Palacio del Buen Retiro

El Buen Retiro en 1637. Cuadro atribuido a Jusepe Leonardo.

El palacio del Buen Retiro de Madrid fue un conjunto arquitectónico de grandes dimensiones diseñado por el arquitecto Alonso Carbonel (h. 1590–1660) y construido por orden de Felipe IV como segunda residencia y lugar de recreo (de ahí su nombre). Se edificó en lo que entonces era el límite oriental de la ciudad de Madrid. Hoy en día se conoce por los escasos vestigios que quedan de él y por sus jardines, que hoy conforman el Parque del Retiro.

Historia

El Palacio del Buen Retiro en 1636-1637; dibujo del siglo XVII.
El complejo del palacio y los jardines del Buen Retiro. Fragmento del plano de Madrid de Pedro Teixeira (1656).

Felipe IV tenía costumbre de hospedarse en ocasiones en unos aposentos anexos al convento de San Jerónimo «el Real» (cerca del actual Museo del Prado) que recibían el nombre de Cuarto Real. La razón de este hecho se puede encontrarla en que el llamado Rey Planeta encontraba especialmente placentero dar paseos por la finca anexa, propiedad de su valido, el Conde-Duque de Olivares.

Olivares, con intención de agradar al monarca, proyecta en 1629 y comienza en 1630 la construcción de una serie de gabinetes y pabellones como extensión del Cuarto Real, que acabarán conformando el Palacio del Buen Retiro. La edificación del palacio no fue algo proyectado desde un inicio, sino que se extendió a lo largo de siete años, hasta 1640, en los que se fueron añadiendo anexos de manera sucesiva. Una vez estuvo terminado, el palacio constaba de más de 20 edificaciones y dos grandes plazas abiertas que se empleaban para festejos y actos de diversa índole. El conjunto palaciego estaba rodeado de una gran extensión de jardines y estanques, dado el carácter lúdico del mismo. Entre las construcciones se encontraba una de las primeras meridiana solar construida en España.[1]

El rey solía pasar sólo algunos días al año, generalmente en verano en esta su segunda residencia, pero aun así se hizo una importante campaña para dotar a este palacio de un nivel artístico y ornamental a la altura del propio Alcázar, la residencia habitual. La escasez de pinturas antiguas en el mercado llevó a encargar extensas series a pintores de Roma y Nápoles, lo que requirió gestiones de embajadores y demás funcionarios al servicio de Felipe IV. Parte de dichos cuadros subsisten en el Museo del Prado; destacan varios paisajes de Claudio de Lorena, Nicolas Poussin y Gaspard Dughet, escenas bíblicas y mitológicas de Massimo Stanzione y numerosos cuadros de la antigua Roma de Giovanni Lanfranco, entre otros autores.

Para el Salón de Reinos (hasta 2009 sede del Museo del Ejército), se encargó una serie conmemorativa de triunfos militares españoles, a la cual aportó Velázquez su famoso cuadro Las lanzas. Otros cuadros de la serie se deben a Zurbarán, Antonio de Pereda, Juan Bautista Maíno y Vicente Carducho.

Dada la premura del diseño y construcción, la construcción del palacio fue de baja calidad, como los materiales empleados, y fue esta la causa de su final. Durante la Guerra de la Independencia, en 1808 las tropas francesas acantonadas en Madrid tomaron el palacio y sus anexos como cuartel. El polvorín se colocó en los jardines y por ello se construyó un fortín, lo que destruyó irreparablemente esta zona. Además, los edificios se deterioraron gravemente. Tanto fue así que cuando Isabel II intentó acometer su restauración, se vio que no se podía hacer otra cosa que demolerlo casi en su totalidad.

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