Orden del Císter

Orden del Císter
Arms of Ordo cisterciensis.svg
Nombre latino Ordo Cisterciensis
Siglas O. Cist.
Nombre común Bernardos
Gentilicio Cistercienses
Tipo Orden monástica
Regla Regla de San Benito
Hábito Blanco
Fundador San Roberto de Molesmes
Fundación 1098
Lugar de fundación Abadía de Citeaux
Aprobación 1100 por el Papa Pascual II
Superior General Abad general Mauro Giuseppe Lepori
Religiosos 1470
Sacerdotes 717
Curia Piazza del Tempio di Diana, 14
00153 Roma, Italia
Sitio web www.ocist.org
[ editar datos en Wikidata]

La Orden cisterciense (en latín: Ordo Cisterciensis, O.Cist.), igualmente conocida como orden del Císter o incluso como Santa orden del Císter (Sacer Ordo Cisterciensis, S.O.C.), es una orden monástica católica reformada, cuyo origen se remonta a la fundación de la Abadía de Císter por Roberto de Molesmes en 1098, que sigue siendo la sede central de la Orden del Císter y se encuentra ubicada donde se originó la antigua localidad romana Cistercium, próxima a Dijon, Francia, en la comuna de Saint-Nicolas-lès-Cîteaux, del departamento de Côte-d'Or de la región de la Borgoña. Esta abadía fue llamada Novum Monasterium por Roberto de Molesmes para diferenciarla del monasterio de Molesmes, de donde procedía.

La orden cisterciense desempeñó un papel protagonista en la historia religiosa del siglo xii. Su influencia fue particularmente importante en el este del Elba donde la orden hizo «progresar al mismo tiempo el cristianismo, la civilización y el desarrollo de las tierras».[1]

Como restauración de la regla benedictina inspirada en la reforma gregoriana, la orden cisterciense promueve el ascetismo, el rigor litúrgico dando importancia al trabajo manual. Además de la función social que ocupó hasta la Revolución francesa, la orden ejerció una influencia importante en los ámbitos intelectual o económico, así como en el ámbito de las artes y de la espiritualidad.

Debe su considerable desarrollo a Bernardo de Claraval (1090-1153), hombre de una personalidad y de un carisma excepcionales. Su influencia y su prestigio personal hicieron que se convirtiera en el cisterciense más importante del siglo xii, pues, aun no siendo el fundador, sigue siendo todavía hoy el maestro espiritual de la orden.[a]

En nuestros días, la orden cisterciense está formada por dos órdenes diferentes. La orden de la «Común Observancia» contaba en 1988 con más de 1300 monjes y 1500 monjas, repartidos respectivamente en 62 y 64 monasterios. La Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, también llamada O.C.S.O., comprende hoy en día cerca de 2000 monjes y 1700 monjas, comúnmente llamados trapenses porque provienen de la reforma de la abadía de la Trapa, repartidos en 106 monasterios masculinos y 76 femeninos.[4] Las dos órdenes cistercienses actualmente mantienen vínculos de colaboración entre ellas.

Su hábito es túnica blanca y escapulario negro, retenida por un cinturón que se lleva por debajo; el hábito de coro es la tradicional cogulla monástica, de color blanco. De hecho, se los llamó en la Edad Media «monjes blancos», en oposición a los «monjes negros» que eran los benedictinos. También es frecuente la denominación «monjes bernardos» o simplemente «bernardos», por el impulso que dio a la orden Bernardo de Fontaine.

Aunque siguen la regla de san Benito, los cistercienses no son propiamente considerados como benedictinos. Fue en el IV Concilio de Letrán en 1215 cuando la palabra «benedictino» apareció para designar a los monjes que no pertenecían a ninguna orden centralizada,[b] por oposición a los cistercienses.

El monasterio de Piedra fundado en 1194 es un monasterio cisterciense.[6]
Abadía de Pontigny, fundada en 1114, segunda fundación o hija de la Orden.
Abadía de las Huelgas Reales de Valladolid, fundación cisterciense de 1282. Este edificio data del siglo xvi.
La abadía de Santes Creus, del siglo xii, declarada monumento nacional en 1921.

Historia

Antecedentes de la orden cisterciense

En Occidente, en el cambio entre el siglo xi y el siglo xii, eran numerosos los cristianos que buscaban «nuevas vías de perfección» espiritual.[7]

La Regula Sancti Benedicti fue también, a finales del siglo xi, una formidable fuente de inspiración para los movimientos que se esforzaban en buscar la perfección espiritual al conjugar el ascetismo y el rigor litúrgico rechazando la ociosidad en contraposición al trabajo manual. Como la Orden de Grandmont o la Orden Cartuja, fundada por San Bruno en 1084, la Orden Cisterciense estuvo marcada en su nacimiento por la necesidad de reforma y la inspiración evangélica, de la misma forma que la experiencia de Robert de Arbrissel, fundador de la Orden de Fontevraud en 1091, o la eclosión de los capítulos de canónigos basados en la regla de San Benito. [8]

Los padres fundadores

La forma de vida cisterciense comenzó a fraguarse con la fundación de la abadía de Notre-Dame de Molesmes por Roberto de Molesmes en 1075, en la región de Tonnerre. [12]

Esta fundación fue un éxito. La nueva abadía atrajo a numerosos visitantes y donantes, religiosos y laicos. «Quince años después de su fundación, Molesmes se asemejaba a cualquier abadía benedictina próspera de su época».[14]

Sabía que no conseguiría satisfacer su ideal de soledad y pobreza en Molesmes donde los partidarios de la tradición se oponían a los de la renovación. Por ello, Roberto obtuvo la autorización de Hugues de Die, legado del Papa, y aceptó un lugar solitario ubicado en el bosque pantanoso de la baja región de Dijon para retirarse y practicar, con la mayor austeridad, la regla de San Benito. El lugar se lo propusieron el duque de Borgoña, Eudes I, y sus primos lejanos los vizcondes de Beaune.[d]

El «nuevo monasterio»

Brazo y báculo típico cisterciense en lápida funeraria de abad en la abadía de Boyle ( Irlanda).

El abaciado de Roberto

Los inicios del novum monasterium,[17] La benévola protección del arzobispo Hugues permitió la edificación de un monasterio de madera y de una humilde iglesia. Roberto tuvo el tiempo justo de recibir del duque de Borgoña una viña en Meursault, ya que, tras un sínodo celebrado en Port d’Anselle en 1099 que legitimó la fundación del novum monasterium, se vio obligado volver a Molesmes, donde encontraría la muerte en 1111.

La historiografía cisterciense censuró durante algún un tiempo la memoria de los monjes que regresaron a Molesmes. Así, los escritos de Guillermo de Malmesbury, y luego el Pequeño y el Gran Exordio, se hallan en el origen de la leyenda negra que, en el seno de la orden, persiguió a Roberto y a sus compañeros de Molesmes «a quienes no les gustaba el desierto».[f]

Los fundadores de Cîteaux: Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding venerando a la Virgen María.

El abaciado de Alberico

Roberto dejó la comunidad en manos de Alberico, uno de los más fervientes partidarios de la ruptura con Molesmes. Alberico, administrador eficaz y competente, obtuvo la protección del papa Pascual II (Privilegium Romanum) quien promulgó el 19 de octubre de 1100 la bula Desiderium quod. Alberico, enfrentado a numerosas dificultades materiales, desplazó su comunidad dos kilómetros más al sur, a orillas del Vouge, para encontrar un suministro suficiente de agua.[20]

Sin embargo, la protección del duque de Borgoña, la de su hijo Hugo II, con posterioridad a 1102, y los clérigos surgidos del valor de la comunidad, permitieron un primer desarrollo. A partir de 1100 el monasterio atrajo a algunos neófitos; algunos novicios se incorporaron al grupo.[23]

Alberico definió el estatuto de los hermanos conversos, religiosos que no eran ni clérigos ni monjes, pero sujetos a la obediencia y a la estabilidad y que llevaban a cabo el grueso de los trabajos manuales. También hizo emprender el trabajo de revisión de la Biblia que sería concluido bajo el abaciado de Esteban Harding.[24]

El abaciado de Esteban Harding

Esteban Harding y el abad de Saint-Vaast d' Arras depositando su abadía a los pies de la Virgen.[g]

En 1109, Esteban Harding se hizo cargo de los destinos de Cîteaux, sucediendo a Alberico tras la muerte de este último. Esteban, noble anglosajón de sólida formación intelectual, era un monje formado en la escuela de Vallombreuse que ya había desempeñado un papel protagonista en los acontecimientos de 1098. Mantuvo excelentes relaciones con los señores locales. La benevolencia de la castellana de Vergy y del duque de Borgoña garantizaron el desarrollo material de la abadía. La revalorización de las tierras garantizó a la comunidad los recursos necesarios para su subsistencia. El fervor de los monjes confirió a la abadía un gran renombre. En abril de 1112 o mayo de 1113,[h] el joven caballero Bernardo de Fontaine, junto a una treintena de compañeros, hizo su entrada en el monasterio cuyos destinos transformaría. Con la llegada de Bernardo, la abadía se engrandeció. Los postulantes fluyeron, los efectivos crecieron e impulsaron a Esteban Harding a fundar «abadías filiales».

La fundación de la orden

En 1113 se fundó la primera abadía filial en La Ferté, en la diócesis de Chalon-sur-Saône, seguida por la de Pontigny, en la diócesis de Auxerre, en 1114. En junio de 1115, Esteban Harding envió a Bernardo con doce camaradas a fundar la abadía de Claraval, en Champaña. El mismo día, una comunidad monástica partió de Cîteaux para fundar la abadía de Morimond.

Sobre este tronco de las cuatro filiales de Cîteaux, la orden se desarrolló y la familia cisterciense creció durante todo el siglo xii. A partir de 1120 la orden se estableció en el extranjero, en la Abadía de Santa María alla Croce, en Tiglieto, Italia. Finalmente, junto a los monasterios de hombres se crearían conventos de monjas. El primero se estableció en 1132 por iniciativa de Esteban Harding en Tart-l'Abbaye, siendo el de Port-Royal-des-Champs uno de los más célebres.

Para Esteban Harding, organizador de la orden y gran legislador, la obra que veía nacer era aún frágil y precisaba ser reforzada. Las abadías creadas por Cîteaux necesitaban el vínculo que sería la marca de su pertenencia a la aplicación estricta de la regla de San Benito y hacer solidarias a las comunidades monásticas. La Carta de caridad que él elaboró se convirtió en el cimiento que garantizaría la solidez del edificio cisterciense.

La Carta de caridad

Entre 1114 y 1118, Esteban Harding redactó la Carta Caritatis o Carta de caridad, texto constitucional fundamental en el cual se basa la cohesión de la orden. En ella estableció la igualdad entre los monasterios de la orden. El cumplimiento de la unidad de observancia de la regla de San Benito tenía por objeto organizar la vida diaria e instaurar una disciplina uniforme en el conjunto de las abadías. El papa Calixto II la aprobó el 23 de diciembre de 1119 en Saulieu. La Carta fue objeto de diferentes actualizaciones.

Esteban Harding previó que cada abadía, aun conservando una gran autonomía —en particular financiera—, dependiera de una abadía madre: la abadía que la fundó o aquella a la que estuviese vinculada. Sus abades, elegidos por la comunidad, controlarían la abadía a su criterio. Al mismo tiempo, supo prever sistemas eficaces de control, evitando la centralización. La abadía madre tenía derecho de fiscalización y su abad debía visitarla anualmente.

Esteban Harding instituyó el Capítulo general en la cumbre de la Orden como órgano supremo de control. El Capítulo general reunía, cada 14 de septiembre y bajo la presidencia del abad de Cîteaux que fijaba el programa, a todos los abades de la orden, que estaban obligados a asistir personalmente o, excepcionalmente, a estar representados. Todos tenían el mismo rango excepto los abades de las cuatro ramas principales.

Por otra parte, el Capítulo general decretaba estatutos y realizaba las adaptaciones necesarias en las normas que regían la orden. Las decisiones tomadas en estas asambleas se anotaban en registros llamados Statuta, instituta et capitula. Este sistema, como subraya Dom J. M. Canivez, permitió «una unión, una intensa circulación de vida y un verdadero espíritu de familia que agrupaba en un cuerpo compacto a las abadías surgidas de Cîteaux».

Bernardo de Claraval y la expansión de la orden

Bernardo de Claraval

La orden debe el considerable desarrollo que conoció en la primera mitad del siglo xii a Bernardo de Claraval (1090-1153), el más célebre de los cistercienses y a quien se puede considerar como su maestro espiritual.[i] Sus orígenes familiares y su formación, sus apoyos y sus relaciones, su propia personalidad, explican en gran parte el éxito cisterciense.

Su familia era conocida por su piedad; su madre le transmitió su inclinación por la soledad y la meditación. Decidió no abrazar el oficio de las armas e intentó retirarse del mundo. Sin embargo, durante su vida religiosa conservó un agudo sentido del combate. «Una vez convertido en monje, Bernardo sigue siendo un caballero que alienta a los que combaten por Dios».[j]

Solamente tres años después de su entrada en la orden cisterciense, Bernardo, consagrado abad por Guillermo de Champeaux, obispo de Châlons-sur-Marne, se puso a la cabeza de la abadía de Claraval el 25 de junio de 1115.

Durante diez años se entrega por entero a la comunidad de la que era [...] el padre. Después de Claraval, ya bien establecido y arraigado, a su vez prolífico, esparcida también su descendencia por todas partes, en Trois-Fontaines, en Fontenay, en Foigny, Bernardo habla solamente para los religiosos de su monasterio[26]

Bernardo de Claraval enseñando en la sala capitular, Heures d'Étienne Chevalier, ilustradas por Jean Fouquet, museo Condé, Chantilly.

Sin dejar de ocuparse de Claraval, de donde seguiría siendo abad toda su vida, Bernardo tuvo una influencia religiosa y política considerable fuera de su orden.[27]

Las fundaciones prosiguieron a un ritmo constante. La orden, con su base borgoñona, se extendió por el Dauphiné y el Marne; luego, en poco tiempo, todo el Occidente cristiano. No ha habido una nación católica, desde Escocia a Tierra Santa, de Lituania y Hungría a Portugal, que no haya conocido a los cistercienses en alguno de sus setecientos sesenta y dos monasterios.[29] Al morir, el 20 de agosto de 1153, honrado por todo el mundo cristiano, convirtió a Cîteaux en uno de los principales centros de la cristiandad.

La organización de la orden

Thomas Schoen 1903, OCist.

«Debemos ser unánimes, sin divisiones entre nosotros: todos juntos, un solo cuerpo en Cristo, siendo miembros los unos de los otros».

— San Bernardo, Sermon pour la Saint-Michel, I, 8.

La regla benedictina solicita una síntesis entre exigencias opuestas: independencia económica y actividad litúrgica, actividad apostólica y rechazo del mundo. Los Statuts des moines cisterciens venus de Molesme (Estatutos de los monjes cistercienses venidos de Molesmes), redactados en los años cuarenta del siglo xii, son una propuesta de normalización del ideal primitivo: estricta observancia de la regla benedictina, búsqueda del aislamiento, pobreza integral, rechazo de los beneficios eclesiásticos, trabajo manual y autarquía.

Los primeros abades de Cîteaux habían encontrado este equilibrio en la sencillez, en la ascesis y el gusto por el cultivo. Los siglos xii y xiii, marcados por los escritos de sus fundadores, debían permitir profundizar y apuntalar estos principios de organización. Pero a partir del abaciado de Esteban Harding, apareció una legislación bajo la forma La Charte de charité et d'unanimité (La Carta de caridad y de unanimidad) que regulaba las relaciones de las abadías madre, de sus filiales y pequeñas filiales. La multiplicación de las fundaciones y la extensión de este nuevo monacato exigían una nueva reflexión sobre su administración. Para Philippe Racinet, «la organización cisterciense es una obra maestra de construcción institucional medieval».[31] Al mismo tiempo, muy probablemente entre 1097 y 1099, el abad Esteban hacía poner por escrito el relato de las fundaciones.

La «abadía madre» y sus filiales
Primeras filiales de Cîteaux en 1115 y máxima expansión de la orden a finales del siglo xiii.

Los recién llegados, integrados en establecimientos geográficamente distantes, recibían formación apropiada en la casa que los acogía. Para favorecer la cohesión, evitar discordias y fundar relaciones orgánicas entre los monasterios, en 1114 Esteban redactó una Carta de unanimidad y de caridad.[33] No se completó hasta 1119; después, debido a nuevas dificultades, se modificó hacia 1170 para dar nacimiento a la Charte de charité postérieure (Carta de caridad posterior).

Por su espíritu, se separaba del modelo cluniacense de «familia» jerarquizada, ofreciendo amplia autonomía a cada monasterio. Cîteaux permanecía como autoridad espiritual guardiana de «la observancia de la santa regla» establecida en el «nuevo monasterio».

Cada monasterio, según el principio de caridad, tenía el deber de socorro a las fundaciones más desamparadas, mientras que las abadías madres garantizaban el control y la elección de los abades dentro de las abadías filiales. El abad de Cîteaux, por medio de sus consejos y en sus visitas, conservaba una autoridad superior. Cada abad debía ir a Cîteaux todos los años, en torno a la fiesta de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, para el Capítulo general, como órgano supremo de gobierno y de justicia, a resultas del cual se promulgaban estatutos. Este procedimiento no era enteramente original puesto que se remontaba, también, a los orígenes de la orden de Vallombreuse, pero la inspiración procedía del convenio entre Molesmes y Aulps, firmado en 1097 bajo el abaciado de Roberto. Desde finales del siglo xii, el Capítulo estuvo asistido por un comité de definidores nombrados por el abad de Cîteaux; era el Définitoire (Definitorio). Los cistercienses aceptaron, sin embargo, el apoyo y el control del obispo del lugar en caso de conflicto en el seno de la orden. Así, a partir de 1120, en el plano jurídico y normativo, lo esencial de lo que constituía la orden reposaba sobre principios sólidos y coherentes.

Los lugares cistercienses
La abadía de Pontigny, establecida en el valle del Serein, en la frontera de los condados de Auxerre, Nevers y Tonnerre.

«Bernardus valles amabat», «Bernardo amaba los valles». La elección del lugar cisterciense respondía con frecuencia a este proverbio, como prueba la toponimia cisterciense: abadía de Císter, Clairvaux, Bellevaux, Clairefontaine, Droiteval.[35]

El lugar debía permitir el aislamiento, conforme a una vida fuera del mundo; además, debían tenerse en cuenta las posibles relaciones con los señores locales. En opinión de Terryl N. Kinder, los valles «delimitaban un territorio “neutral” donde los nobles belicosos de las dos orillas estaban en tregua, pero que, por su posición estratégica, no servían para uso doméstico».[36] Pero, sobre todo, los valles estaban disponibles, por lo que debían de ser poco atractivos.

Emplazamiento de la abadía de Fontfroide.

Sin embargo, no conviene exagerar el carácter malsano de estos lugares; los cistercienses no buscaban deliberadamente pantanos insalubres. Las numerosas referencias a «lugares de horror» en los documentos primitivos remiten a topoi bíblicos. El lugar debía presentar ventajas y recursos suficientes y, a menudo, la elección inicial no presentaba todas las características requeridas. Por ello, las fundaciones fueron a menudo largas y peligrosas y la nueva abadía solo se consagraba a condición de que el oratorio, el refectorio, el dormitorio, el alojamiento y la portería estuviesen bien situados.[37]

Según Kinder, si la elección de una fundación dependía de «una sabia mezcla hecha de piedad, política y pragmatismo, [...] el paisaje quizá desempeñó un papel en la formación de la espiritualidad de la nueva orden».[38]

Cîteaux, vanguardia de la Iglesia

La espiritualidad cisterciense, de acuerdo con el ideal de pobreza en boga en aquella época, atrajo numerosas vocaciones, en particular gracias a la energía y al carisma de Bernardo de Claraval. La orden recibió también numerosas donaciones tanto de gente humilde como de los poderosos. Entre estos donantes se cuentan personalidades de primer orden, como los reyes de Francia, Inglaterra, España o Portugal, el duque de Borgoña, el conde de Champaña, obispos y arzobispos.[39]

Esta evolución sostuvo el desarrollo de las filiales de la orden que, a la muerte de Bernardo, contaba con trescientos cincuenta monasterios,[40] sesenta y ocho de ellos establecidos por Claraval. La expansión se produjo por diáspora, por sustitución o por incorporación.

La línea de Claraval llegó a contar con hasta 350 monasterios, la de Morimond más de 200, la de Cîteaux un centenar, solamente una cuarentena la de Pontigny y menos de veinte la de La Ferté. A partir de 1113, las primeras monjas se instalaron en el castillo de Jully. Se instituyeron en 1128 en la abadía de Tart, en la diócesis de Langres, y adoptaron el nombre de «Bernardines». Los monasterios del suburbio de Saint-Antoine, en París, y de Port-Royal-des-Champs eran los más famosos de los que las monjas ocuparon posteriormente.

El desarrollo cisterciense en los siglos XII y XIII[41]
Periodos Número de establecimientos
integrados en la orden
En territorio francés
1151-1200 209 59 / (28%)
1201-1250 120 13 / (11%)
1251-1300 46 3 / (6,5%)
1151-1300 375 75

Como consecuencia del crecimiento de la orden con la fundación de centenares de abadías y la incorporación de varias congregaciones —las de Savigny, que contaba con treinta monasterios, y la de Obazine en vida de San Bernardo—, la uniformidad de las costumbres se alteró. En 1354 la orden contaba con 690 casas de hombres y se extendía de Portugal a Suecia, de Irlanda a Estonia y de Escocia hasta Sicilia. No obstante, la mayor concentración se dio en tierras francesas y más concretamente en Borgoña y Champaña.[42]

Las monjas cistercienses

Hacia 1125 algunas monjas benedictinas abandonaron su priorato de Jully-les-Nonnains y se instalaron en la abadía de Tart, solicitando la protección del abad de Císter, Esteban Harding, que se la concedió en 1132. Luego se crearon otros monasterios y se incorporaron a la orden. El de Tart, la abadía madre, albergaba cada año el capítulo general de las abadesas. Hacia 1200 se contabilizaban dieciocho monasterios de monjas cistercienses en Francia. En el siglo xii, las monjas crearon abadías en Bélgica, Alemania, Inglaterra, Dinamarca y España. Algunas de estas fundaciones españolas aún existen, como el Monasterio Real de las Huelgas de Burgos, creado en 1187 por Alfonso VIII de Castilla, y que sigue estando afiliado a la orden de Cîteaux. Plantilla:Baury

El apogeo de los siglos XII y XIII

Con San Bernardo interviniendo de manera más o menos directa como árbitro, consejero o guía espiritual en las grandes cuestiones del siglo, la orden cisterciense adoptó el papel de guardián de la paz religiosa. Con el apoyo del papado, de reyes y de obispos, la orden prosperó y creció. Las autoridades laicas y eclesiásticas deseaban que insuflase su espíritu en la Iglesia regular y secular. Por ejemplo, Pedro, abad de La Ferté, fue elevado a la dignidad episcopal hacia 1125. La orden parecía destinada a desempeñar un nuevo papel en la sociedad, papel que había rehusado asumir hasta entonces a lo largo del siglo.

En el siglo XII la orden cisterciense ejercía una gran influencia política. Bernardo de Claraval influyó decisivamente en la elección del papa Inocencio II en 1130, y luego en la de Eugenio III en 1145.[39] Este antiguo abad cisterciense predicó, a petición de la orden, la Segunda Cruzada que llevó a Tierra Santa a Luis VII y a Conrado II. Bernardo fue quien hizo reconocer la Orden del Temple. En el siglo XII la orden proporcionó a la iglesia noventa y cuatro obispos y el papa Eugenio III.

San Bernardo predicando la 2.ª Cruzada, en Vézelay, en 1147. Cuadro del siglo xix.

Esta expansión garantizó a los cistercienses un lugar preponderante no sólo en el seno del monacato europeo sino también en la vida cultural, política y económica. Bernardo, líder del pensamiento de la Cristiandad, llamó a los señores a la reconquista de Tierra Santa el 16 de febrero de 1147; los cistercienses predicaron durante la Tercera Cruzada (1188-1192) y algunos hermanos participaron en ella personalmente. La orden se manifestó durante la evangelización de la región francesa de Midi y en la lucha contra los cátaros, cuya doctrina era condenada y combatida por la Iglesia. Arnaud Amaury, abad de Cîteaux, fue designado Legado por el papa y organizó la cruzada contra los Albigenses.[39] Los cistercienses precedieron a los dominicos en estos territorios, en los que garantizaron la predicación y organizaron la represión de la herejía. Se les encargaron misiones de cristianización y, protegidos por el brazo secular, penetraron en Prusia y en las provincias bálticas.

Defensores de los intereses de la Santa Sede, tomaron partido en la querella entre el Papa y el Emperador, donde los cistercienses apoyaron los objetivos teocráticos del pontífice. En el plano institucional, esta crisis reforzó a la orden que trataba de ganar coherencia. Con el favor de estas nuevas prerrogativas, «nace una nueva comunidad [...] que se aleja del modelo creado por los padres fundadores, pero que ni se pervierte ni es pervertida [...]; se trata de lo que podríamos llamar el segundo orden cisterciense».[43]

En 1334, un cisterciense, antiguo abad de la Abadía de Fontfroide, accedió a la dignidad papal bajo el nombre de Benedicto XII. Bajo su pontificado, la orden ganó en coherencia y trazó una nueva organización en 1336, bajo la forma de la Constitución «Benedictina».[o] El Capítulo general ejercería en lo sucesivo un control más estrecho sobre la gestión de las finanzas y bienes inmobiliarios de las abadías, función que hasta ese momento dependía únicamente del poder del abad. De este modo, en la primera mitad del siglo xiv, y fiel al espíritu de los primeros tiempos, la orden gozó de un ascendiente sobre el conjunto de la cristiandad. La Constitución subrayó la importancia de su acción en el seno de la Iglesia.

Brillante como la estrella de la mañana en un cielo cargado de nubes, la Santa Orden cisterciense, por sus buenas obras y su edificante ejemplo, comparte el combate de la Iglesia militante. Por la dulzura de la santa contemplación y los méritos de una vida pura, se esfuerza en escalar con María la montaña de Dios, mientras que, por una encomiable actividad y piadosos servicios, intenta imitar los diligentes cuidados de Marta [...] esta orden ha merecido extenderse de un extremo a otro de Europa».

Benedicto XII, Constitución benedectina, 1335.[44]

A partir del siglo XIV: declive, encomiendas y congregaciones

Debido a las numerosas adhesiones y donaciones, y también a una perfecta organización y un gran dominio técnico y comercial en una Europa en plena expansión económica, la orden se convirtió rápidamente en protagonista de todos los sectores. Pero el extraordinario éxito económico de la orden en el siglo xiii acabaría por volverse contra ella. Las abadías aceptaron numerosas donaciones que, a veces, eran participaciones en molinos o en censos. Las abadías recurrían, pues, de hecho, al arrendamiento rústico o a la aparcería, mientras que originariamente la orden explotaba sus tierras mediante el trabajo manual de los conversos. El desarrollo económico era poco compatible con la vocación inicial de pobreza que dio lugar al éxito de la orden en el siglo xii. Por ello, la disminución de las vocaciones hizo cada vez más difícil reclutar conversos. Los cistercienses recurrieron entonces de manera creciente a mano de obra asalariada, en contradicción con los preceptos originales de la orden.

Si bien la orden conservaba en el siglo xiv un verdadero poder económico, se enfrentaba a la crisis económica que comenzaba y que empeoró con la Guerra de los Cien Años (1337-1453). Muchas abadías se empobrecieron. Aunque durante la Guerra de los Cien Años algunos monasterios cistercienses se beneficiaron de su relativa autonomía, el conflicto dañó a numerosos establecimientos. En particular, el reino de Francia fue explotado por las compañías de mercenarios, muy presentes en Borgoña y en sus grandes ejes comerciales. En 1360, los hermanos de Cîteaux se vieron obligados a refugiarse en Dijon. El monasterio fu presa del pillaje en 1438. Golpeada por el desafecto y el hundimiento demográfico consecuencia de la guerra y de la Gran peste que causó la muerte de la tercera parte de la población del continente en el año 1348, la orden se enfrentó a la disminución de sus comunidades.[45]

También desde el siglo xiii con el desarrollo de las ciudades y de las universidades, los cistercienses, instalados principalmente en lugares remotos, perdieron su influencia intelectual en favor de las órdenes mendicantes que predicaban en las ciudades y que proporcionaban a las universidades sus más grandes maestros.[46]

El Gran Cisma de Occidente (1378–1417) asestó un gran golpe a la unidad de la orden. Por una parte, la exacerbación de los particularismos nacionales perjudicó la unidad; por otra parte, los dos papas competían en generosidad para garantizarse el apoyo de los monasterios, lo que supuso «un perjuicio considerable a la uniformidad de la observancia».[48]

Pero según Lekai el sistema que impuso el Papa Gregorio XI (1370–1378) con la encomienda «infligió más daños materiales y morales que las guerras, los desastres y la Reforma juntos». Este Papa con el pretexto de ser el tutor de las órdenes monásticas impuso su derecho a nombrar a los abades. Los reyes reclamaron también en sus concordatos sus derechos feudales de nombrar a los abades. Para Lekai «a partir de ese momento, el sistema de elección libre, obra maestra de las reformas monásticas de la Edad Media, fue sustituido por el nombramiento, prevaleciendo la política sobre el interés vital de la religión». Desde entonces la elección de abades de personal de la corte real o de laicos fue habitual y pocos residían en el monasterio. Se preocupaban principalmente de los ingresos monetarios del monasterio que se repartían entre el abad (la mayor parte) y la comunidad según un reparto por ley. Así en Francia en 1789 de los 228 monasterios que sobrevivían, 194 estaban en encomienda. Los resultados más negativos de las encomiendas se dieron en Italia. Así el visitador de la Orden dijo que en 1551 de las 35 abadías que estaban en régimen de encomienda, 16 no tenían ningún monje en sus abadías y las otras 19 tenían un total de 86 monjes con una media de 4 por monasterio.[49]

En las regiones orientales de occidente y de la península ibérica no se dio la misma situación. En los edificios de Bohemia, Polonia, Baviera, España y Portugal se instauró un movimiento de reconstrucción de inspiración barroca.

No obstante, algunas voluntades de reforma aparecieron en el reino de Francia. El Capítulo general de 1422 se pronunció claramente sobre la cuestión: «Nuestra Orden, en las distintas partes del mundo donde se encuentra extendida, parece deformada y decaída en lo que afecta a la disciplina regular y a la vida monástica».[51]

En ese contexto, un movimiento de reafirmación de la disciplina y las exigencias espirituales se desarrolló en los Países Bajos, en Bohemia y luego en Polonia, antes de conquistar toda Europa. Algunos monasterios se reunían localmente, bajo el impulso de las comunidades o del poder pontificio, para formar congregaciones cada vez más autónomas respecto al Capítulo general. No obstante, aprovechando la reconquista de Borgoña por Luis XI, Jean de Cirey, abad de Cîteaux, recuperó su papel de jefe de la orden, papel que había perdido desde el Gran Cisma.[52] En 1494 reunió a los abades más influyentes en el colegio de los Bernardinos donde se promulgaron los artículos reformadores llamados «de París». Aunque fueron bien acogidos, la reforma fue sin embargo poco perceptible y se debió a menudo a iniciativas individuales efímeras.

El movimiento de reforma protestante conmocionó profundamente la situación. Un gran movimiento de deserción afectó a las comunidades del norte de Europa y los príncipes ganados para la Reforma confiscaron los bienes de la orden. Los monasterios ingleses, luego los escoceses y finalmente los irlandeses lo fueron entre 1536 y 1580. Más de doscientos establecimientos desaparecieron antes del final del siglo xvii.

El precedente del gran cisma de Occidente donde los cardenales divididos eligieron dos papas provocó grandes divisiones en la Orden. Así el Papa de Roma cesó al abad de Císter por aceptar las directrices de Aviñón. Los abades fueron obligados a reunirse en Capítulos nacionales y cada Papa favoreció a las abadías que le eran leales. Cuando el cisma acabó no cesaron los intentos de separatismo. La celebración regular del Capítulo general instituido por la Carta de caridad había sido la base para preservar la unidad. La imposibilidad para los abades de mantener el viaje anual por las guerras, los cismas y la relajación impidieron mantener la unidad. Así después de la Reforma Protestante y con el crecimiento de los nacionalismos, los monasterios de la Orden se fueron fragmentando por toda Europa en grupos nacionales independientes del Capítulo general.[54]

La orden durante la Contrarreforma

Con el movimiento de reforma católico, la orden cisterciense se enfrentó a profundas modificaciones a nivel constitucional. La organización se hizo provincial y se introdujeron algunas modificaciones en la administración central. Algunas congregaciones con vínculos tenues o inexistentes con la casa matriz y el Capítulo general florecieron en toda Europa.

En Francia nació una reforma con un carácter original bajo el impulso del abad Jean de la Barrière (1544-1600). El antiguo comendador del monasterio de los Feuillants, en Alto Garona, fundó las congregaciones de los «feuillants», aprobada por Sixto V desde de 1586. Estableció en su comunidad una tradición de una particular austeridad, basada en una vuelta al primitivo ideal cisterciense, encontrando imitadores en Italia y Luxemburgo. En estas condiciones, el Capítulo general se convirtió en una institución caduca. No produjo más que una reunión de 1699 a 1738. En definitiva, este estado de cosas benefició al abad de Cîteaux, única autoridad que ofrecía a los ojos del mundo una prueba de visibilidad y a quien algunas fuentes describen a menudo como «abad general».[55] En 1601, se impuso un noviciado común para mantener una disciplina única y para paliar las dificultades de reclutamiento.

Retrato del abad Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, por Hyacinthe Rigaud. Museo Duplessis, Carpentras, Francia.

En el siglo xvii, la historia de la orden se vio perturbada por un conflicto que la historiografía recuerda bajo el nombre de «guerra de las observancias» y que se extendió desde 1618 hasta los primeros años del siglo xviii, suscitando numerosas y ásperas polémicas en el seno de la familia cisterciense. Este conflicto concernía, al menos en apariencia, al respeto a las obligaciones regulares, en particular la abstinencia del consumo de carne. Más allá de esta cuestión, lo que estaba en juego no era sino la aceptación o el rechazo del ascetismo. La controversia aumentó con los conflictos locales entre monasterios rivales. Al principio, siguiendo el ejemplo de Octave Arnolfini, abad de Châtillon, y de Étienne Maugier, Denis Largentier introdujo en Claraval y en sus filiales una reforma de una gran austeridad entre 1615 y 1618. Luego, ante el Capítulo general de 1618 se presentó una propuesta de generalización que fue adoptada.

Esta fue la partida de nacimiento de la Estricta Observancia. Gregorio XV apoyó la iniciativa de los reformadores. Pero, tras le celebración de una asamblea, la congregación provocó el descontento del abad de Cîteaux, Pierre de Nivelle, que se empeñó en denunciar «a una pretendida congregación que tiende a la división, a la separación y al cisma,[y] que no puede ser tolerada de ninguna manera».[56] En 1635, el cardenal Richelieu convocó un capítulo «nacional» en Cîteaux, a resultas del cual Pierre de Nivelle fue obligado a abdicar. Las dos partes terminaron por disponer de estructuras administrativas propias; pero, aunque la Estricta Observancia conservó el derecho de enviar a diez abades al Definitorio, permaneció sujeta a Cîteaux y al Capítulo general.

Por su influencia, la experiencia de Armand Jean le Bouthillier de Rancé en el monasterio de la Trapa siguió siendo emblemática de la exigencia de la estricta observancia y de las aspiraciones reformadoras. Su influencia, tanto en el seno de su monasterio como en el mundo, constituye un modelo de la vida monástica del «Gran Siglo».[57]

Supresión de la Orden en varios países a partir de 1782

Ya se ha señalado que en Alemania la Reforma Protestante de Lutero y en Inglaterra e Irlanda la Reforma Anglicana de Enrique VIII terminaron con la orden. Así en Alemania desde 1520 los príncipes convertidos al protestantismo confiscaron las abadías. En Inglaterra Enrique VIII suprimió las órdenes religiosas católicas que pasaron al tesoro real entre 1536 y 1539. En Irlanda fueron las demoliciones sistemáticas de Cromwell a que sometió la isla en 1649 las que acabaron con los cistercienses.[53]

En 1782 en el Imperio de los Habsburgo, José II, partidario de la Ilustración, declaró inútiles las órdenes contemplativas, disolviéndolas y confiscando sus bienes. La mayoría de las abadías cistercienses desaparecieron con el decreto imperial.[58]

La Revolución francesa declaró la libertad religiosa el 23 de agosto de 1789, confiscando los bienes religiosos en noviembre de 1789 y poniéndolos en venta el 17 de marzo de 1790. Después la revolución se extendió a toda Europa y la mayoría de los países de Europa imitó la medida francesa de venta de los bienes religiosos. Los compradores transformaron los monasterios en canteras de extracción de piedra, fábricas ó almacenes. En general, la mayoría acabó en ruina.[58]

En España la venta de los bienes religiosos, se produjo con la ley de 1835, conocida con el nombre de Desamortización de Mendizábal. En Italia la supresión de la orden y la venta de sus propiedades estuvo ligada a la Revolución francesa en 1798, a procesos revolucionarios en varias repúblicas como la de República Cisalpina de 1799 y a un edicto de Napoleón en 1818. En Portugal la supresión y venta de sus bienes sucedió en 1854.

Siglo XIX: restauración y separación de la Estricta Observancia

Monjes y ejército austríaco en Salem, 1804, por Johann Sebastian Dirr. Fotografía coloreada de un original desaparecido.

La Revolución Francesa y sus consecuencias acabaron casi totalmente con los monasterios en Europa y las pocas comunidades que sobrevivieron estaban aisladas. También la desaparición de Cister y de su último abad general, la no celebración de capítulos generales, dejaron la Orden desorganizada y sin dirección, lo que hizo aún muy difícil la restauración de la Orden que precisaba de una dirección que aportara uniformidad. Además después de la Revolución Francesa, el mundo había cambiado radicalmente. Los monasterios sobrevivientes de comienzos del siglo xix ya no podían ser simples continuadores de las tradiciones monásticas anteriores. La nueva posición humilde que los cistercienses ocuparon contrastaba con los privilegios que la Orden tenía antes.[59]

Para Leroux-Dhuys después de la Revolución Francesa ya nada podía ser como antes y la Iglesia había perdido a sus aliados políticos tradicionales. Los nuevos nacionalismos tampoco podían permitir en el interior de sus fronteras unas órdenes religiosas con vocación internacional. Para Leroux el renacimiento de las abadías cistercienses en el siglo xix se debió a iniciativas aisladas y poco coordinadas persistiendo los viejos enfrentamientos entre ambas observancias. Así cuando casi terminado el siglo xix los monjes rehicieron sus estatutos su única motivación era la religiosa desligada de los anteriores intereses políticos o económicos que en los siglos precedentes habían acompañado su compromiso espiritual.[60]

Antes de la Revolución francesa muy pocas abadías seguían la observancia que en la Trapa había establecido el abad Rancé. Durante la Revolución Francesa, el maestro de novicios de La Trapa, Agustín de Lestrange había huido con varios monjes a Suiza estableciéndose en una cartuja abandonada en Valsainte,. Allí Lestrange elaboró para sus monjes un nuevo reglamento mucho más severo que el de Rancé. Después de la caída de Napoleón Lestrange y sus monjes trapenses volvieron a Francia en 1815 restableciendo el monasterio de La Trapa. Al poco tiempo abrieron otros cinco monasterios.[61]

Durante la restauración trapense surgieron problemas entre ellos por las observancias. Algunos monasterios volvieron a los antiguos reglamentos de Rancé al estimar que las nuevas normas que Lestrange estableció en Valsainte eran extremadas y no reflejaban las tradiciones cistercienses. En 1825 seis abadías francesas seguía las reglamentaciones de Lestrange, mientras que cinco habían vuelto a las reglamentaciones de Rancé.[61]

Pío IX en 1847 aceptó la existencia de dos congregaciones trapenses independientes con normas disciplinares distintas. Las abadías que seguían los reglamentos de Lestrange formaron la Nueva Reforma mientras que a los que seguían las reglamentaciones de Rancé se les llamó la Antigua Reforma. En 1864 la Nueva Reforma trapense se seguía en quince abadías y mil doscientos veintinueve monjes, mientras la Antigua Reforma trapense disponía de ocho abadías con cuatrocientos ochenta y tres monjes.[61]

Paralelamente en Italia el inicio de la restauración de la Orden Cisterciense se produjo en Roma por indicación del Papa. Pío VII restableció Casamari en 1814 y tres años después otras dos antiguos monasterios en Roma. En 1820, siendo ya seis establecimientos, sus representantes se reunieron en un capítulo. Decidieron llamarse Congregación Italiana de san Bernardo, se impusieron la constitución de la desaparecida Congregación de Lombardía y Toscana, reuniéndose a partir de entonces cada cinco años en capítulos congregacionales y eligiendo un Presidente general.[62]

La restauración de la Común Observancia en Francia se produjo gracias a León Barnouin en la antigua abadía cisterciense de Sénanque. La nueva Congregación se afilió a la Congregación de San Bernardo de Italia. Luego se independizó y decidió formar la Congregación de Sénanque en 1867. En unos años pudo establecerse en otros tres monasterios abandonados. Esta fue la única congregación de la Común Observancia que mantuvo un tipo de vida contemplativo aunque con una disciplina no tan severa como la que seguían los trapenses.[62]

En el Imperio Austro-Húngaro trece abadías sobrevivieron a la disolución del emperador José II: ocho en Austria, dos en Bohemia, dos en Polonia y una en Hungría. Conservaban la mayoría de sus propiedades del siglo xviii. Estas comunidades monásticas fueron toleradas por el gobierno pero debían ejercer la labor pastoral, o dedicarse a la enseñanza o realizar otros trabajos. Se les prohibió relacionarse con el Papa u otros superiores extranjeros y eran supervisados por los obispos diocesanos. En 1854 en las trece comunidades había cuatrocientos treinta y tres monjes. Las tareas pastorales impidieron a los monjes dedicarse a la contemplación.[62]

Se vio la necesidad de la independencia trapense en 1869 cuando Teobaldo Cesari, abad de San Bernardo en Roma y Presidente General de su congregación convocó un primer Capítulo General cisterciense desde 1786, al que solo llamó a abades de la Común Observancia. Ese Capítulo General eligió un Abad General de la Común Observancia y le dio jurisdicción sobre los trapenses.[61]

En 1876, el capítulo trapense solicitó al Papa les concediera un abad general trapense independiente. León XIII convocó un capítulo extraordinario en Roma en 1892 en el que participaron representantes de todas las congregaciones trapenses. Esta asamblea trató de la fusión de las congregaciones trapenses, de la elección de un único superior general independiente y acordaron observancias comunes. El establecimiento de una rama totalmente independiente de la familia cisterciense recibió la aprobación de León XIII en un Breve en 1893. La nueva constitución trapense basada en la Carta de Caridad y las tradicciones cistercienses, según la interpretación de Rancé, fue publicada en 1894. En 1902 León XIII emitió una nueva constitución apostólica donde llamó a la nueva rama «Orden de los cistercienses reformados, o de la Estricta Observancia».[61]

La expansión trapense en el siglo xix siguió la siguiente cronología: en 1815 volvieron a Francia y diez años más tarde habían fundado once casas para monjes y cinco para monjas. En 1855, los monjes disponían de veintitrés abadías de monjes y ocho casas de monjas, incluyendo cuatro en Bélgica, dos en los Estados Unidos, una en Irlanda, una en Inglaterra y una en Argelia. En 1894 los trapenses se habían extendido también a Alemania, Italia, Austria, Hungría, Holanda, España, Canadá, Australia, Siria, Jordania, Sudáfrica y China, tenían cincuenta y seis monasterios con un total de tres mil monjes.[63]

La orden en los siglos XX y XXI

Fábrica de cerveza de la abadía de Saint-Rémy de Rochefort, donde los monjes producen cerveza trapense.

En las dos primeras décadas continuó la expansión pero la Primera Guerra Mundial afectó a muchas abadías y la Segunda Guerra Mundial fue una época muchísimo más destructiva para la Orden.[64]

Desde las décadas de los cincuenta y los sesenta se produjo en la Orden un fuerte cuestionamiento de las normas y tradiciones recibidas y también se ha producido una importante disminución y envejecimiento de sus miembros.[64]

Junto a los cistercienses incorporados oficialmente a cualquiera de las dos ramas, son numerosas las comunidades de mujeres que viven en una esfera de influencia espiritual cisterciense, ya sea en una orden o en una congregación, como las bernardinas de Esquermes, las de Oudenaarde y las de Suiza romanda.

La Estricta Observancia

Después de la Segunda guerra mundial, los trapenses consiguieron restablecerse con prontitud mostrando una importante vitalidad. Así, en 1947 tenían sesenta y cuatro casas y cuatro mil monjes.[64]

Las consecuencias del Concilio Vaticano II llevaron consigo una importante renovación en todos los aspectos: nuevas formas litúrgicas, un replanteamiento de la disciplina y del gobierno de las abadías que produjeron divisiones entre las comunidades monásticas. Las abadías europeas no consideraban necesario reformas radicales pero los monjes americanos más progresistas encabezaron cambios profundos. En cuatro Capítulos Generales sucesivos (de 1967 a 1974) se afrontó la renovación, decidiéndose abandonar el gobierno centralizado, la uniformidad en las observancias y cambios importantes en la Liturgia. El latín y el canto gregoriano se convirtieron en opcionales manteniéndose en pocas comunidades.[64]

Se ha comenzado a revisar las Constituciones antiguas. Así al principio de autoridad ha cambiado y la comunidad debe ser consultada antes de la toma de decisiones. La duración del abadiato ya no es vitalicio y los abades, incluso el Abad General, son elegidos por un periodo determinado que se renueva si se estima conveniente. Sobre las costumbres y observancias se ha eliminado el capítulo de faltas, se flexibilizó la comida y el vestido, se abolió la obligación de dormir en dormitorios comunes y se ha permitido dormir en celdas individuales. Las normas relativas al silencio y separación del mundo se han suavizado.[64]

La Común Observancia

La Común Observancia comenzó el siglo xx expandiéndose. En 1925 se unieron al programa de misiones del Papa Pío XI para difundir el catolicismo en otros países. Los cistercienses ya no ocuparon misiones aisladas y establecieron centros de enseñanza en varios países.[64]

Durante la Segunda Guerra Mundial la Orden sufrió en varios países europeos. Lo peor sucedió en la postguerra en los países que cayeron el la órbita comunista. Las comunidades de Checoslovaquia y Hungría fueron secularizadas. En Polonia aunque estuvieron bajo control estatal consiguieron sobrevivir.[64]

En la Común Observancia, la renovación no supuso una revolución como en la Estricta Observancia. La idea de pluralidad o autonomía local ya era habitual en la mayoría de las Congregaciones. El Capítulo General se ocupó de la renovación en 1968 y 1969 estableciendo una nueva Constitución para el gobierno de la Orden. Esta nueva constitución considera la Orden como una unión de congregaciones gobernadas por un Capítulo General con la presidencia de un Abad General. El Abad General es elegido por el Capítulo General por diez años y es asesorado por cuatro miembros elegidos por el Capítulo. La reglamentación y el ordenamiento de la vida en el monasterio es asunto interno de cada congregación dirigida por su propio Abad Presidente y un Capítulo congregacional.[64]

La crisis vocacional que se inició en la década del 60 fue muy negativa para varias comunidades. En 1974 eran mil quinientos cuarenta y siete con una disminución del 10% respecto a 1950.[64]

Other Languages
aragonés: Orden de Cistels
asturianu: Císter
беларуская: Цыстэрцыянцы
беларуская (тарашкевіца)‎: Цыстэрцыяны
brezhoneg: Sistersianed
Deutsch: Zisterzienser
English: Cistercians
Esperanto: Cistercianoj
euskara: Zistertar
français: Ordre cistercien
Gaeilge: Cistéirsigh
Gaelg: Kistershee
hrvatski: Cisterciti
magyar: Ciszterciek
Bahasa Indonesia: Sistersien
日本語: シトー会
한국어: 시토회
Lëtzebuergesch: Zisterzienser
Limburgs: Cisterciënzers
Nederlands: Cisterciënzers
norsk bokmål: Cistercienserordenen
polski: Cystersi
português: Ordem de Cister
русский: Цистерцианцы
srpskohrvatski / српскохрватски: Cisterciti
Simple English: Cistercian
slovenčina: Cisterciánsky rád
slovenščina: Cistercijani
српски / srpski: Цистерцити
Türkçe: Sistersiyenler
українська: Цистерціанці
Tiếng Việt: Dòng Xitô
中文: 熙笃会