo permitía la entrada a los carmelitas y a la gente que se encargara de todos los servicios del convento. Las mujeres tenían prohibido el acceso al desierto de los leones. Los duques, gente religiosamente influyente, o de otra orden religiosa podría hospedarse únicamente en la hospedería sin tener acceso al convento.

El sacrificado y complicado estilo de vida que llevaban los Carmelitas Descalzos se puede desentrañar desde antes de entrar al Convento. En general, la entrada era bastante ardua, ya que la muralla que rodeaba al convento contaba con una sola puerta en el camino de Cuajimalpa. Cruzando esta puerta se encontraban con un camino empedrado bardeado de cal y canto a ambos lados. Al final del camino una fuente, que protegía la puerta principal, recibía a los ocasionales visitantes. Esta puerta estaba siempre cerrada, por lo que los visitantes debían anunciarse con una campanilla y esperar que se les permitiera el acceso. A un lado de la puerta había una pintura que simbolizaba las prácticas y el modus vivendi de la comunidad carmelita.

A continuación se encuentra la descripción hecha por el padre Fray Agustín de la Madre de Dios, el cronista oficial de los Carmelitas de la Nueva España:

“Se ve luego en entrando un carmelita que espeluza los cabellos  y es una imagen de lo que ayá adentro se efectúa y se practica. Está crucificado en un madero, tiene un candado en la boca, un silicio en los ojos y en el pecho se le ve el corazón partido, con un niño Jesús que en él descansa y tierno se adormece. En la mano derecha tiene el fraile una cruda disciplina y en la izquierda una vela: porque vele y mire que se acaba. Dos trompetas le tocan al oído, dos desengaños forzosos, uno la muerte que le está diciendo que se ha de acabar la vida; y otro un ángel que está llamando a juicio con más espantosa voz. El candado en la boca significa aquel eterno silencio con que ahí se vive la disciplina, la continua penitencia.”

La imagen nos habla de varias líneas por donde los monjes debían conducirse: disciplina, humildad, servicio, penitencia, oración, silencio, entre otros que menciona Fray Agustín.

Los monjes se dedicaban a la oración y la realización de su labor doméstica. Estas actitudes estuvieron presentes desde el proceso de construcción. Tan pronto se veía el amanecer, todos los miembros de la comunidad asistían a misa, para después dedicarse a la edificación de su nueva casa. Saliendo de misa los padres continuaban talando árboles, los cuales arrastraban con yuntas de bueyes. La limpieza de su estancia era de vital importancia, y rara vez se encontraban con espacios desordenados.

Tenían ventanas cilíndricas donde sacaban la comida para la gente que se encontraba en la hospedería. Siempre y cuando estuviera el padre superior del convento, si no estuviese solo se les daría pan y agua. Al igual que los de hospedería, los carmelitas tenían una ventanilla donde les pasaban la comida de la cocina y les impedía tener contacto visual con las personas que trabajaban en los servicios. La sala donde comían sus alimentos se llamaba refectorio. Tenía un púlpito donde uno de los hermanos estaría leyendo las reglas de la orden mientras los demás comían. En la cabecera de la mesa se encontraba un plato con las cenizas y el cráneo de fray Andrés de San Miguel. Quien fue uno de los mejores carmelitas que habitó en el desierto.

Tan solo podían condimentar su comida con tres especias o condimentos, ya que creían que si la hacían muy suculenta, esto los incitaba a la gula. Durante ocho meses no desayunaban ni comían carnes rojas. 

Los frailes carmelitas solo podían salir en dos ocasiones al año del convento pero sin salir de la zona del bosque en la que se ubica el convento. Podían salir uno o dos días al año a acampar en el bosque o ir a las ermitas, que podía albergar a un solo hermano para promover su voto de silencio y soledad. Tiene un oratorio, un dormitorio, un huerto, y una cocina. Estaban los 40 días y noches o en época de adviento haciendo retiro espiritual.

La sacristía del convento era sencilla a comparación de otras, sin demasiados ornamentos ni figuras de metales preciosos. En todo caso la decoración era realizada a partir de frescos y cuadros de temáticas religiosas, estos sí de gran tamaño y en grandes cantidades.

El convento tenia una capacidad para 26 personas, sin embargo nunca lo llegaron a llenar. Entre ellos habían 4 carmelitas perpetuos, que se quedaban toda su vida en el convento sin poder salir. La orden de desierto de los leones se dedicaba a contemplar el proceso de la vida y la muerte con el fin de entender porque estamos aquí. Los demás carmelitas venían por temporadas y se iban. La vestimenta de los frailes consistía en tan solo un calzón de cadera a tobillo y una túnica. Las campanas de la iglesia tenían la función de avisar la hora y las actividades a realizar. Los carmelitas tenían asignadas las actividades de acuerdo al tiempo y número de campanadas.

El convento tiene únicamente dos pasillos a los costados y dos intermedios. Cuenta con una chimenea que se utilizaba solo en caso que un hermano estuviera muy enfermo, en tal situación tendría ese beneficio. También tenían una de las bibliotecas más completas de la época. La cocina era de gran tamaño con la finalidad de almacenar grandes cantidades de comida para todo el año. Había un cuarto de lavandería, el de rasura y el de “oficio humilde”, como le llamaban a los sanitarios. En uno de los pasillos se encontraban las habitaciones a las cuales les llamaban celdas. A estas les dieron una interpretación divina, como celda de amor hacia dios.

El convento tenía muchos jardines ya que creían que en el paraíso había muchos jardines llenos de flores.

Un aspecto importante para los monjes carmelitas era cumplir con sus votos de castidad, pobreza, y oración reflexiva. Debido al poco contacto que tenían con la civilización exterior, eran considerados ermitaños. Los que vivían absolutamente solos en las ermitas aledañas eran dignos de admiración, puesto que tenían el temple para buscar la misión mayor. Ellos vivían  para el espíritu, sólo con lo mínimo necesario, en silencio y en contemplación por la naturaleza.

A pesar de vivir en comunidad, los monjes se ocupaban principalmente de realizar con devoción sus deberes personales, pero no de participar en proyectos colaborativos o de apoyo a sus pares. Esta creencia era favorable a sus votos de silencio. Con el fin de evitar confusiones derivadas de dichos votos, los carmelitas desarrollaron un sistema de señas que les permitía una comunicación efectiva. Por ejemplo, hacían la señal de la cruz con la mano abierta para preguntar por el padre prior, o hacer como si se batieran huevos para pedir que fueran a la cocina. Los carmelitas poseían algunas vacas, las cuales suministraban la leche que bebían, aunque en pocas cantidades y no todos los días, como una forma de apegarse a sus votos de pobreza y austeridad.

Otro punto relevante es el de vivir en penitencia, por ello pedían mortificaciones ordinarias al presidente de la comunidad. Para hacerlo, debían quitarse su capa y pedírselo de rodillas, asumiendo sin refutar lo que le asignaran. Algunas de las penitencias más comunes eran andar de noche cargando una pesada cruz, sin zapato alguno y usando una corona de espinas como hizo Jesucristo en la Pasión, o la flagelación en viernes. Tenían otras tantas prácticas específicas según la temporada del año y para recibir y despedir visitantes, pero si nos pusiéramos a describir cada una tal vez no terminaríamos pronto.

En días ordinarios se dedicaban a decir misa, a leer y meditar en silencio y hacer exámenes de conciencia, en general dedicarse más a la vida espiritual que a las necesidades del cuerpo humano.

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