Oiá

Oiá (Oya en portugués) es una de las deidades de la religión iorubá. En la santería está sincretizada con la Virgen de la Candelaria[1] o (especialmente en Matanzas) con santa Teresa de Ávila.

Oiá está muy relacionada con la divinidad de la muerte. Propicia los temporales, los vientos fuertes o huracanados y las centellas.

Leyenda de Oiá

Según los patakíes de Oiá, hace mucho tiempo vivían en una tribu tres hermanas: Iemaiá, Oshún y Oiá, hijas de Olofín, jefe de la tribu y dios. Aunque las hermanas eran muy pobres, eran felices. Iemaiá era la mayor y mantenía a sus dos hermanas pescando en el mar. Oiá era la más pequeña y Oshún la cuidaba, mientras hacia esto también pescaba en el río y recogía piedras, las cuales vendían. Muy grande era el amor entre las tres hermanas. Un día la tribu fue invadida por tropas enemigas. Oshún no pudo escuchar los gritos de Oiá, a la cual amarraba para que no se perdiera haciendo sus habituales travesuras ya que se encontraba sumergida en el río, ni tampoco la escuchó Iemaiá, la cual estaba muy alejada de la costa. Así, los enemigos se llevaron a Oiá como cautiva.

Cuando Oshún descubrió la pérdida de su hermana querida, enferma de melancolía comenzó a consumirse lentamente. Sin embargo, logró conocer cuanto pedían los enemigos por el rescate de Oiá y poco a poco comenzó a guardar monedas de cobre, hasta que tuvo el dinero suficiente para rescatar a Oiá. El jefe de la tropa enemiga, quien estaba perdidamente enamorado de Oshún y que conocía la pobreza de ésta, duplicó el precio del rescate mientras se hacían las negociaciones. Oshún se arrodilló, lloró y suplicó, sin embargo el jefe le pidió su virginidad a cambio de la libertad de su hermana. Por el amor que profesaba a Oiá, Oshún accedió. Cuando regresó a la casa con Oiá, le contaron todo a Iemaiá, y la hermana mayor en reconocimiento al gesto generoso de Oshún y para que Oiá no olvidara jamás el sacrificio de su hermana, adornó la cabeza de ésta y sus brazos con monedas de cobre.

Mientras Oiá estaba cautiva, su padre, el dios Olofin había repartido los bienes terrenales entre los habitantes de su tribu: a Iemaiá la hizo dueña absoluta de los mares, a Oshún, de los ríos; a Ogún, de los metales, y así sucesivamente. Pero como Oiá no estaba presente, no le tocó nada. Oshún imploró a su padre que no la omitiera de su representación terrenal. Olofin, quedó pensativo al percatarse de la justeza de la petición y recordó que sólo quedaba un lugar sin dueño: el cementerio. Oiá aceptó gustosa, y así se convirtió en ama y señora del camposanto. Es por esto que Oiá tiene herramientas de cobre para mostrar su eterno agradecimiento al sacrificio de Oshún y come a la orilla del río, como recuerdo de su niñez.

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