Occidente

En azul oscuro figura la extensión restringida de "Occidente", tal como definió Samuel Huntington en su libro Choque de civilizaciones (1996).
Clasificación amplia de Occidente, incluyendo excolonias de fuerte influencia sociocultural europea[1] .
Mundo occidental, con países centrales, países periféricos y los aliados, así como los países de cultura eslava ex-comunista

Occidente (del latín occĭdens, ‘puesta de Sol, oeste’),[4]

Historiográficamente, se suelen identificar las bases de la civilización occidental con el proceso del nacimiento de las sociedades históricas, a partir de las ciudades sumerias del IV milenio a. C., y su extensión al Próximo Oriente Antiguo, especialmente al Antiguo Egipto; culminando en la cultura grecorromana o clásica.

El concepto de Occidente como civilización se suele contraponer al concepto de Oriente ( este) o civilizaciones orientales. La identificación de la cultura occidental con distintas religiones es un asunto problemático. Es usual identificarla con el cristianismo o con la denominada tradición judeocristiana. La inclusión del islam dentro de la civilización occidental es lógica desde el punto de vista historiográfico,[ cita requerida] pero es muy habitual establecer la oposición entre una “civilización musulmana” o islámica (o mundo islámico, incluido en la idea de “Oriente” y el “ orientalismo” —su estereotipo—) y una “ civilización cristiana” (identificada con “Occidente” y el “ occidentalismo” —su estereotipo—).

En la filosofía de la liberación se suele distinguir "lo occidental" de "lo occidentalizado", a la vez que su utiliza la categoría de la División Norte Sur (o "Sur global" y "Norte global") para precisar los componentes de dominación y dependencia poco visibles en la categoría "Occidente".[5]

En el pensamiento católico fue usual distinguir las categorías de Iglesia oriental e Iglesia occidental. Sin embargo, desde mediados del siglo XX la teología latinoamericana de la liberación desarrolló una tercera categoría definida como "Iglesia latinoamericana", con características teológicas, culturales, políticas y antropológicas propias, en tanto que el papa Francisco diferenció la "Iglesia del sur", de sus precedentes oriental y occidental.[7]

La occidental como civilización autoconsciente

El Hombre de Vitruvio, uno de las máximas expresiones del concepto de la civilización occidental.[ cita requerida]

Hasta el siglo XVII, la narración de la historia universal se realizaba en Europa en términos eurocéntricos, del mismo modo que cada civilización lo había hecho en sus propios términos (por ejemplo, sinocéntricos en la civilización china). Así, cuando Cristóbal Cellarius propuso una periodización, consideró los hechos y procesos de la historia europea para establecer los hitos divisorios de las edades Antigua, Media y Moderna. Pero, simultáneamente a los descubrimientos geográficos y al establecimiento del primer y moderno sistema mundial, se desarrolló la introspección y la autoconciencia de la especificidad de la civilización europea frente a la alteridad del resto del mundo, tanto en sentido positivo como negativo: junto con el imperialismo y el racismo surgió la valoración e incluso la defensa de los colonizados y la crítica a la colonización por los propios colonizadores (“mito del buen salvaje”, “ polémica de los naturales”).

Gobineau distinguía siete civilizaciones en la historia, incluyendo a la civilización occidental; no precisamente en pie de igualdad, puesto que consideraba explícitamente la “ desigualdad de las razas humanas” (1853-1855). Las principales potencias europeas establecieron en el siglo XIX su indiscutible superioridad económica y militar ( Revolución Industrial, Diplomacia de cañonero) sobre la totalidad del mundo; e incluso la independencia de las nuevas naciones del continente americano, protagonizada por las élites europeas locales, reforzaba la misma idea: La idea de progreso surgida con la Ilustración, e incluso la extensión de las teorías evolucionistas fuera de su ámbito biológico (el llamado darwinismo social), parecían identificarse con la imposición de la civilización occidental sobre las demás; más aún, con el triunfo del mismo concepto europeo de “civilización” sobre otros grados necesariamente menores de desarrollo social (el “ salvajismo” y la “ barbarie”). Esa imposición no era vista como un premio, sino como una responsabilidad (“ la carga del hombre blanco”).

La época de optimismo tocó a su fin con la Belle Époque y la paz armada. El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), inicialmente entre entusiastas movilizaciones nacionalistas que acallaron las minoritarias protestas pacifistas, dio en poco tiempo paso a la conciencia del desastre sin precedentes que trajo consigo: un aparente suicidio de la civilización. En este ambiente Oswald Spengler publicó La decadencia de Occidente (1918-1923),[9] en donde conceptualiza a Occidente como una civilización cristiana con su época de esplendor en la Edad Media.

El concepto decimonónico de civilización (que, en términos hegelianos, había llegado a la realización del “espíritu absoluto” en la historia: el Estado nacional o liberal -para Hegel, en su versión prusiana-) quedaba desafiado por los totalitarismos soviético y fascista, y se destruía por tanto ese pretendido “fin de la historia”. Para Ortega y Gasset era el tiempo de La rebelión de las masas (1929) y La deshumanización del arte (1925). La crisis de 1929, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1945-1989) pusieron sucesivamente al mundo entero en trances que se percibían como posibles catástrofes apocalípticas. La descolonización y el tercermundismo cuestionaron nuevamente la centralidad de Occidente en términos de civilización.

En 1989, el hundimiento del bloque comunista y el surgimiento de una nueva era de globalización, hizo resurgir el concepto hegeliano del “fin de la historia” en una única civilización mundial, reelaborado por Francis Fukuyama ( El fin de la Historia y el último hombre, 1992). En respuesta a ello, la concepción toynbeana de un Occidente más o menos cerrado y unido por una tradición cultural cristiana y europea, fue reasumida por Samuel Huntington en su tesis del “ choque de civilizaciones” (1993), que adquirirá una nueva popularidad después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocados por radicales islámicos.[10]

Seis son, según el profesor de Harvard ( Niall Ferguson), las razones que instauraron aquel predominio (el de la cultura occidental): la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.

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pero en el libro de Niall Ferguson (Civilización: Occidente y el resto, 2012) hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.

Mario Vargas Llosa, Apogeo y decadencia de Occidente.[11]
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